El buscavidas : el tapete verde de la ambición

“Pensó en lo que suponía ser un buscavidas y también en los que se dedicaban a ello. Se dijo que, de un modo u otro, tenía que sacarle partido a lo que ya sabía, tenía que encontrar su sitio, ahora que estaba solo y prácticamente arruinado en Chicago”

El buscavidas_Walter Tevis

¿Alguien puede comenzar a leer El buscavidas de Walter Tevis (San Francisco, 1928) sin tener a Paul Newman con un taco de billar en la mano en la mente? Algunos libros tienen una imaginería previa de la que es imposible deshacerse antes de comenzar a pasar sus páginas y esto es lo que sucede, para bien, con esta novela en la que la película de Robert Rossen (1961) retrató de manera fiel los salones de billar del Chicago de los años 60. Salones, no los de Chicago pero sí los de Kentucky, en los que Tevis trabajó mientras estudiaba en la universidad y que pudieron ser el banco de pruebas observacional para el retrato perfecto tanto de sus personajes como de su ambiente.

The hustler_El buscavidas_Paul Newman

El buscavidas es pura novela negra. Novela negra sin asesinatos ni mafias, sin detectives ni crímenes, pero sí con un antihéroe (Eddie Felson el Rápido) que cruza sin remordimientos las fronteras morales, que fracasa y se repone, que luce cinismo, codicia, ego, manipulación, ansia de poder y lujuria moderada, y que hace gala de un sentido del honor tan personal (y cuestionable) como irreductible. Noir en el santuario de aire victoriano del Salón de Billar Bennington de Chicago, la catedral “de los creyentes y de los furtivos”, la casa madre del mítico Gordo de Minesota, el mejor jugador de billar directo del país, el que jamás “se detenía a observar la disposición de las bolas, nunca parecía pensar o preparar mentalmente el tiro”, el que se mueve, pese a su físico, con pasos casi de ballet, ligeros y seguros, alrededor de la mesa, el que sostiene el taco con la misma delicadeza, elegancia y firmeza con la que “un violinista sostiene el arco”. Noir en el que Felson, el joven, el egocéntrico, el soberbio, cansado de recorrer el país con el trilerismo del buscavidas, desplumando a jugadores mediocres con las tácticas del fullero, triunfando en asaltos contra incautos y semiprofesionales del billar, quiere competirle el título al Gordo, y desafiarlo, y retarlo, y vencerlo, y humillarlo, para coronarse como el mejor jugador de billar de Chicago y por ende de Estados Unidos.

El planteamiento de Eddie Felson es tan inocente como arrogante y suicida, y no es un espóiler escribir que, tras una partida interminable en la que la cena da paso al desayuno y este a la cena de nuevo, cuarenta horas en las que el whisky quema la garganta y nubla la vista, el Rápido termina con el brazo dolorido y ardiente, las venas hinchadas y palpitantes, machacado, tambaleante, con las tripas revueltas, y perdiendo no solo la partida, sino también el dinero, el orgullo y el honor.

The hustler_El buscavidas_Paul Newman_2

La caída del tiburón Felson, el que se mira al espejo tras su derrota frente al Gordo de Minesota y descubre a un desconocido (“los ojos grotescamente hinchados, el cuello sucio, el pelo pegado a una frente cubierta con marcas de tiza, los labios grietados”), es el nudo a partir del cual la historia se convierte en un bildungsroman noir, una novela de aprendizaje en la que la tendencia a la autocompasión, el carácter autodestructivo y la altanería chulesca del Rápido se verán demolidas en una expiación in crescendo y que comenzará con su regreso al punto de partida: a malganar apuestas en tugurios mugrientos e intercambiables por otros tantos salones de billar de tres al cuarto. En El buscavidas el mito del sueño americano del hombre hecho a sí mismo necesitará de un guía espiritual, un chamán que aleccione a Felson, que lo radiografíe y modele, que lo pula y convierta en el ganador que por sus aptitudes técnicas puede llegar a ser. Y necesitará también de una chica, la compañía de una mujer que, aunque no pasaría el test de Bedchel (la novela se publicó en 1959), le permitirá hallarse, recuperarse y recomponerse.

Paul Newman jugando al billar en El buscavidas_The hustler_1961

Es así como al golpe seco de las bolas, a la atmósfera impregnada en tabaco y alcohol, al olor a tiza azul, se unen Sarah, la universitaria alcoholizada, bella, coja y lectora de Kierkegaard (detalle no menor), y Bert, el amanerado jugador profesional que solo bebe leche mientras juega y que reconducirá a Felson desde su explosiva mezcla de determinación y victimismo hasta la expulsión de sus propios demonios (“te emborrachaste. Buscaste la mejor excusa del mundo para perder. Perder no supone ningún problema. Siempre que tengas una buena excusa”). Bert enseñará al Rápido como cortar las alas al perdedor que lloriquea en su interior para conseguir la actitud ganadora que le permita reconocer el momento clave de las partidas, el instante preciso en el que lucidez y temple se equilibran y dominan la situación incluso perdiendo (“Cuando ere un ganador, perder te duele en el alma. Pero tu alma puede soportar ese golpe”).

Y es en el retrato de la interioridad de los tres personajes principales (y del cuarto: el microcosmos en el que la novela se desarrolla) donde Tevis dota a la narración de un realismo y una verosimilitud que parecen amasados en la misma atmósfera oscura y triste que tiñe las salas de billar de mala muerte, y en la que sus almas luchan diferentes y claustrofóbicas guerras, cada uno por sus motivos, cada uno desde sus condicionantes previos (“Se dice que cuando una ballena lucha con otra nunca es por hambre. Y tiene todo el sentido del mundo, porque el mar está lleno de peces más pequeños”). Como en un rompecabezas Felson, Sarah (“Tú no reconocerías el amor si te lo cruzaras por la calle. Y yo tampoco”) y Bert son las distintas caras de un cubo arquetípico en el que la introspección psicológica, explícita o levemente apuntada, muestra las profundidades de unos corazones insatisfechos que les conducen a relaciones hostiles con sus pares (reflejo de otras tensiones colectivas que tal vez Tevis quería apuntar). El malestar de la consciencia de Felson, su dimensión levemente nihilista (también la de Sarah: “¿de verdad era una perdedora o más bien una persona que no participaba en del juego porque no entendía las reglas?”), son un reto al determinismo ambiental en el que ambos se mueven y del que quieren escapar (él gracias al billar, ella gracias a los estudios) y para el que sus habilidades respectivas no son suficientes por sí mismas.

Walter Tevis

“El billar es un juego que no ofrece al que está sentado la posibilidad de alterar los tiros de su contrincante”: en una metáfora del juego en sí El buscavidas tensiona al lector desde la honestidad con la que Tevis viste a sus personajes y es esta la que nos permite asistir, gracias a también a la sobriedad y la precisión de su lenguaje, a una metamorfosis que los dignifica sin necesidad de alcanzar la épica completa (el adjetivo no es banal) del héroe epifánico.

el_buscavidas_1961_Paul Newman

El buscavidas, Walter Tevis. Traducción de Juan Trejo. Impedimenta, 2025.

Paul Newman en su descanso y duda entre timba y timba

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. dovalpage dice:

    No he visto la película, pero buscaré el libro. Todo lo que recomienda Gema es de lo mejor.

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