Relato de José Luis Manzano desde Barcelona, sobre familia, alcohol y soledad.
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Viernes, 13 de mayo de 2005: canción de amor
Treinta y cinco equilibrado,
en medio de la década y del camino de la nada
esta tarde llovió sin mojar
y camino por callejas donde nadie me verá
Frankie y Tommy y su orquesta del 40,
clarinetes en tiempo de guerra
tal como ahora.
Tengo canas incipientes
y una hija que me admira sin decir una palabra.
Ríe y sonríe en un bucle de 24 horas día,
frágil intento del mundo,
conquista de quienes se rindieron a la mortalidad…
Palacio Añoranza
Que se vayan los hijos
Es una membrana perdida
Que no cae
Queda colgada latente y balanceándose
Silenciosa y permanente
Para cuando la miras
Y eso ocurre siempre que
Llega el miedo
La duda
O la mera soledad
La edad y el deterioro
De todos los palacios
Salvo Palacio Añoranza…
Aves de corral, otro regalo de Margarita del Brezo
Harta. Estaba harta de que me estrujasen como a una uva pasa, de sus exigencias sin descanso, de correr a todas horas. Estaba a un tris de llegar a ese punto en que uno empieza a quebrarse, ¿sabes cómo te digo? Primero es una esquirla apenas perceptible en el hombro. Luego llega la enésima decepción y la esquirla se abre, florece, y una fina y delicada grieta se va expandiendo por el omóplato, atraviesa la columna vertebral, llega hasta el brazo y entonces, al mínimo contratiempo, la grieta que era solo un corte profundo y doloroso pero apenas visible se desborda, crece, se estira, te envuelve, te atrapa como la seda de un gusano y, ¡zas!, sin darte cuenta te has convertido en un capullo. Un capullo sin mariposa.
El hijo, de Gina Berriault. Una soledad inabordable
Confesión: sufro cierta adicción por las historias turbias. No, mejor no, rectifico. Gozo con mi adicción a las historias turbias. Sí. Mejor así. Y con El hijo (Muñeca Infinita, 2022), la perturbadora novela de Gina Berriault (Long Beach, California, 1926-1999) mi adicción se ha colmado.
Fin. Relato de Elsa Calvo, punzantes diecisiete años de escritora
El sonido de lo que posiblemente sea un plato rompiéndose nos saca de la hipnosis. Bajo la escalera, se oyen voces; juraría que son dos fantasmas discutiendo junto a la alacena. Dos espectros rojos con los ojos encharcados que juegan al tira y afloja con la vajilla y el hambre. Mi hermana, -quien asumo, odia los ruidos-, sube el volumen de la televisión justo cuando los cuchillos vuelven a lanzarse y el pestillo de la puerta no es lo suficientemente fuerte como para enmudecerlo
Psiquiatría familiar junto al mar
Resulta sorprendente cómo maneja moralmente a los demás, cómo aniquila todo atisbo de esperanza, cómo conduce la conversación y los chistes -siempre tendentes a la necrofilia-, cómo cuando has escuchado y has asumido tus culpas y miserias, la mercancía que permanece en stock, él se siente fortalecido y al cabo sonríe inconscientemente con malicia.
Entonces, un rato después eres capaz de odiarlo por el fardo de tristeza que carga sobre tus hombros, pero cuando duerme y lo miras, comprendes que tiene la madurez y la mente de un niño que se rechaza a sí mismo.
Y eso, amigos míos, constituye una mezcla peligrosa.
Costa Brava, Líbano
En Costa Brava, Líbano (ópera prima de Mounia Akl, 2021) Rim cuenta. Rim, la hija pequeña. Rim, el ojito derecho de papá. Rim, la de las capacidades sensitivas redobladas. Rim, todavía en su mundo infantil pero gladiadora contra los problemas del mundo adulto.
La ruta que siguen los cadáveres, por Samuel Segura
Priscila le atraía a un chingo de cabrones, entre ellos el Pelos, uno de los cabecillas del barrio. A esa edad, tendría unos veintidós años, ya andaba en camioneta y con fusca en la guantera.
El regalo, relato de monstruos en pandemia
—Con la nueva normalidad ya no es normal tener monstruos en casa; anda, pon un anuncio en internet a ver si alguien los quiere.
Ignorancia, relato de la otredad por Fernando Cabezón
Del establecimiento, sale la dueña con un juguete en la mano y se sienta en el bordillo que hay a la entrada. Los propietarios son chinos. Unos de los tantos que han emigrado desde su país y han importado sus sopas, fideos, ojos rasgados, sonrisas enigmáticas y sentimientos cohibidos.
Pero tú no sabes nada.
Era viernes santo
Ella está haciendo ruido en su habitación, creo que estaba dormida y son las 8:30 de la tarde de un día de abril nublado. De un día más viviendo y dejándose vivir. Sin él y con toda la carga del tiempo y la familia, la carga de los que imponen la alegría a quien ya no la necesita, de los que miran adelante.
Margarita del Brezo: microrrelatos de familia
Como cada tarde, coge el cubo y el estropajo y camina los dos kilómetros que la separan del camposanto. Si el invierno ha sido generoso, el regato baja con agua y se ahorra comprar la botella de litro y medio en el puestecillo de flores. No es gran cosa, pero desde que tuvo que dejar de trabajar porque la tristeza la mantenía demasiado ocupada, la única holgura que se permite es la de la ropa.
Domingo, viaje inverso de Nueva York a Puerto Rico
En fin, por dónde íbamos, los chinos que no había, los folkies en los bajos y Andy Warhol en algún lugar del Soho, Lou Reed Dios sabe dónde esta mañana, Canal Street, Chelsea Hotel quizás alojando a Leonard y Janis, qué importa, Domingo no conoce, no necesita y es feliz…
El árbol de la vida
Cuando nos mudamos de casa, lo primero que hizo mi mujer fue intentar reanimar el esqueleto de un árbol que había en el jardín. Con los primeros riegos sus ramas empezaron a desentumecerse y le salieron un puñado de hojas pecioladas, tres huevos de codorniz y un gorrión esmirriado al que le faltaban casi todas las plumas.
