Era a principios de otoño, pero había empezado a hacer su friecito. Cuando entramos al restaurante, lo primero que me llamó la atención fue la estufa panzona que se hallaba en el medio del salón. Los aromas (mezcla de canela, puerco y, por supuesto, chile) eran deliciosos. Había una vidriera llenita de pasteles en la parte de la panadería, pero juramos no meter las narices allí hasta terminar el almuerzo.

Yo necesito un abogado, urgente. Y trata de que sea un tipo especializado en inmigración, ¿oíste? Ah, y mándame dinero. Estoy en Tijuana y no me queda ni un centavo partido por la mitad. ¿Qué tú dices? Hazme el favor, mima, ¿qué Cuba ni qué barbas ni qué ocho cuartos? Lo que hace falta es que me mandes mis papeles, vieja, algo que diga bien claro que soy americana, officer.

Un hombre en camisa de rayas y bluejeans desteñido venía hacia mí con los brazos abiertos, pisoteando las margaritas tiernas de un césped verdemar. Yo, muy vestida de blanca novia, con velo y cola y corona de azahar, corría a su encuentro. Ya íbamos a encontrarnos, ya se oía a lo lejos la música de Wagner y el coro de las ninfas cuando un violento aullido del teléfono me hizo trizas el matrimonio.

…Mi yerno se puso a velarnos y nos agarró una tarde asando maíz. No le voy a dar detalles pero fue bastante… embarazoso, vaya. Lo que aquí llaman compromising. En cueros en pelota los dos, y el muchacho con esa gloria de rabo más parada que un asta de bandera. Figúrese usted.