Visa poética para Chihuahua

Hace dos semanas viajé a Houston por motivos irrelevantes e intenté verme con Teresa Dovalpage, maravillosa escritora cubana afincada en Nuevo México y colaboradora habitual en Profesor Jonk. Teresa me propuso escaparme a un pueblito de Nuevo México para visitar cuevas de murciélagos pero la perspectiva de un ataque de quirópteros o accidente el día previo al regreso a España me achantó.

Le propuse venir a Houston y comer, charlar… Pero son seis o siete horas conduciendo y mi visión de indolente provinciano europeo aún me impide interesarme por las distancias, a pesar de los años viajando por el mundo.

Finalmente mantuvimos una larga conversación por whatsapp desde el hotel sobre proyectos, ideas comunes, literatura, política… y nos reímos de todo y de nosotros mismos, pero esto pertenece a otro cuento.

Os dejo este genial regalo de Navidad de Teresa, «Visa poética para Chihuahua», disfrutadlo. Salud, abrazos y humor, J. Félix González-Encabo Profesor Jonk


Visa poética para Chihuahua

Para Carmen Julia Holguín Chaparro

Ay Chihuahua decía ayer por teléfono Carmen Julia, mi amiga mexicana. Ay Chihuahua, repito yo como en un rezo y la imagen de la ciudad se adueña sin permiso de la mitad de mi ilusión. La otra mitad la ocupa una esperanza que apenas me atrevo a nombrar, por miedo a que se desvanezca: Dios, que me den la visa. Que yo pueda, por milagro, pura suerte o esoterismo, llegar a conocer Chihuahua. 

¿Cómo será una visa para México? ¿Un documento en pergamino blanco y rojiverde, igual que su bandera? ¿O un sello reluciente, estampado en mi humilde pasaporte cubano? Lo que sea, bienvenido. Una visa, Yemayá, es todo lo que yo te pido. Una visa para Chihuahua.

Al principio me imaginaba la ciudad como un pueblito de juguete donde miles de perros diminutos corrían unos detrás de otros mordiéndose las colas. Pero Carmen Julia me aseguró que no había en Chihuahua más perros con tal nombre que en cualquier otra parte de la república mexicana y yo enrojecí, avergonzada de mis utopías caninas y de mi ignorancia insular.

A partir de sus descripciones empecé a imaginarme otra Chihuahua histórica y quizá más turística que la de mis primeras fantasías. Ya me veía visitando el calabozo del cura Hidalgo y admirando la catedral de piedra rosa. ¿Se parecerá a la nuestra, la de la Habana Vieja? Tras de mí caminaban las sombras de los tarahumaras, dándose tragos de tesgüino. Sentía el corrido repiqueteándome en los oídos, qué bonita es Chihuahua. Vagaba por las callejuelas el fantasma de Villa con su cabeza puesta a precio. Dichoso Villa, que si fuera aquí en Cuba y por dólares lo hubieran atrapado antes. Por cien mil pápiros le rompen el lomo a cualquiera en esta Habana siglo veintiunera. 

Carmen Julia me ha asegurado en sus dos últimas llamadas que no habrá contratiempos, que me darán la visa sin problemas. Se trata de un encuentro cultural, de algo reconocido a todos los niveles, aquí, allá y acullá. Pero, por desconfiada, he traído conmigo, junto al amuleto de Yemayá (un caracol de la playa de Varadero atado con cintita azul), la carta de invitación de ese grupo de poetas chihuahuenses que tan amablemente me invita a su simposio. 

Vaya, me invita de palabra porque el pasaje, si no es por Carmen Julia, hubiera tenido que sacármelo del trasero. No hay manera de hacerles entender a los extranjeros que aquí el peso no está devaluado, como en México. No, señor. Está invaluado, no sirve para nada, es el anti-dinero. Para las cosas importantes —como los viajes— o te buscas los dólares o te aguantas los dolores. 

Si no me mandas el pasaje, le dije a Carmen Julia, tendré que ir en espíritu o hacer un viaje astral. No habría sido mala idea, después de todo. El libro (no publicado aún) que voy a presentar se llama Poemas de la otra dimensión. Entonces ella, cuata angélica, aunque tampoco anda nadando en lana, echó mano a su tarjeta de crédito y me compró el boleto, mágico ábrete-sésamo, o ábrete-portezuela-del-avión. De modo que ya tengo una pata en México. Sólo me hace falta la visa para tener las dos.

Por cierto, yo todavía no acabo de entender qué es una tarjeta de crédito. El mecanismo se me escapa. ¿Un cuadradito de cartón que vale tanto como un fajo de billetes? Igual que las tales máquinas ateeme, donde se mete otra tarjeta en un hueco de la pared (dicen) y de ahí salen los verdes echando demonios y se te posan en las manos. ¿De verdad? Ya lo comprobaré cuando vaya a Chihuahua.

Si voy.

Porque aquí estoy, ante el portón colonial del consulado mexicano, con mi carta de invitación y mi cara de susto y mi caracolito y mis ganas de ver el mundo. Con el estómago vacío y el cerebro dándome vueltas a trescientas revoluciones por minuto. Hace seis horas, desde las cuatro de la madrugada, que estoy en fila esperando a que me llamen y devorándome las uñas.

Ya he hecho cinco promesas. Primero a Yemayá, la orisha de los mares, para que me deje cruzar el Golfo de México. Por Yemayá me he puesto el amuleto y le he prometido tener una jicotea en una batea pintada de azul por el resto de mi vida, si me concede el viaje.

Otro a quien hay que contentar es Eleguá, el que abre los caminos, para que no cierre los míos. Le ofrecí una botella de ron Havana Club legítimo y un tabaco Cohiba si me ayudaba con la visa. Esta mañana le compré un paquete de caramelos y se los dediqué con un trago de chispa e´ tren, la bebida más barata y popular de esta ínsula.

No faltaba más, también le hice una promesa —y van tres— a la Caridad del Cobre. A Ochún la pícara, a ver si por allá encuentro a algún mexicano que se vuelva loco por mí y me invite a quedarme. 

Porque ése es otro problemita. Si te vas, te quedas, me dicen todos en tono de consejo, de sugerencia o incluso de amenaza. No se te ocurra regresar, zopenca, me ha advertido mi madre dulcemente. Y empieza a trabajar en lo que sea para que mandes una remesa de dólares al mes. Mira que es tu única oportunidad y que aquí te la puso Dios. Y mi abuela lo mismo: niña, espabílate. Déjate de versitos y comemierderías y búscate un viejo rico que te ponga casa y carro. Procura vivir bien, que ya bastantes trabajos has pasado en esta salá vida. 

Hasta mi propio novio, mi novio de seis años, me pide (¿ordena y manda?) que me quede. No nos hemos casado porque ni él ni una servidora tenemos casa donde refugiarnos y nuestros parientes respectivos se niegan a aceptar un agregado más en sus viviendas. Pues mi novio me ha dicho: mamita, ponte a resolver, muévete por allá y después que te acomodes me mandas a buscar a mí. Como vuelvas te entro a patadas, ¿oíste?

¿Cómo me voy a quedar si llego sin dinero, sin nada, con una mano alante y la otra atrás? les pregunto. Quítate la mano de alante, me aconseja mi abuela. Y la de atrás también, si al caso viene, machaca mi progenitora. Ella misma la ha puesto una asistencia a Oshún: una fuentecita repleta de miel y de canela para que endulce al primer chihuahuense platudo con que me tropiecen los ojos.

Pero sin visa no hay encuentro poético, ni remesa de dólares, ni viejo rico en peras dulces.

Ya la cola está caminando. Ahorita me llaman. ¿Qué me preguntarán? ¿Cuáles serán los requisitos para obtener la visa? ¿Pertenecer al comité de defensa de la revolución, CDR, a las milicias de tropas territoriales, MTT, al ejército juvenil del trabajo, EJC, a cuántas otras siglas que me han desordenado la existencia durante treinta y cuatro años? 

Delante de mí están una mulata cuarentona con su hija. La hija —trigueña oscura, quinceañera, de pelo bueno y cuerpito de bailarina— tiene cara de niña de su casa. La madre no para de cotorrear y dice a todo el que la quiera oír que su retoño se va para Morelia, Michoacán, a casarse con un señor empresario algo mayor, pero enamoradísimo de ella. Y que lo primero que va a hacer, en cuanto le den visa, es correr a la shopping del hotel Nacional a comprarse ropa de marca. Porque su yerno tiene tremenda residencia de dos pisos, con piscina, jardín y dos criadas. Y no está bien que la señora llegue con ropas más ripiosas que las de sus sirvientas, concluye ufana.

Me dan ganas de aclararle que en México le dicen alberca a la piscina, pero me callo no sea que la vieja me mande pal carajo porque tiene cara de malas pulgas. Más me vale concentrarme en lo mío, prepararme psicológicamente para la entrevista. Los santos me van a ayudar, ellos no fallan. Por respeto a mis futuros anfitriones le ofrecí a la Guadalupana oír una misa de rodillas en una iglesia de Chihuahua y encenderle una vela en cuanto pisara tierra de Juárez. Antes de comerme la primera tortilla, vaya. Antes de coger la primera guagua. 

Cuidadito, me ha advertido Carmen Julia, que coger es mala palabra en la patria del cura Hidalgo. “Agarrar, mujer, agarrar. No digas groserías.” Y las guaguas son camiones, oye pa eso. En Cuba los camiones se usaban para transportar cerdos en tiempos más felices, cuando la carne de puerco se podía comer de vez en cuando. Que hoy por hoy no se encuentra ni en los centros espirituales, a no ser que te salten en los bolsillos los Lincolns o los (bendita sea su gringa estampa) Franklins. 

Volviendo a mis promesas, cumplidas las formalidades con los dioses autóctonos y aztecas, se me ocurrió, por no dejar resquicio alguno, agregar una pizca del Nuevo Pensamiento. Mi novio está muy metido con un grupo que se llama La Llama Violeta y se pasa la vida hablando de visualización y de materializaciones. Aunque hasta ahora, lo único que se les ha materializado es un par de latas de jamón y una caja con bolsitas de té verde. Se las regaló un tipo nuevo pensamientista que llegó hace dos semanas de Venezuela. Porque no se dijera, que además, daño no me iba a hacer, le encendí una vela violeta (coloreada con genciana) al Conde Saint Germain. Y me visualicé a mí misma en Chihuahua, leyendo mis poemas en un podio altísimo, con un vestido blanco y largo, iluminada por un reflector gigante y…

El próximo, anuncia un guardia con cara de arcángel Gabriel, y pasan la mulatona y su hija. Ya casi me toca. Releo el correo electrónico donde viene el anuncio de la convocatoria: “No se requiere ser poeta profesional…” ¿Qué es un poeta profesional, exactamente? Yo no he publicado ni una línea en mi vida. Tampoco pertenezco a la Unión de Escritores y Artistas. Pedí una vez la entrada, pero me la negaron porque mis poemas adolecían de deficiencias ideológicas, según me explicó muy correcto el cancerbero de la UNEAC. 

Sigo leyendo: “pero se agradecerá la calidad de los textos.” Los míos, dicen en los talleres literarios, no son malos. Tienen su gracia, su aché. Y más abajo: “La confirmación de su inscripción será dada a conocer de manera personal.” Y la confirmación es otro emilio. “Señorita Yadira Martínez: Usted ha sido aceptada para tomar parte en nuestro encuentro de poetas y se le invita cordialmente a confirmar su participación…”

Por desgracia, la última palabra sobre mi participación la tiene el funcionario de la embajada y no el organizador chihuahuense. ¿Cómo será el hombre que ha de darme la visa, en cuyas manos (qué cursi soy) se balancea, pendiente de un hilo consular, mi destino? Me lo imagino alto, fuerte, seriote, con bigotes muy negros y puro mexicano. Parecido a Jorge Negrete. O quizás con estilo más moderno, a lo Gael García Bernal, que está buenísimo. 

¿Le caeré simpática? Mejor le hago otra promesa a Ochún. Rápido, que ya apenas hay tiempo. Virgen de la Caridad querida, Mamá Caché, si me dan visa te voy a conseguir velas, flores de mariposa y cinco dulces finos cada viernes para ponértelos religiosamente en tu altar. Con disimulo me persigno. Amén. Siacará.

Metí la pata. ¿Y si no consigo los dulces? ¿Y si cuestan muy caros? En la Plaza de Carlos III, el mall, como le dice Carmen Julia, están a tres por dos dólares. ¿A ver de dónde saco…?

Salen la mulata y su hija con sonrisas de cumpleaños. Sí, le dieron la visa, me informa la madre, radiante. Fue lo más fácil del mundo, tan buenas gentes estos mexicanos. Suerte, mija, que Dios te ayude a ti también.

 Y se van. Un muchachón, tronco de habanero soleado, las espera en la esquina bajo la mirada desconfiada de un policía de tránsito. El muchachón le da un beso en la boca a la futura esposa del empresario moreliano. El trío se monta en un Ford del cincuenta y nueve y desaparece hacia el Malecón. ¡Y qué viva Zapata!
El próximo. Soy yo. Me tiemblan las manos. Ay diosito, que me den esa visa, por favor. Yemayá de los mares, Eleguá abrecaminos, Ochún putísima de la Caridad, Lupita linda de los aztecas, aristócrata Saint Germán, denme una mano, por lo que más quieran. Échenme un cabo pa salir de aquí.

Entro. Me detengo frente a un buró elegante, de caoba, esencialmente diplomático, y nadie me invita a sentar. No está Jorge Negrete detrás de él. Tampoco Gael García. Qué decepción. La funcionaria es una tipa pelirrubia, una güera, como diría Carmen Julia. Y más joven que yo. Debe andar por los veintipico. Se jodió la ayuda de Ochún. 

Le entrego mis papeles y ella, después de hojearlos, frunce el ceño y abre el chorro de su dialéctica plenipotenciaria. Lo siento, no aceptamos documentos electrónicos. Además, usted necesita una autorización del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba, MINREX y de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, UNEAC (ay, Virgilio, la maldita circunstancia de siglas por todas partes) dándole permiso para viajar. Si no tiene cuenta del banco abierta en México con al menos doscientos mil pesos mexicanos o su equivalente en dólares, haga que un residente en el país le envíe una carta de invitación debidamente notariada y un affidávit responsabilizándose con usted. La carta tiene que incluir su nombre, dirección, teléfono, estado de cuenta y propiedades como prueba de solvencia económica…

Salgo a la calle y el sol punzante de La Habana me pega un manotazo en la cabeza. Tiro contra el asfalto el caracol de Yemayá y una moto que pasa lo hace polvo. Ya se me desdibuja la ciudad de Chihuahua, de todas las Chihuahuas que imaginé. Los perritos se esconden en las alcantarillas. La catedral rosa se desmorona. El corrido se ahoga en la distancia y con él desaparecen la cabeza de Villa y las sombras de los tarahumaras mientras las puertas rechinantes de una guagua (ya no camión) repleta se abren, como el calabozo de Hidalgo, para recibirme de regreso de un viaje al que nunca fui.