Oxígeno mental, relato contra la violencia machista

El pasillo oscuro de pocos metros y luces de focos amarillos gastados parecía eterno hasta la puerta, esa que buscaba desesperada corriendo por oxígeno.

Parecía ir más lento de lo normal cuando se hizo la oscuridad, las luces se apagaron dado que sólo encendían cinco minutos y empecé a correr cuando todavía iluminaban. Con la respiración aún más entrecortada y el corazón en taquicardia, tropezaba contra las paredes buscando el maldito interruptor de luz que no encontraba.

Desde el piso llorando, mi voz sin fuerzas gritando por auxilio no fue escuchada. Otra vez y con poco aire en los pulmones daba pasos erráticos en la penumbra, rogaba por la salida, sabía que estaba a metros y parecían kilómetros.

La luz seguía apagada, nadie salió pues era madrugada, dormían plácidamente  ignorando mi desesperación; dejaba atrás, en el departamento de dos ambientes que de golpe se volvió una caja diminuta,  a mis dos hijos que también dormían. Hui dejando la puerta abierta, hui en busca del aire que me faltaba para seguir con ellos y mi vida.

En el último metro se adormecieron mis piernas, casi no podía hacer pie, al igual que mis manos que sólo acusaban un hormigueo que eliminó el tacto; estiré el brazo casi paralizado y toqué el picaporte, en mi otra mano apenas sensible, las llaves se habían enterrado en la carne de tanto apretarlas por miedo a perderlas en la corrida.

No lograba encajarlas en la cerradura, aumentando el terror y parálisis; menos oxígeno, menos voz para gritar.

La última visión fue la luz del farol en la vereda a través del vidrio de la puerta, no estaba tan oscuro allá afuera donde quería respirar, y terminé cayendo contra ese grueso cristal que reventó en muchos pedazos y cortó mi cuerpo que quedó incrustado entre los vidrios partidos atravesando mi estómago.

La última bocanada del desesperante recorrido del pánico fue de oxígeno, ese que tanto me hacía falta durante el ataque, y que jugó con mi mente atormentada por fobias y ansiedad, generadas por miedo a los golpes desde niña y replicados de adulta; esos que ni las terapias lograron sanar, esos que me condujeron a ingerir  dosis duplicando lo indicado, para seguir trabajando y mantener a mis hijos pequeños, mientras soportaba amenazas de golpes aún viviendo solos.

Mi mente fue indomable, dominó mi vida y me llevó al límite sólo buscando oxígeno para mis pulmones, o quizás para tranquilizar mi cabeza perturbada.

Esa madrugada despertaron con la explosión del vidrio. La sangre mojó el palier y las escaleras hacia la calle. Llamaron a la ambulancia, también a la policía. En la entrada del hospital mi vida llegó a su fin,  pero mi espíritu quedó en el departamento donde dejé a mis pequeños.

Quise volver con aire y tranquilidad esa noche, como otras donde lo había logrado, ignoraba que ésta sería la última.

Mis niños hoy viven con su padre, mientras mi ser denso y sin forma los sigue esperando en el mismo lugar de la fatídica madrugada desde hace diez años.


Relato de Stella Maris, escritora y copyrighter de Buenos Aires (Argentina).

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