“…Hace medio siglo, los españoles, que veníamos de la historia más triste y oscura, supimos encontrar razones comunes para superarla. No todo se hizo bien, no se fue justo con muchos de los que sufrieron esa historia, tampoco se asumieron todas las responsabilidades. Pero no parece que sea mejor este momento donde tantos españoles parecen engolosinados con la idea de avasallar a sus oponentes y hacer un país que los excluya, aplaste o expulse. Esa técnica ya la hemos ensayado mucho en los últimos doscientos años y la Historia es implacable: fracasamos siempre.”
madrid
Ella devuelve las pelotas con parquedad y esa cortesía que permiten los monosílabos. Se entretiene observando el extrarradio anaranjado de la ciudad, los edificios lejanos y las planicies de tierra, margaritas y basura próximas a la M-40.
Una furgoneta amarilla conduce muebles a alguna parte, unas cuerdas sujetan la puerta, el conductor sacude la cabeza rítmicamente. Le dejan atrás y el taxi alcanza velocidad, en la radio resucita una copla.
Madcool, como el resto de festivales, es un crisol de tribus musicales que ya no son tribus, sino cada vez más un hervidero de individuos que se declaran eclécticos y cuya imagen va de una pareja de emos o seguidores de Tool, casi desnudos y con el cuerpo y la cabeza tatuados con figuras ovaladas en tinta negra, a un agroelectrónico con gorrilla del equipo ciclista Reynolds de hace 40 años sacada de algún pajar o almacén.
Y si conseguimos por fin un utópico espacio
de expresión corporal
bailando ballet o cantando flamenco
o una pared blanquísima donde colgarnos y exhibirnos
Durante tres años estuve trabajando todos los domingos y festivos del año en una empresa de oxígeno y aerosolterapia a domicilio, no cargaba botellas a los hombros pero pasaba diez horas recibiendo pedidos, quejas y haciendo albaranes infinitos para todo Madrid. Fueron días de libros de Cortázar, apuntes de derecho procesal, bocadillos de ternera con pimientos verdes y almacenes en un polígono al final de la calle Embajadores…
Abraza este cuerpo sin esperanza
Mi corazón aún siente el latido
De este fuego que no descansa
“Abrí la puerta. No había nada. Me había puesto mi paracaídas. Mi paracaídas singular se abrió. Como los hormigueros en primavera. Como el vientre de la nieve cuando recibe a los jinetes. Salté. Sin prisas. Para abrazar aviones. Porque sí. Con toda la razón del mundo. Con todos los papeles en regla. Un salto impetuoso. Sin memoria. Un salto…
Estas alas de plástico servirán para volar hasta donde tú estés. Compruebo el traje, los arneses, el casco, las gafas… Dos veces, como siempre me decías. Si me vieras estarías orgulloso.
Hoy te escribo estas líneas
a falta del poema que te debo.
Ya sabes mis carencias:
las palabras rimadas
si estás lejos,
aunque sentada estés
en la cocina
leyéndote el corazón
de madrugada.
El teatro Bellas Artes de Madrid nos regala este otoño el encuentro, una vez más desde hace cuarenta y dos años, entre el genial escritor Miguel Delibes, la leyenda del teatro Lola Herrera y sus “Cinco horas con Mario”, que ya no se sabe si pertenece al autor, a la actriz o a todos nosotros.
En cuanto entra en casa Elena se ovilla en el suelo de su habitación llorando y escondiendo la cara. Espera que no le deje marca el puñetazo de Alicia. Casi prefiere los codazos o los insultos, que no se notan. Ni siquiera en su cuarto se siente segura.
Hoy damos la bienvenida como parte de “la banda de Jonk a Sara Nieto”, magnífica escritora madrileña de microrrelatos y relatos breves sobre esas distancias cortas que tanto nos gustan, viajes cercanos que también existen y para los que más vale ir ligeros de equipaje. Ya habíamos publicado microrrelatos suyos pero hoy pasa a ser “una de las nuestras”. Esperemos que os guste.
José Sacristán se nos aparece barbilampiño, enfundado en un jersey rojo de cuello alto y americana de pana marrón, abajo vaqueros azules y zapatos de piel. Vaso de whisky. Tan setentero, tan en su modo y en el modo Delibes, tan urbano y alejado del mundo, tan banderas de nuestros padres a los que hemos querido… que nos alumbra y acongoja indistintamente a lo largo del monólogo en un escenario de muebles polvorientos y desastrados, grises azulados como la vida tras la pérdida física del verdadero amor.
En 1884 el poeta francés Paul Verlaine publicó un libro de ensayos al que llamó Los Poetas Malditos (título inspirado en el poema Bendición de Charles Baudelaire). En ella relataba el estilo y vida de seis poetas, el más reconocido Rimbaud, llegando a la conclusión de que el enorme talento que atesoraban fue también su perdición.