La Marsellesa de los borrachos es la ópera prima de Pablo Gil Rituerto, un documental musical y a la vez road movie que recupera la voz de las canciones populares de la lucha antifranquista. Estrenada el 14 de febrero, con nuevas interpretaciones de artistas contemporáneos, entre los que se encuentran María Arnal y Nacho Vegas, anteriormente pasó por festivales como SEMINCI Valladolid 2024, donde se estrenó a nivel nacional en la sección Tiempo de Historia; In-Edit Barcelona 2024, el festival de documental musical y ZINEBI International film Festival, entre otros.
Durante el verano un equipo de rodaje recorre las carreteras y pueblos del norte de España. Siguen los pasos del viaje clandestino realizado por el grupo Cantacronache, que en el verano de 1961, en plena dictadura franquista, recogió canciones populares de la resistencia. A través del prisma de la memoria oral y de los archivos sonoros registrados en 1961 los dos viajes dialogan, conformando una geografía emocional y política de un territorio en el que las heridas del pasado siguen abiertas. ¿Qué queda de estas canciones, cómo resuenan en el presente?
Hasta aquí, la presentación inicial y sinopsis que amablemente nos ha hecho llegar Henar Ortega, responsable de comunicación freelance en Contarlo, que ha colaborado en la difusión de La Marsellesa de los borrachos con la distribuidora Begin Again Films , una de las distribuidoras con uno de los catálogos de cine independiente más sugerentes del panorama nacional y en el que también se encuentra la cinta The human hibernation sobre la que podéis leer el artículo The human hibernation y la reinvención de la naturaleza, escrito por nuestra colaboradora Gema Monlleo.
Dos veces he tenido que ver la película, como últimamente hago con las pocas grandes obras que nos llegan en un tiempo en que el cine se está infantilizando, haciendo correcto en función de los aires del momento, marqueteándose desde la creación -como dicen en Hispanoamérica- y, en definitiva, admitiendo censuras, amenazas de cancelación y finalmente autocensurándose.
Un panorama desolador en el que el documental se erige como casi única garantía de independencia, reflexión y pausa.
Y ahí es donde nos llega Pablo Gil Rituerto con esta película -me negaré a denominarla documental, por la inercia a percibirlo como una disciplina inferior- que cautiva y deja sin pestañear desde su inicio, con un itinerario por el norte de España que ya hicieran este grupo de italianos en 1961 y que nos sorprende como hoy sorprenden las paradas en pueblos fuera de las grandes rutas.
La Marsellesa de los borrachos nos lleva a las reflexiones iniciales del grupo italiano Cantacronache, registrados en su entrada en España por los Pirineos de un modo clandestino, con un propósito que saben tan incorrecto como recuperar la tradición folclórica que mantuvo el ánimo y el ideario republicano en la guerra y en la aún más cruenta y silenciosa posguerra de los 40 y 50.
De un modo natural, orgánico, llegan a Barcelona donde se nos muestran imágenes de familias emigrantes viviendo en un antiguo fortín militar de la guerra sobre Montjuic, en penosas condiciones, y de repente se hace la luz con la evocadora voz de María Arnal cantando Nubes y esperanza.
Emotivos momentos ante los cuales el espectador se queda inmóvil, ojos fijos en la pantalla, como el de las dos hermanas que recuerdan el fusilamiento y entierro de su abuelo materno en una fosa común del cementerio de Guadalajara o la increíble canción interpretada por el coro de mineros de Turón (Asturias), abrazados en corro como un núcleo perfecto y impenetrable de amigos que han vivido, han trabajado, han querido y finalmente han perdido.
Porque La Marsellesa de los borrachos no sólo habla de la opresión y aniquilación del enemigo en la dictadura franquista, sino que respetuosamente se eleva en honor a la víctima, haciendo extensivo el mensaje a las de todos los regímenes totalitarios de cualquier índole y que desgraciadamente hoy en día seguimos sufriendo, haciéndonos recordar igualmente que en esas situaciones de desamparo se producen olvidos, como los de los mineros cuando llega una reconversión industrial que los entierra en vida o como los de los emigrantes que malviven en el extrarradio de las grandes ciudades y que siempre son rechazados, sean extranjeros o no, como se aprecia en los apuntes de la película sobre Barcelona y Bilbao a principio de los años 60.
Sobrecoge la música, sobrecogen los testimonios, pero más sobrecogen los silencios, las miradas y los paisajes decadentes.
El porqué del título Marsellesa de los borrachos es algo triste e indigno que preferimos que descubráis adentrándoos en este viaje desde la geografía y paisanaje español de la guerra y posguerra al temerosamente aperturista de los años 60 y al democrático y necesitado de aprender de los errores actual.
Extrañamente, esta pequeña y emotiva película de Pablo Gil Rituerto nos conduce a terrenos universales y nos hace mantener la esperanza en la condición humana un día más. Eso no es poco.
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Me gustó mucho la canción de La ronda de Motilleja. Busco más información de ellos y del documental. Es hermoso que se rescate la historia musical.
Gracias, Teresa, merece la pena