Offutt: Kentucky, desamor y muerte(s). Unidos nos mantenemos, divididos caemos

* United We Stand, Divided We Fall. Lema del Estado de Kentucky, que proviene de la letra de The Liberty Song (La canción de Libertad), una canción patriótica de la guerra de independencia de los Estados Unidos.

Qué: Un asesinato (¿sólo un asesinato?, no, claro que no).

Quién: ¿Quién qué? ¿Quién es el asesino? No lo sabemos. ¿Quién investiga? Linda, Johnny Boy (poco, pobre, a él le va más hablar), Wilson (el infiltrado -no es spoiler-, cómo me gusta que los infiltrados del FBI sean tan necios) y Mick. Mick. Mick. Volveremos a Mick. ¿Quiénes más están ahí? Peggy, Tanner, la señora Kissick, Cabronazo Barney, Puto Broncas, Grillo, Escarabajo, Cartón Yeso, Garabato, Raquitismo… (los nombres, ¡los nombres!!!).

Cómo: Asfixia y rolling thunder colina abajo.

Dónde: Rocksalt, montañas de Kentucky.

«-Eso es nuevo -le dijo Linda a Mick-. Nuestro primer motel.

-Comer, dormir y morir -dijo él-. Todo a mano.«

Cuándo: Ahora. Ayer. Mañana.

Por qué: ¿Es necesario un móvil? ¿Es necesario siempre un móvil? No, ya sabemos que no.

El mejor Offutt regresa a Kentucky, a las montañas de los Apalaches, al barro que succiona las botas, a las puertas mosquitera y las armas como prolongación natural de las manos. A las lechuzas, las serpientes, las zarigüeyas, las mulas como poste (sic) de un porche, los perros de nombre numérico (Uno, Dos, Tres), los pájaros carpinteros, las ranas toro momificadas, las codornices, los baños de insectos (sic de nuevo). Offutt se vale de una comunidad cerrada para situar la acción. Una comunidad en la que los personajes se mimetizan con un entorno que tanto es una red de seguridad (ejemplo uno: Linda, la sheriff del condado de Eldridge) como un determinismo asfixiante (ejemplo dos: Mick, el hermano de Linda, agente de la División de Investigación del ejército y que regresa a casa con un permiso por “emergencia familiar”).

«¿Vienes a por neumáticos, a por gasolina o a por una biblia? Cualquiera de las tres cosas te conducirá adonde necesites llegar.»

La investigación del asesinato en los cerros (los cerros del título) de Nonnie, una mujer de Rocksalt, será el hilo conductor a través del cual oscilaremos entre ambos extremos de ese entorno. Los habitantes del pueblo, en modo pausa, tal vez podrían ser representativos de esa calma de los lugares “donde nunca pasa nada”. Quizás porque lo que sucede queda entre las paredes de las casas (muchachos deprimidos por adicción a los videojuegos o por indeterminación sexual, familias cuyo honor se mide por el grado de delincuencialismo, el (des)amor como casi castigo…) y sólo sale hacia afuera cuando la ebullición rompe el continente. Y aquí todo explota. Todo explota varias veces. Connotaciones de tragedia griega y pinceladas de preocupación ecosocial. Ese es el Offutt de esta novela.

“Pasó rodando un camión de troncos que iba soltando ramitas y restos de corteza(…)

-¿Están talando de nuevo allí arriba? -preguntó Mick.

-Sí. Toda la puñetera calle está furiosa por eso. Inundaciones repentinas. Un perro muerto. Daños a la propiedad. Dos niños casi atropellados. El alcalde dice que la tala es legal. No puede impedir que la gente explote sus propias tierras.

-¿Desforestan estas laderas y lo llaman tala?”

Y Mick. Mick el héroe. Mick el perdedor. Mick el salvador. Mick el marido imperfecto. Mick el intuitivo. Mick el hombre cerrado hacia adentro. Mick el idealista. Mick el comprometido. Mick el de la infancia difícil. Mick el que huye (de sí mismo, claro, y por retroceso -como si de un arma se tratase- del resto). Mick el buen hermano. Mick el justo. Mick el temerario. Mick el que nunca descansa.

«-¿Te gusta beber bourbon y dormir bajo la lluvia?

-Si.

– ¿Por qué?

– Porque en Irak, Afganistan y Siria no pude hacerlo. No había bourbon. Ni lluvia.»

Mick, el investigador “no oficial,” que mientras atiende la investigación del caso no se enfrenta a su emocionalidad, a la relación con su esposa embarazada. Mick, huyendo como Sandino (Taxi, Carlos Zanón, Salamandra, 2017) de lo más íntimo gracias a las desgracias ajenas. Mick-preferiría-no-hacerlo mientras bebe, es mordido por una mula, conduce su Chevrolet stepside del 63, y golpea, y tumba a codazos, y maniata con ramas de enredadera. Mick. Mick, corazón roto.

Y el regalo. La guinda Offutt. El cameo. El cameo de Tucker. Tucker con quien ya empatizamos tanto-tantísimo-tanto en Noche cerrada. Tucker, el veterano de Corea. Tucker, el conserje jubilado de la escuela. Tucker, el recolector de ginseng. Tucker, el marido siempre enamorado de Rhonda. Tucker, trasunto del Clint Eastwood más crepuscular.

“Tucker era de la misma generación que su abuelo y compartía las complicadas contradicciones propias de la vieja cultura del interior de las montañas. Franco, pero poco comunicativo. Honesto, pero reticente. Cauteloso, pero amigable.»

Fogonazos de Los cerros de la muerte hasta aquí. No digo más, leedla. Datos objetivos: primera entrega de una trilogía. Parece que Mick seguirá investigando y Javier Lucini traduciendo de manera impecable.

Brindemos. Con bourbon, cómo no.

P.S. Al margen (como el título de la colección): ¿qué les pasa a las mujeres embarazadas de las últimas novelas de Sajalín?

Los cerros de la muerte, Chris Offutt. Sajalín, 2021. Traducción de Javier Lucini