Libélulas rabiosas contra el vidrio de la ventana es un cuento del colombiano Robinson Quintero sobre un hombre y su hija en una casa de Seattle.
El hombre estaba sentado en el piso jugando con su hija, pero su mente seguía repasando aquellos duros momentos de su infancia cuando sus padres decidieron divorciarse. Su pequeña hija estaba jugando con una hoja de papel y varios lápices de colores. La niña cumpliría dos años de edad el próximo 18 de agosto.
El hombre llevaba puesto un pasamontaña de color negro. Le encajaba bien sobre su cabello liso y rubio. Desde hacía días no se sentía a gusto. Una extraña sensación de vacío se había apoderado de sus pensamientos. En la televisión se pronosticaba una máxima de 13 grados en la ciudad de Seattle.
Afuera estaba aparcado su Dodge Dart de 1965. Apagó la televisión y colocó música a un volumen moderado de una de sus bandas favoritas de pop punk: Shonen Knife. Dentro de un rato vendrían a realizar unos arreglos eléctricos en casa. Su mujer saldría a visitar a unas amigas y se llevaría consigo a la niña.
Pensó que, si su estado de ánimo mejoraba, iría en horas de la tarde-noche a nadar para despejar su mente. Kurt emitió un gruñido. Se estiró, se dio media vuelta y miró sus manos. Llevaba días sin pintar en los lienzos.
Aquel vecindario era apacible. Su vivienda estaba ubicada en Boulevard Lake, Washington. La casa era grande y espaciosa. Caminó como sonámbulo alrededor de su hija. La imagen de un puñado de libélulas furiosas contra el vidrio de la ventana lo hizo pensar en las pastillas que llevaba semanas sin tomar.
Quería hacer una canción con un solo de guitarra especial que tratara acerca de las libélulas furiosas. Pero tampoco estaba de ánimos para componer y arreglar una nueva canción, aunque la imagen de las libélulas estrellándose contra el cristal de la ventana era maravillosa.
Kurt echó cereales en una taza, agregó leche, tomó una cuchara y se volvió a sentar en el suelo al lado de su hija. Se quitó el pasamontaña y lo lanzó hacia un mueble. La música flotaba por cada espacio de la sala. La niña seguía entretenida con las hojas y los colores.
Afuera sonaban los ruidos habituales del vecindario. El leve crujir de la nieve bajo los neumáticos de los coches. Un viento liviano susurraba a través de las ramas desnudas del arce noruego que estaba plantado en la acera principal.
Se levantó y caminó en silencio por la estancia. La sensación interior de malestar iba creciendo de manera precipitada. Luego ingresó a uno de los baños y se mojó la cara con agua fría y se lavó los dientes.
Escuchó la tormentosa voz interior que le decía que todo había terminado. Que todo había sido un fracaso. Que había cometido muchos errores y ya era tiempo de rendirse. Empezó a llorar, las lágrimas le corrían por las mejillas mientras caminaba en penumbras. Otra vez las imágenes de las libélulas furiosas poblaron su mente. La voz le susurraba que era la hora indicada para partir. Una y otra vez. Lo sabía, en esos momentos no tenía nada a qué aferrarse.
Se detuvo, cruzó los brazos. Diminutos copos de nieve caían sobre todas las cosas allá afuera. Nada a que aferrarse en esta vida. La voz interior que le bloqueaba cualquier otra percepción. El círculo estaba cerrado en su contra desde el comienzo. Recordó el arma en el armario del desván. La tenía guardada desde hace rato dentro de un viejo bolso de plástico.
Nunca antes había caído nieve en abril en la ciudad de Seattle. El vecindario de Denny-Blaine tenía una apariencia de levedad en los dos últimos días. Pensó que los copos de nieve eran las libélulas furiosas de su imaginación. Volvió al lado de la niña. Tomó un hondo suspiro.
Sabía que aquel día prometía durar más de mil horas, pero ya la suerte estaba echada. En cuanto estuviera solo en casa, dejaría que las libélulas furiosas se encargaran de estrellarse contra el vidrio de la ventana…
De esta manera se termina con un dolor profundo y se erige, para un puñado de hombres, otra leyenda para ser contada hasta el fin de los tiempos.
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Robinson Quintero tiene voz propia y su olimpo de mitos es una fiesta permanente. Gracias