Ahora que el amor ha muerto
y el deseo se ha marchado con él.
Ahora que sé
que no volverán a mí
el pelo revuelto
ni la sangre ardiendo.
Ahora que he aprendido, por fin,
que el silencio no es sabiduría,
ahora que sospecho
que todas las lenguas
nombran la misma herida.
Ahora que sé
que las colinas y sus tumbas
solo guardan huesos,
ahora que el tiempo cae sobre mí
con los ademanes suaves
de una ceremonia del té,
ahora, al fin,
ha llegado,
la estación de contar historias.
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