En la piel del caimán, de Gonzalo Trinidad desde México

En la piel del caimán

El mexicano Gonzalo Trinidad Valtierra, autor de varios libros de cuentos, nos regala En la piel del caimán, relato corto de horrores humanos, aparentemente imposibles, y corazones rotos.

Esto es lo que recuerdo.

El verano me encontró en las islas griegas. Borrachos, los dos, en la balandra; violé a mi jovencito de ojos negros. Compré el silencio de su madre. Verla callar, darse la vuelta y desaparecer en el polvo fantástico de los templos fue glorioso. En Creta forniqué a escondidas, en el palacio de verano de mi esposa, con las hijas de los pastores de cabras, sin darles nada a cambio, salvo un pretexto para despreciar a sus maridos. En Serbia, antes de eso, le quité la vida a un rival de amores. El costo de la vida es relativo; depende, en gran medida, del valor de las acciones que adquieres en el país donde se lleva a cabo el crimen. En Bagdad, muchos años después, aposté mi propia vida; aquellos eran días de bochorno y fastidio. La hija albina del embajador de Java se deleitaba azotando niños con varas empapadas en agua de nardo.

Recordar es girar el mecanismo de un reloj, solía decir mi padre.

Suenan las doce justas horas de mi infancia.

Las maestras me felicitan, sus voces son tibias como la arena del mar. Vuelvo a casa con mi diploma y una carta firmada por el director. La nana me sonríe. En el camino me detengo a leer la carta junto al álamo de la rotonda y al amparo de la marquesina; leo esa misma carta en el jardín. Llamo a la puerta de su estudio: padre contesta de mala gana. Tiene puestas las gafas de relojero. Parece un escarabajo. Trabaja en algo para alguien; no sé qué ni quién, sólo sé que es importante. Al fin me animo a hablar. “Soy el mejor alumno del colegio, tengo una carta firmada por el director.” Él mira la carta. Su ojos, desmesurados por las lentes de aumento, vuelven al mecanismo en que trabaja.

—Retírate, estoy ocupado —dice.

Antes de que pueda decir cualquier cosa, e incluso llorar, porque ya siento cómo se reblandece mi cuerpo (siempre empieza en la planta de los pies), frente a esa silueta formidable e inexpresiva encorvada sobre un imponente libro de relojería; antes de que pueda excusarme por mi impertinencia, él habla:

—El día que sorprendas al mundo, ese día, tal vez, te felicite. Retírate.

Uno cree que olvida. Hay palabras que llevan guardado el peso de una condena absurda. Te sepultan vivo.

Padre murió antes de verme graduado en leyes. Un infarto cerró sus ojos. Los ogros, quién lo diría, también tienen corazón.

Heme aquí, jugando al relojero, confinado a esta maldita silla, tratando de entender por qué me despreciaba con semejante aplomo. ¿Qué podría haberle hecho yo? ¿Es posible que, debajo de esa apariencia tosca, hubiese un corazón tan frágil, tan insulso, como para que un niño, deseoso de amor, pudiese herirlo de forma irreparable?

—Retírate.

Lloré en mi cuarto; juré que nunca más lo haría.

Y no lo hice, ni siquiera cuando la madre de ese jovencito griego se quitó la vida. No lloré por las hijas de los pastores de cabras. Ni por la niña (yo sabía que era una niña) que perdió mi esposa, al poco de enterarse —en voz de una sirvienta— de mis amores furtivos. No hubo lágrimas cuando, movido por el odio, confesé el asesinato de su primo en Serbia.

Y qué decir de la hija del embajador de Java, la inmunda albina que torturaba niños para salvarnos del tedio y el aburrimiento; a mí, en particular, de los pesares del divorcio. Ella, al menos, sabía hacerme reír.

Imagen : Gonzalo Trinidad Valtierra y José Félix González-Encabo, fundador y editor de Profesor Jonk, en Café de Tacuba (Ciudad de México, febrero de 2026).

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