Hay que recuperar la libertad de expresión en un sentido real, que la gente deje de tener miedo a decir lo que piensa de verdad, y no esté tan preocupada de nadar sólo en las corrientes de opinión. Y también debemos ser lo suficientemente inteligentes como para aprender de quienes no piensan como nosotros y aceptar que habrá cosas en las que estén en lo cierto.

Contestatarios y desinhibidos en «Villa Nellcote», chateau alquilado por Richards y que, cuentan las crónicas, llegó a albergar a cerca de 70 personas entre músicos, ingenieros de sonido, parejas de todos ellos, aduladores, chupópteros y célebres visitantes como William Burroughs (el hombre que descendió a las infiernos de las sustancias y vivió para contarlo en el icónico «Almuerzo desnudo»), John Lennon o el solista de The Byrds, Gram Parsons…

…la vida serán dos segundos con olas, risas, niños, enfermedad, compromisos, miedos, gastos innecesarios, amenazas, aburrimiento, viajes sin hijos, nido vacío, muertes de seres queridos, coche nuevo, mobbing, fortaleza y crecimiento, adolescentes, teatro infantil y horas de vídeo, discusiones cíclicas con adolescentes, el hombro para que lloren, las primeras arrugas suyas, miradas cariñosas, cuñados, sexo intermitente, jardinería, libros compartidos, lágrimas de alegría y algunas más de dolor, quizás divorcio y aun así amor eterno que durará lo que duran los dos segundos de su cabello cayendo sobre su ojo derecho. 

Liliana Torres (Vic, 1980), en su segundo largometraje «¿Qué hicimos mal?» tras la multipremiada «Family Tour» (Atlántida Film Fest, entre otros), regresa a sí misma en este true-life-docu-ficción en el que intenta responder a LA pregunta: ¿por qué desaparece el amor?¿Qué no nos contamos, qué no alimentamos, en qué (quién) nos convertimos al (des)amar? ¿Qué hicimos mal?

Vaya, me invita de palabra porque el pasaje, si no es por Carmen Julia, hubiera tenido que sacármelo del trasero. No hay manera de hacerles entender a los extranjeros que aquí el peso no está devaluado, como en México. No, señor. Está invaluado, no sirve para nada, es el anti-dinero. Para las cosas importantes —como los viajes— o te buscas los dólares o te aguantas los dolores. 

Otra vez y con poco aire en los pulmones daba pasos erráticos en la penumbra, rogaba por la salida, sabía que estaba a metros y parecían kilómetros. La luz seguía apagada, nadie salió pues era madrugada, dormían plácidamente  ignorando mi desesperación; dejaba atrás, en el departamento de dos ambientes que de golpe se volvió una caja diminuta,  a mis dos hijos que también dormían.