Hay una niña preciosa
muy pequeña
y de ojos vivarachos,
sus trenzas surcan hacia atrás
su graciosa cabecita.
Desde el asiento posterior
la observo dirigirse a la madre,
aprender y agazaparse en su regazo
cuando le puede el sueño.
Mientras eso ocurre,
manipula una tablet de dibujos animados,
como ella y sus auriculares
luminosos y con dos orejitas
de gato, lince o zorro en todo lo alto.
Las luces intermitentes son violáceas
como las orejas felinas.
A la madre se le cae un teléfono
entre la butaca y la ventana,
levanto mi bandeja y pliego la mesa
para atraerlo hacia mí con el pie
y flexionarme sin espacio
en este avión de media distancia
y clase turista camino del África desconocida.
La madre dice merci bajo su pañuelo marrón y la muñeca no me contesta
cuando la saludo en español,
unos minutos después se incorpora
escorándose hacia mí
entre las butacas,
me regala su mirada pura
y sonríe,
como un mudo gesticulo un hola
sin apenas vocalizarlo,
sin sonido,
camino de su alegre francofonía,
la de los senegaleses
que viven a caballo entre
París, su tierra y nosotros.
Su tierra, pienso, como si ésta fuera
la conjunción de unas coordenadas
en el mapa,
como si estos no fluctuaran
con las personas,
como si la historia no nos hubiera
enseñado nada todavía.
Soy un extraño que escucha
a Paco de Lucía
y escribe entre las risas
de adultos
y de una niña
de oscuros ojos infinitos.
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