La dignidad de la manada

Una mañana, después de un viaje incómodo en camión, encontré un perro a unos pasos de la carretera. Estaba herido, descarnado, las fauces rojas y espumantes, tumbado bajo un árbol. Respiraba con dificultad. Tenía marcas de mordeduras en el cuello y el lomo. Supe que ese perro era yo. Al otro lado de una línea de arbustos, divisé una manada. La gente no hizo caso de mi advertencia cuando les dije que allí había unos perros de mala pinta. Ni siquiera voltearon a ver al que yacía tendido bajo el árbol. Cuando volví la mirada los perros ya se habían esfumado tras una nube de polvo amarillo.

Me instalé en un Motel. Mientras veía girar las aspas del ventilador en el techo, una nube negra comenzó a dar vueltas en mi cabeza a un ritmo vertiginoso. Sólo un impulso logró sacarme del cuarto, a pesar del inclemente sol: buscar una cantina. Encontré varias tiendas de sombreros, pero ningún salón de puertas batientes. Recorrí los alrededores con la esperanza de encontrar, cuando menos, una vinatería. Me alejé varias calles hasta que algo llamó mi atención. Me pareció ver un coloquio de perros en el callejón. Ya saben, una manada sentada en círculo, mirándose a los ojos, en actitud severa, como si discutieran algo de suma importancia.

Por un momento me detuve a contemplar la escena. Eran los mismos canes que vi perderse en el polvo del camino. Sin ninguna clase de recelo me acerqué al compacto grupo. Tomé asiento a un par de metros; lo cual no pareció importarles. Eran seis mestizos, de los tamaños y formas más variadas. En mayor grado uno de ellos parecía guardar cierto parentesco con los pastores alemanes, aunque su hocico no era tan alargado y era mucho más corpulento.

Ese — pensé — debe ser el líder de la manada; estaba sentado en las patas traseras y miraba con atención a sus hermanos, como un mariscal de campo subido de peso.

Decidí romper el hielo, afectado hasta cierto punto por mi hallazgo junto a la carretera, temprano ese mismo día. Aquel perro descarnado que me hizo pensar en mi condición. Un hombre que merecía ser castigado, pero a quien sólo yo podía juzgar. Extraje la anforita metálica de la chamarra para darle el último trago, cosa que descubrí con decepción. Los rayos del sol rebotaron del metal a los ojos del pastor mestizo, quien me miró irreflexivamente para luego volver a sus asuntos. Esa fue la primera muestra de reconocimiento de su parte.

Uno de los mestizos, al parecer una cruza de Salchicha con Schnauzer, puso en acción su voz chillante; ladró dos veces, como diciendo, “compañero canes, la asamblea del día ha concluido”. Los perros se fueron a echar a la sombra de un tejabán, en la banqueta. Junto a ellos había algunos botes de basura y un montón de cascajo. Sólo el pastor permaneció en su lugar, él y su sombra, como si esperase que le dirigiera la palabra. Cosa que hice, pues no soy descortés; mucho menos con un perro.

— ¿Por qué machacaron a su compañero en la carretera? — le pregunté, directo al grano.

— ¿Te parece extraño?

— No soy ajeno a la violencia — dije — ; pero creí que los perros repudiaban esas crueldades.

— ¿Te parece cruel la justicia? También entre nosotros hay nociones elevadas que no comprendería cualquiera — arrugó los belfos con indolencia.

Su tono me pareció jactancioso, pero supuse que estaba acostumbrado a discutir bajo esos términos con los de su clase.

— La justicia no es limpia, cierto. Pero por qué dejarlo sufrir de esa forma.

El pastor se acercó, con toda calma, sólo para detenerse a unos cuantos pasos por culpa de una comezón que le costó trabajo disimular. Meneó la cola, como las vacas al espantar moscas, y preguntó:

— ¿Qué te trae por aquí? ¿Cuánto tiempo piensas quedarte?

— Un par de días. Voy de salida, por así decirlo.

— Entonces, por qué atribulas tu existencia con estos asuntos. No te competen. Muy pronto estarás en un camión con rumbo a cualquier lugar y te olvidarás de nosotros. ¿No deberías estar buscando una cantina? — me preguntó al ver que sujetaba mi ánfora de metal bocabajo.

Había algo familiar en su mirada. Algo que me recordó la forma en que mi perro, el Kaiser, me miraba cuando yo era un niño, como si pudiera comprender mi soledad y se apiadara de ella.

Tratando de hacer a un lado ese recuerdo, cuestioné al pastor sobre su crimen.

— ¿Qué ganas con esas crueldades? No pareces esa clase de animal.

— Y, sin embargo, esos somos. Animales, como tú.

— Como quieras, no es asunto mío — le dije.

Volvió a sentarse en las patas traseras. Olfateó el aire y dijo:

— Si de algo sirve, te lo diré. Seguramente has visto la indiferencia que nos muestra la gente del pueblo. No hay uno a quien le importe un bledo aliviarnos del hambre, el frío, el dolor o las pulgas. Es cierto que hubo un tiempo en que los hombres y los perros compartimos todo viviendo bajo la misma ley. Pero ustedes se alejaron de ese camino y con el paso del tiempo nos degradaron a la condición de esclavos y, algo mucho peor, mascotas.

La palabra “mascotas” hizo que a la manada se le encrespara el lomo y mostraran los afilados colmillos; hasta el pequeño Salchicha cruzado con Schnauzer gruñó como un lobo. Estaban muy atentos al discurso del pastor.

— Hoy hicimos justicia según nuestras leyes. El perro que viste en la carretera deseaba cortar sus lazos con la manada, para convertirse en un castrado, una mascota. Quería renunciar al instinto. ¿Sabes lo que significa eso para un perro? ¿Perder el mundo por unas croquetas? No sabes nada, no te culpo. Hace mucho que ustedes, los hombres, perdieron la dignidad de la manada. Nuestro deber es mantener intacta la noción de lo que es justo entre los nuestros. Ese mínimo de dignidad al que tu especie ha renunciado.

No hallando argumentos para rebatir esto último, simplemente dije:

— Lo despedazaron por querer una vida más fácil. Entiendo.

— Una vida así no es vida para los nuestros. Pero ¿lo entiendes, de veras?

El pastor no se mostró complacido, gruñó con gravedad, como si estuviera aquilatando el peligro. Claramente estaba harto de discutir el asunto, el cual debían haber zanjado momentos antes de que yo tomara asiento junto a ellos, quizá apresurando la conclusión de su coloquio.

— ¿Por qué te obsesiona la muerte de un perro? ¿Acaso no eres hombre? ¿Qué podría importante, pues, el destino de uno de los nuestros? Si el camión en que viajabas me hubiese arrollado, dejando nada más que un cuero pegado al pavimento, ¿sentirías la misma indignación? — debió experimentar un gran arrebato al decir esto porque las líneas de su rostro se contrajeron con ferocidad.

En ese momento noté que las lágrimas de mis ojos estaban escurriendo. Quizá por esta razón el pastor se detuvo.

— Entiendo por qué lloran los de tu especie, la culpa es una lepra que les come el corazón — dijo en un tono más suave — . Si de algo sirve, nuestro hermano no sufrió más de la cuenta. Podemos ser perros, pero también somos justos, y hasta nobles con quienes nos muestran su propia nobleza. No somos lobos, sino perros que perdieron la fe en los tuyos, no así en los de su propia especie. Con todo, jamás te mordería a mansalva, sin justificación.

El recuerdo del Kaiser, mi amigo y compañero de la infancia, volvió esta vez con más fuerza. De haber sabido, habría dejado que montara a esa perra callejera que lo buscaba con desesperación. Él la olfateaba y ella lo provocaba, ansiosa por tenerlo encima. Pero yo era la causa de su frustración. Usaba la cadena de castigo y pateaba a la perra para alejarla. Aquella vez el Kaiser se había obstinado en montarla. Debí jalar tan fuerte, no sé cuántas veces, que al final se abalanzó sobre mi brazo; sus ladridos parecían gritos humanos, como si hubiera algo malo retorciéndose en su vientre. Creí que me mataría.

Al volver en sí, avergonzado, prácticamente se arrastró de regreso a casa. Mi madre me llevó al pabellón de urgencias. Y mi padre, al volver esa noche, sin dirigirme la palabra, fue derecho a su cuarto. Cuando vi la pistola en sus manos, le supliqué que no lo hiciera. Le dije que era mi perro, que había sido mi culpa. Pero mamá me arrastró a mi habitación, donde momentos después ella se sacudió conmigo en sus brazos.

El hijo de puta ni siquiera titubeó, no le mostró piedad. Ese día comencé a odiar a mi padre. Luego, el odio echó raíces. Estoy seguro, las raíces se hicieron profundas. Conforme yo crecía era más fácil echar mano de ese odio, cultivado. Hasta que dio frutos negros, como solo el árbol del odio puede darlos.

El pastor me miraba en silencio. Su nariz parecía hurgar en un rincón de mi alma. Con la manga de la camisa sequé las pocas lágrimas que aún escurrían.

— Apestas a eso que los hombres timoratos y necios llaman culpa y pecados — dijo apenas sin mover los belfos — . También el hedor de la muerte te persigue. Dime, si ahora mismo pudieras librarte de su odiosa mirada, a cambio de tu libertad, ¿lo harías? ¿Empeñarías tu dignidad por una vida de mansedumbre y obediencia?

La pregunta hizo que pensara en mi intención de suicidarme en el hotel; y cómo al ver a aquel animal junto a la carretera había entrevisto un símbolo de mi propia existencia, tendido en el asfalto, tragando aire, desesperadamente vivo como para darse cuenta de que estaba muriendo.

La misma nube negra que me hizo salir del motel nubló mis pensamientos y mi vista. Tan sólo pude encogerme bajo la gravedad de los hechos. Estaba expulsado del mundo de los hombres, pero aún tenía fuerzas en mí para vivir, a pesar de la asquerosa culpa que el pastor seguramente olfateaba en cada célula de mi cuerpo.

Allí, en el callejón, vomité lo que me había asfixiado lentamente durante años. Tal vez desde que mi padre mató al Kaiser. Una bilis negra que hizo retroceder al pastor.

— Nosotros no podemos elegir, tan solo defendemos nuestro instinto — dijo el pastor — , pero tú sí.

Cerró la distancia que había entre ambos, cuidándose de no tocar el vómito, y lamió mi mano en muestra de buena voluntad. Yo estaba de rodillas. Por un momento creí que moriría en ese callejón, sin que nadie se diera cuenta, hasta que la peste hiciera insoportable el aire de todo el pueblo. Momento en el que me echarían junto al camino para no cavar un hueco y poner una cruz.

— He visto en tu mirada la muerte, pero también la redención. Si buscas ésta, no será en el mundo de los hombres. Siéntete bienvenido entre nosotros.

Dejó caer su cuerpo a la sombra del tejabán, conforme el sol pasaba de largo entre los edificios que forman el callejón. Permanecí un rato contemplando el suelo, pensando en aquel perro descarnado; incluso ahora me parecía tan piadoso. ¿Habría redención para mí?, como dijo el pastor. El viento frío comenzó a soplar. Me arrimé a la manada para sentir su calor, mientras la gente comenzaba a salir a las calles.

Gonzalo Trinidad Valtierra

Enemigo de la sobriedad y la sensatez. Autor de un par de libros de cuentos: Dios prefiere a los bastardos (2018) y En la tierra se escuchan gritos(2021). Amigo de los amigos, pero más amigo del vino. Ciudad de México.

«La dignidad de la manada» se publicó en la revista CanCerbero, en la cual Gonzalo Trinidad Valtierra es autor y coeditor, el 4 de agosto de 2022.

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