Andrés Plascencia: la lluvia o la tristeza de dios y Todos los amores el amor

pintura hiperrealista rostro de mujer Mike Dargas

Andrés Plascencia, autor mexicano de Querétaro, nos escribió desde Madrid hace un mes para presentarnos su poesía. Joven poeta, autor de un libro de cuentos, estudiante, librero, quizás tecnólogo, bloguero y colaborador en revistas culturales, le damos la bienvenida con estos dos poemas.

De Todos los amores el amor (inédito)

VII

¿Te fijas, cariño, que a mi también me falló el atentado?

(Pedro Lemebel)

Y si la voz mítica ordenara

“ahora os besáis”

en una performance histórica de BDSM

y si decidimos ignorarla contestando

“que te den

voz mítica con forma de pájaro de la noche”

¿qué pasaría con nuestra frágil existencia de líneas y puntos?

Y si conseguimos por fin un utópico espacio

de expresión corporal

bailando ballet o cantando flamenco

o una pared blanquísima donde colgarnos y exhibirnos

se supone que eso es lo más esperado

en las listas de lo mejor del fin de año

una blanquísima pared vacía

una fila de interesantísima gente desconocida

tomándose fotos entre nuestros intestinos

comentando lo trascendentales

radicales

que somos

y cómo el arte conceptual

no tiene parangón en nuestro corazón.

Y si performamos la violencia institucional

que nos ata en raíces profundas y artificiales

en una nueva pesadilla kafkiana que nunca acaba

donde el papeleo sea eterno y eterno y eterno

ad infinitum y ad absurdum y mea culpa y ergo y quo vadis y ab ovo y etc etc etcétera.

La expulsión sería definitiva

por culpa de la cola de serpiente de plástico que me une a ti

como si fuera lo más natural del mundo

después de beber un jugo de manzana negro

como la tinta de sellos y pasaportes

contratos y firmas.

En un golpe de látigo

estás condenado a cuidarme

y me río de tu jaqueca al escuchar mi risa metálica

de grilletes de pesos mexicanos

convertidos a inexistentes euros.

Pobreza de la base estructural de la pirámide

que me insta a actuarte.

La voz mítica entonces ordenará

lo que debiste hacer desde que volé del avión

que es

encurtirme y conservarme en tus alacenas

en un tarro de ti al vacío

en un hoyo de barro profundo debajo de tu huerta

durante noventa días

(como máximo

después la solución es un círculo ¿infinito?

o la expulsión por sucias alcantarillas ¿infinitas?).

La verdad es que ahora siempre seremos tres

además de cualquier otro espectador involuntario.

Parecía un inteligentísimo trato.

Pero ahora creo que /

hemos sido

defraudados.


pintura hiperrealista rostro de mujer Mike Dargas

De la lluvia o la tristeza de dios (inédito)

VII

Igual que roca o rosa, renacemos

(Ali Chumacero)

Tengo que volver

(t)u abrazo es libertad

nos amamos demasiado para dejarnos morir

y sólo podemos conocernos en nuestra unión.

De mi nadir a tu cenit el momento en que me permito amarte

desarraigado    extraído    buscándote

de la nadería de mí nado hacia tu complicidad 

y me esperas flotando en lagos de extraño asombro

callado    quieto    desnudo.

Me siento en ti y pienso en la inmensidad

con un fuego (un verbo) que trate de abarcarte.

Y mientras al sol caliente te secas

quiero cortar el silencio que nos nubla

acariciar por un segundo su textura monocromática

y encender la imagen reflejada y fija de tu amor.

Sin embargo la muerte nos mira desde la otra orilla

aquella a la que a acercarnos no nos atrevemos

y te digo de nuevo:

¡vámonos  

que no está aquí nuestro destino!

***

Y aunque nuestra duplicidad se desdibuje por un segundo

hablamos de lo que no se nombra

antes de que se convirtiera en quimera

(o más bien:

quimerizamos lo que antes se ha nombrado

y lo convertimos en polvo

buscando su inmortalidad)

durante este largo y extranjero verano

fuimos lo más humanos que pudimos

olvidando esta

nuestra soledad.

***

(o más bien:

soñé con sueños de levadura

que se alzaban entre las raíces

soñé con el corazón verde

desangrándose sobre mis labios

soñé que me cortaba las manos

y savia pegajosa me hundía a la tierra

soñé que nacía de ella la tierra   

alzándome hacia el cielo

como un chopo desnudo

soñé una flor que me pedía callada que muriera ya

que volviera al suelo

a la almohada de trigo y centeno

que tantos sueños alimentó.

Y entre esa naturaleza inaudible

te soñé a ti  

inmóvil o inmortal

recordándome que todo lo que soy

todo lo que sueño

te pertenece

como al amanecer le pertenecen nuestros ojos).


Andrés Plascencia, podéis encontrarlo en Cómo me hice lector y en Twitter. Nacido en Querétaro (México) en 1996, es autor del libro de cuentos «Ciudad Real o una vida de mentiras». Actualmente vive en Madrid, donde estudia el grado de filosofía en la UNED.


Imágenes : pintura hiperrealista de Mike Dargas