El arca de las semillas en el cerco de Leningrado

Nacemos. Morimos. Y entre ambos extremos de la existencia vivimos y quizás estamos a punto de morir algunas veces, muchas veces, un millón de veces. La caída en el abismo negro de la muerte puede depender de nuestra resistencia misteriosa y sorprendente ante la adversidad, una resistencia que, a veces, puede devenir heroica.

Es precisamente esa heroicidad en el momento límite último de la resistencia humana lo que retrata Jessica Oreck en One Man Dies a Million Times, una película de ciencia ficción en la que se recrea parte de lo sucedido en el cerco de Leningrado (8 Septiembre 1941 – 27 Enero 1944) durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Ciencia ficción y cerco de Leningrado? ¿Ciencia ficción y recreación histórica? ¿Es posible inscribir un hecho del pasado en una trama sci-fi?

Voy por partes. Septiembre de 1941. En el Nikolai Vavilov Institute of Plant Genetic Resource se recogen y almacenan desde 1921 muestras de semillas comestibles con el fin de conservar un catálogo fértil de la diversidad genética viva. Alyssa (Alyssa Lozovskaya) y Maksim (Maksim Blinov), son dos de los biólogos (me tienta llamarlos curators) que atienden la colección mientras un romance indolente parece surgir entre ellos. A medida que la guerra cerca la ciudad y la comida disminuye la colección de semillas (aún entre edificios semiderruidos y amenazada por las ratas) aumenta su valor frente al futuro incierto no sólo de la ciudad sino también de la humanidad. A partir de este hecho real Oreck sitúa la cámara tras Alyssa y Maksim mientras una voz en off recita extractos de los diarios recuperados de ciudadanos que padecieron los tres años de asedio, escasez y horror.

Filmada en un bellísimo blanco y negro no extremo, con tantos matices de grises como las ojeras por el hambre requieren, las noches de Leningrado se asemejan a las noches de las películas de Béla Tarr y Tarkovsky, y la nieve que cae como ceniza sobre la ciudad me recuerda la lluvia ácida que tan bien describe Svetlana Aleksiévich en Voces de Chernóbil. En One Man Dies a Million Times el horror de la guerra tiene apenas presencia directa, no hay soldados, ni tanques, no hay armas, ni heridas (sólo una, esta vez en una escena en color, un rojo-sangre derramado antes de retomar los grises -la decisión inversa a las escenas en blanco y negro de Quentin Tarantino en Kill Bill-). La guerra está ahí, la presión bélica es más audible que visible, pero la batalla que libran los personajes es otra: preservación vs hambruna, también cuando los que agonizan de hambre son sus amigos o sus familias.

Alyssa y Maksim son ambos trasuntos de Noé, poseedores del arca del alimento del futuro. Alysse, madonna doliente. Maksim, cazador sin piezas que cobrar. En una escena de afilada belleza juntos recorren la ciudad transportando a una Ofelia amortajada al depósito de cadáveres, un templo de muerte excedido por la muerte misma y repleto de cuerpos como estatuas congeladas bajo la nieve, un templo sin dios que bendiga a los fieles y con reminiscencias pandémicas (¿no será acaso siempre lo mismo la muerte cuando su gula voraz la excede?). La ciudad se devora a sí misma desde dentro, perros famélicos ladran a nadie, hordas de ratas reclaman su festín mientras Oreck filma escenas que son como cuadros, escenas que son como estatuas: Alyssa es pura Pietà y Maksim se convierte por minutos en un personaje de El Greco, la muerte son los columpios-cuna de los refugios vacíos cuando ya no hay niños que proteger, la desesperación es una infinita escalera del metro que parece una invitación al suicidio. La guerra son las voces susurradas, las llagas en la boca, las grietas en los labios, el andar tambaleante (una silenciosa danza de zombies inspirada en las imágenes documentales del asedio), las huellas en la nieve cada vez menos profundas, las manos que no son caricia, ni roce, ni abrigo, el te de cuero (trocitos de cinturón en el agua-nieve hirviendo, la necesidad de un sabor), y el silencio, la nada audible (tan blanca) antes del crepitar de los altavoces que se eleva cric-cric-cric previo al zumbido de la sirena ante la que ya no es posible correr.

Película poética en la narración tanto del dolor como de la esperanza, recreación especulativa de un sacrificio heroico en un mundo que también entonces se asomaba a la autodestrucción. Oreck consuela a sus personajes desde el abrazo científico de la biología y dota de sentido existencial el intangible del futuro pese a la ineludible dimensión apocalíptica de la historia. Rodada en 2019 en One Man Dies a Million Times supura el llanto antropocénico contemporáneo que se hace todavía más audible al enfrentarlo al espejo de la abnegación histórica de los trabajadores del Nikolai Vavilov Institute of Plant Genetic Resource, cuya colección de semillas sigue siendo uno de los más valiosos tesoros del mundo.

One Man Dies a Million Times, Jessica Oreck, 2019

Gema Monlleó

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. dovalpage dice:

    La reseña, excelente como todas las de Gema, dan ganas de ver la película. Solo que el tema me espeluzna porque los que hemos visto, aunque sea de lejos y de a poquito, el hambre (que no estoy comparando el período especial en Cuba con el cerco de Leningrado, pero…) no necesitamos recordatorios. Igual pienso que debe ser una película muy buena. Gracias, Gema.

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