Bestias de carne cruda

Dean Russo, Dispose, painting

Una de esas noches la vi llegar.

Llevaba un vestido ceñido, rojo,  del mismo color que su cabello rizado. Medias negras,  tacones altos. Un ramo de flores amarillas.

Era el segundo día de los muertos y aquel, supuse, era su disfraz.

Entre la oscuridad del andador vi cómo acarició al gato del vecino que reposaba sobre la barda baja de mi casa.

No supe sus nombres, nunca, ni de ella ni del animal.

Estuvo así unos segundos; a pesar de tener la ventana cerrada logré escuchar el susurro de su dulce voz decirle al gato: «cariño».

Permanecí así entonces, tras la cortina, hasta que entró a su casa, que estaba enfrente de la mía. Me eché sobre el sillón. Así permanecí hasta que mi perra, Ariadna, una San Bernardo mestiza, se acercó a lamerme tres horas después.

Y es que Ariadna quería salir a orinar, así que tomé la correa y dimos un breve paseo. Era una perra vieja, de muy lento andar. Tenía lastimada la columna. Se paró sobre un pastito cercano y ahí se alivió. Algo de su orina me mojó los tenis. A esa hora, las dos treinta de la madrugada, no había absolutamente nadie en la calle. Acaso los veladores, cuya sirena se escuchaba a lo lejos.

..

Permanecí despierto hasta el amanecer. Me hice un café soluble y me fumé un cigarro antes de salir al jardín, que tapaba con una malla verde porque los gatos iban ahí a cagarse y mearse.

Ariadna dormía adentro, en una colchoneta que ponía en el piso, junto a la sala. De cualquier modo era muy lenta como para perseguir a un gato, y a decir verdad los gatos no le causaban aversión. Por el contrario, siempre supuse que, de haber tenido uno cerca, lo habría apapachado. Cosa que nunca ocurrió porque los gatos nunca se le acercaron.

Al salir una de las hijas de la mujer que había visto la noche anterior salió a encender su bomba de agua. Vestía solo un short y una camiseta de tirantes. Desde luego tampoco sabía su nombre. Me miró y agachó la cara. Destapé el jardín y les dije algunas cosas dulces a las plantas. Alguien, mucho tiempo antes, me aconsejó hacerlo para que crecieran bien. Parecía que funcionaba.

La adolescente cerró la puerta tras de sí. Ella tendría, por mucho, catorce años. Y su hermana mayor, por mucho, diecisiete. La madre de ambas, imaginé, sería de mi edad. No más de cuarenta.

Ariadna aprovechó para echarse en el patio y que los primeros rayos del sol de la mañana la acariciasen.

La dejé ahí afuera y al entrar me senté en el sillón que daba al enorme ventanal que me permitía ver todo lo que ocurría afuera. La gente que pasaba no me podía ver por el cristal reflejante.

Culminé mi café y fumé. El cigarro me mareaba y deprimía. Me fumaba un par o tres al día, una semana sí y la otra no.

Desde donde estaba vi cómo un joven, de unos veintidós años, salía con el torso desnudo de la casa de enfrente, fumando también. Era el novio de la muchacha de diecisiete, quien salió detrás de él vestida con un short y un corpiño deportivo. Ariadna le ladró un par de veces al chavo. No solía ladrarle a la gente, pero lo hizo. El muchacho, cuyo nombre tampoco supe, volteó a verla sin dejar de fumar. Luego pareció mirarme, cuando giró su rostro hacia mi ventana un instante, pero no podía hacerlo. Nadie podía.

Una noche lo escuché gritar. Gritó el nombre de la muchacha, pero no logré distinguir qué nombre era. Nunca había escuchado un nombre igual.

Estuvo unos cinco minutos gritando, pues la chava no salía. Hasta que salió y también a gritos le ordenó al chavo que se largara. Pero el chavo no se fue y a empujones la metió a la casa. Entre la oscuridad no pude distinguir el momento en que cerraron la puerta, que era negra, como lo era mi puerta y todas las puertas del andador.

No escuché nada más.

Entonces salí al patio y tapé el jardín. Pero ya era demasiado tarde: algún gato se había cagado sobre unos pequeños cactus, desenterrándolos.

Limpié la suciedad, enterré los cactus y coloqué la reja verde sobre las plantas que recién había plantado ahí. Esperé que saliera alguien de aquella casa que había enfrente, sin número en la entrada, como tampoco lo tenía la mía, pero nadie salió.

Esa noche dormí muy bien y a la mañana siguiente salí a encender la bomba de agua. El gato del vecino reposaba sobre la barda. Entonces, vestida con un vestido negro escotado y ceñido, la cabellera rubia, salió mi vecina.

—Buenos días —dijo, sonriendo.

—Buenos días —dije.

Y se acercó para acariciar al gato. Todavía tenía el cabello húmedo. Logré oler su perfume.

“Cariño, cariño”, le dijo mientras le acariciaba la barbilla y el animal lanzaba un ronroneo. La mujer sonreía, tenía unos grandes dientes frontales. Sus labios rojos, tan rojos como el vestido que llevaba puesto el segundo día de los muertos, le venían muy bien.

En cuanto dejó de acariciarlo la mujer se despidió de mí sacudiendo ligeramente una de sus manos, cuyas uñas largas, quizá postizas, también estaban pintadas carmesí.

Dio algunos pasos con sus tacones sobre la demacrada acera y entonces se detuvo, dio media vuelta y regresó por donde había venido.

—Se me olvidó una cosa —dijo, sonriendo, le sonreí, y entró de nuevo a su casa. Aún no había suficiente sol para destapar el jardín, pero aprovecharía para pasear a Ariadna, quien aún dormía adentro, sobre su colchoneta. Caminar con ella era la única actividad que me hacía sentir tranquilo.

….

Ellas llegaron un mes después que yo.

Aquella casa, que pertenecía a mi familia, estaba abandonada. Ahí viví de chico, y me bastó con aparecerme para que los vecinos más antiguos me reconocieran y supieran que estaba ahí por las buenas, aunque en realidad había allanado el lugar.

La casa de enfrente, a donde llegaron ellas, también estaba en el abandono. Aquella colonia parecía destinada a convertirse en un pueblo fantasma: ya nadie quería vivir ahí y muchas casas estaban deshabitadas.

Adoraba la tranquilidad de no tener vecinos, pero cierta tarde se aparecieron cargando un colchón, un refrigerador, una mesa. Las miré desde la ventana. Honestamente repudié su presencia.

A la primera que saludé, una mañana después, fue a la más chica.

—Buenos días —le dije.

No se molestó en contestarme.

La hermana mayor ni siquiera intentó mirarme la tarde que me la encontré.

Solo la madre, ella siempre me saludó. Especialmente cuando iba o venía del trabajo, con sus vestidos ajustadísimos. Me pregunté en qué trabajaría. Supuse muchas cosas hasta el día en que un hombre obeso y pequeño, de traje gris y camisa blanca, la corbata rosa aflojada, salió de su casa empapado en sudor. Yo venía de las tortillas, en mi bicicleta, cuando aquel hombre y ella iban saliendo.

—Buenas tardes —le dije a ella, y ella, sonriente, me contestó lo mismo.

Al fulano pareció no gustarle la forma en que me sonrió. Desde luego no contestó el saludo, pero se quedó mirándome un momento; fue una de esas miradas que deben ignorarse, pues cualquier respuesta es buen pretexto para pelear.

O para matarse.

Así lo hice: lo ignoré y entré en mi casa. El gato del vecino orinaba en ese momento en el jardín. Al verme echó a correr con agilidad pasmosa y huyó por el techo. Algo le dijo el hombre a ella conforme se alejaban. No logré distinguir qué. Miré la pala con la que sacaba o movía la tierra de aquella especie de fosa que yo mismo rompí, con cincel y martillo, para volverla jardín. Hacerlo me tomó horas, un par de días.

Me asomé por la barda baja y ambos seguían en la esquina, conversando. Con pala en mano me acerqué. El hombre fue el primero en voltear, me miró y en su mirada noté los indicios del miedo. Ella me miró sonriente, esperando por lo que tuviera que decirle.

—¿Vas a querer jitomates? Ya crecieron los que sembré.

Ella hizo un gesto de asombro, de no comprender muy bien qué estaba pasando, pero asintió mientras el hombre la jalaba hacia sí y le daba un beso en la mejilla.

—Nos vemos mañana, flaquita —le dijo el hombre casi en un susurro y cruzó la calle y se subió a su automóvil del año que, a diferencia de él, estaba impecable.

Ella lo miró irse y se despidió agitando una de sus manos. Esta vez tenía las uñas sin pintar.

Permanecimos así un momento y luego regresamos a nuestras casas. Percibí su perfume sumado al olor de su sudor, del transcurso de la tarde.

—¿Es su jefe? —le pregunté, indiscreto.

Ella permaneció en silencio y luego, tras sonreír, dijo:

—No, no precisamente.

Ahora fui yo quien guardó silencio.

—Se hace una buena salsita con esos jitomates, ¿verdad? —dijo ella, rompiéndolo.

—Sí. Son, como dicen ahora, cien por ciento orgánicos.

Entré al patio y ella me esperó afuera mientras le cortaba los jitomatitos.

—Incluso te los puedes comer así. Solo lávalos bien, porque ya ves que luego andan rondando los gatos…

—Gracias, eh —dijo ella. Me sorprendía su capacidad para estar siempre sonriente. Al menos así la vi cada vez que nos encontramos.

—No hay por qué —le dije.

…..

La hija mayor empezó a saludarme tiempo después. Solía verme cuando volvía con Ariadna del paseo de la tarde.

—Buenas tardes —me decía, y ahora era yo quien tenía que corresponderle. A veces estaba con su novio y él se limitaba a fumar. A mirarme.

Los escuché pelear muchas veces. Otras jugaban, pero solían gritarse al hacerlo, así que hubo ocasiones en que no distinguía qué estaba pasando. Procuraba mirar por la ventana por si acaso; otras veces prefería no asomarme y seguir en lo que estuviera haciendo.

Esa vez los gritos se salieron de control y pasaron a portazos. Cosas que caían al piso. Luego salieron a su patio. Ella le gritaba a él por quién sabe qué cosas, y él la insultaba por otras. Lamenté que dos jóvenes se estuvieran gritando de ese modo, pero no era sorpresa alguna que en un lugar como ese ocurriera algo así.

Me asomé por la ventana y los vi; el uno frente al otro escupiéndose improperios. Él era bastante más grande que ella, sin embargo ella no se arredraba ante él. Tomé un cigarrillo y fumé mientras miraba; pensé en llamar a la policía pero no tenía teléfono móvil ni fijo. Quise pensar que alguien más escucharía los gritos y lo haría. No sé cómo fue que, viendo eso, aún tenía fe en la humanidad.

Fue entonces que vino el empujón que la tiró de nalgas al piso y el puñetazo que le rompió el pómulo. A la chava no le dio tiempo de gritar.

Aún con el cigarrillo en la boca salí al patio con Ariadna detrás. El chavo se detuvo de darle una paliza con solo oír la chapa de la puerta abrirse. La perra comenzó a ladrarle. Cuando quise tomar la pala del jardín, noté que gran parte de este había sido destrozada por los gatos. Encabronado la dejé ahí. El chavo siguió todo mi recorrido con la mirada  hasta que estuve enfrente de ambos. Ella trataba de cubrirse el rostro y las lágrimas.

—¡Lárgate! —le grité a él.

—Señor —intervino la muchacha —estoy bien, nada más estábamos jugando…

Pero el chavo se salió de la casa sin decir nada y se retiró. Tras dar unos pasos, prendió un cigarrillo y luego siguió su camino sin voltear a vernos.

La joven lloraba, sobre todo, imaginé, por el dolor del golpe. Me puse en cuclillas y le miré el madrazo. Al hacerlo ella sonrió entre sus lágrimas tal cual sonreía su madre. Noté su enorme parecido. Detrás de ambos, de pie al filo de la puerta, estaba su hermana menor, en silencio. Ella no se parecía a ninguna de las dos.

Les pregunté si tenían teléfono. Me dijeron que sí. Les dije que llamaran a una patrulla, o de ser posible a una ambulancia. La hermana mayor dijo que no me preocupara, que estaría bien.

……

La patrulla llegó varias horas después. Al hacerlo me despertó de un sueño angustiante que tuve mientras dormía en el sillón, en el que una serpiente gigante devoraba a Ariadna. Me levanté de golpe y me asomé por la ventana: las luces de una sirena iluminaban el andador.

Ahí vi a la madre y a su hija pequeña, abrazadas la una a la otra. Algunos otros vecinos y dos policías.

Me puse una chamarra encima y salí. Ariadna se quedó adentro. Mi jardín seguía en desorden. Los vecinos y los policías voltearon a verme, yo los miré a ellos, y a ella, quien estaba muy lejos de sonreír. Noté en el piso de su patio los cristales de su ventanal. Al verme extendió ambos brazos. Su hija se hizo a un lado y la madre me abrazó.

—Mire nomás, este hijo de la chingada… —pronunció entre sollozos. Yo permanecí en silencio. Un vecino le ofrecía su testimonial a uno de los policías: al parecer el joven se había saltado al patio y lanzado una enorme piedra contra la ventana. Sin más armas que sus puños, entró y quiso vapulear a la joven por la discusión que habían tenido cuando los vi un rato antes. Salió corriendo de la casa cuando la madre le sorrajó un sartenazo en la espalda, advirtiéndole que había llamado a una patrulla.

Volteé a ver hacia el jardín: ahí, quietecita, reposaba mi pala. Abracé unos segundos más a aquella mujer. Quise preguntarle la dirección de aquel joven, pero mantuve mi silencio. Además, supuse, en ese momento él no estaría ahí.

La hija mayor estaba dentro de la casa. La atendía un paramédico y la interrogaba una fuerza de la ley.

—Vamos adentro —me dijo la mujer. Entré con ambas, madre e hija, a su casa. No era ni tantito parecida a como la imaginé. Era un desmadre.

Un buen rato después se fueron los policías, mucho después que los vecinos, quienes no ofrecieron ningún tipo de ayuda más.

El cuarto de las muchachas tenía dos camas. La hermana mayor dormía en ese momento luego de ser medicada, y la menor quiso quedarse ahí con ella. La madre y yo estuvimos un rato en la sala sin decirnos nada. Moría por fumar, pero había dejado mis cigarrillos en la casa. Vi entonces una cajetilla, a un lado de la televisión. Supuse que era del novio, por lo que no quise preguntar; la madre no dio atisbo de ser fumadora.

Fue que me puse de pie.

—Si me necesita —dije—, entre a mi casa, dejaré la puerta entreabierta.

Ella asintió, se quedó mirando al frente un momento y luego dijo:

—¿De verdad no quiere un cafecito?

—No, de verdad, muchas gracias.

La mujer volvió a sonreír. Yo regresé a casa sin agregar algo más.

…….

Solía dormir más veces en el sillón, pero en ese momento preferí irme a la cama. La perra ya se había orinado en el piso. Limpié con un chorro de pino que mezclé con agua en una cubeta sin asa. Ariadna no se movió de su sitio; parecía decirme que dejara de hacer ruido.

Apagué de nuevo la luz y entré a mi cuarto. Me recosté en la cama y de inmediato me quedé dormido. Me sumergí en un sueño donde le rompía de un palazo la cabeza a aquel joven y la sangre que chorreaba caía directo a mi jardín, del cual emergían, casi de inmediato, unas enormes flores rojas.

Entonces me desperté. Ella estaba ahí dentro, de pie. Así, entre las tinieblas, la vi sonreír. Pensé que seguía soñando, así que agucé la mirada; ella, vestida con un fondo, se acercó lentamente y sin preguntar se acostó junto a mí. La olí; ese olor no podía recrearlo en mis sueños, pensé.

Probé el sabor de su saliva mezclado con tequila; sentí sus piernas apresarme contra ella; sentí su vientre, la cicatriz de una cesárea, pegarse a mi panza. El encuentro se prolongó no sé cuánto tiempo,  y cuando terminamos de amarnos, como bestias de carne cruda, ella se quedó dormida, como niña, en mi regazo.

Al despertar miré la hora; el sol ya entraba de lleno por la ventana.

—Buenos días. ¿No tienes que ir a trabajar? —le dije en el volumen más bajo que pude.

Ella, desperezándose un poco, movió la cabeza diciendo que no. Cuando terminó de abrir los ojos, me sonrió.

—Su perrita es bien bonita —dijo—. Ni me ladró ni nada; cuando me vio nomás movió la colita.

Le sonreí y asentí. Quise preguntarle su nombre, pero me detuve.

Luego salí del cuarto. Ahí estaba Ariadna, junto a la puerta del patio trasero esperando a que le abriera. Tan pronto lo hice el animal se puso a orinar. Aquella era una mañana cálida y despejada. Como si se tratara de un día feliz.


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Imagen : pintura de Dean Russo