Las desapariciones en México y Alma Delia Murillo

“Cuando un árbol gigante se suicida,

harto de estar ya seco y no dar pájaros”

Gloria Fuertes

Portada de la novela Raíz que no desaparece, de la escritora mexicana Alma Delia Murillo (editorial Alfaguara)

¿Ficción? ¿Ensayo? ¿Autoficción? ¿Crónica? ¿Denuncia? ¿Artefacto híbrido? Termino Raíz que no desaparece convencida de haber leído un ensayo de denuncia con forma de poema en prosa. Demasiada realidad para ser (sólo) ficción, demasiado dolor para ser (sólo) inventado, demasiada lírica para ser (sólo) una historia imaginada de desaparecidos, de muertos, de vivos que no olvidan, de buscadoras y exploradoras, de raíces que asoman-y-se-esconden, y de gritos de auxilio en forma de hongos en los troncos de los árboles o de hojas ennegrecidas que se cierran en sus ramas como si estuvieran de luto.

Recuerda Alma Delia Murillo (Ciudad Nezahualcóyotl, 1979), escritora y guionista, las palabras de Raúl Zurita en las que afirmaba que el dolor, la muerte y los asesinatos del mundo no deben hacernos sentir culpables, pero sí hacernos conscientes, de que mientras haya un solo desaparecido en Sudamérica, o un solo torturado en el mundo, el resto somos sobrevivientes, y que cada relato de memoria nos afirma en nuestro derecho a seguir siendo humanos. Es desde ahí, desde ese espacio de conocimiento, desde donde escribe Murillo. Y es también desde ahí, desde ese mismo espacio, desde donde intento escribir yo esta reseña. Porque no siempre la escritura y la lectura son por el placer de la literatura. Porque algunos textos son políticos y desde ahí merecen ser contados (“Nadie regresa igual luego de contemplar una masacre, ni quien la atestigua, ni quien la perpetra. Nadie ni nada regresa, tampoco la tierra, tampoco el aire, tampoco la memoria. Me pregunto cuánto se muere de la humanidad cada vez que la humanidad mata”). Si Roberto Bolaño escribió La parte de los crímenes de 2666 como un catálogo del horror en el que no amabilizaba lo narrado, en Raíz que no desaparece Murillo opta por envolver de realismo mágico (y qué mágico, y qué bello) la búsqueda de los desaparecidos en México. Allí donde Bolaño describía cuerpos y crímenes, Murillo señala huecos, vacíos, espectros sin cuerpo, y sueños que documentan “el delirio” de un país que se sostiene sobre una herida de 130.000 desaparecidos, diecisiete mil de ellos niños (“el fantasma como una metáfora del trauma colectivo”).

Raíces de árboles. Artículo sobre Raíz que nunca desaparece, novela de Alma Delia Murillo

Protagonistas de esta novela son las madres buscadoras, principalmente Ada (“buscadora de sol, de luz, de tierra, buscadora de huesos”), la madre de Marcos (arquetipo de todas las ausencias), la que cava madrigueras bajo los árboles a las que ofrenda cartas para su hijo con la esperanza de una respuesta imposible. Mujeres-madre, mujeres-hermana, mujeres-esposa, casi siempre mujeres (en la ficción y en la realidad) las que buscan, las que reclaman, las que resisten llorando cuerpo adentro en la memoria de la epidémica locura de las desapariciones (“tener un desparecido es no tener un cuerpo, no tener una certeza, no tener un muerto”): un ejército de madres, en la novela, que se manifiestan frente a la fiscalía (“la burocracia del horror”) para exigir la búsqueda activa de sus muertos una vez han visto en sus sueños el lugar en el que están enterrados. Ante un estado que no responde y una sociedad en buena parte indolente, Murillo, de la mano de Ada y las buscadoras (“buscadora de almas, buscadora de huesos”), decide confiar en los sueños y en los árboles, en el lenguaje de las hojas en plegaría y de los troncos colonizados por los hongos renegridos (“Se atisba un renovado tembló de la copa del árbol. Tal vez el saludo devuelto, tal vez la liturgia de un oficio sagrado”). Y es en los sueños, en la relación onírica con la realidad, en lo premonitorio y lúcido de las vigilias, donde el realismo mágico se expande, donde la lírica se separa del horror y nos da a los lectores un espacio de respiro en la tragedia colectiva. Sueños que señalan bosques, tierras, árboles, raíces (“los árboles oyeron, ellos vieron y tienen memoria de aquellos brazos y piernas, de aquellas cabezas, de aquel olor a muerte”); sueños de fosas que demandan ser abiertas para descansar a ambos lados de la vida; sueños que, patriarcado obliga, son vistos por la administración como delirios de brujas cuando en realidad son “intuición de sibila”.

Vigilia por los desaparecidos en México. Artículo sobre la novela Raíz que nunca desaparece, de la escritora mexicana Alma Delia Murillo

Así como las madres ya no perciben peligros que sortear, la narración de Murillo, cronista de la historia, está salpicada por la necropolítica de una administración habituada ya al conteo de los muertos (“vivimos en un eterno estado de siniestro”) y por los modos de la violencia que retratan un estado fallido en el que la corrupción y las mafias llevan la delantera (“No sabemos nada. Las fosas clandestinas son la parte visible de la fosa de desinformación en la que vive este país, el ocultamiento es insondable”). Violencia en forma de amenazas, violencia en forma de más muertes, violencia en forma del archirrepetido sabemos-quién-eres-sabemos-dónde-vives (“los sistemas de violencia nos evangelizan en el miedo”). Ella, la autora-narradora, pese al “dique racional” que intenta que la contenga, se zambulle en la investigación de las madres navegando los horrores, acompañando y participando de los intentos de exhumación bajo los árboles ennegrecidos-necrosados-enlugubrecidos-infectados (“hongos que parecen cuerpos necrosados, árboles moribundos y moscas”), y traspasa la línea de la prudencia, la línea de la cautela ante un sistema “untado de sangre, que no quiere saber y no quiere que se sepa”. Ella: Murillo, ella: Ada, ellas: las madres, quieren nombrar, necesitan que las fotografías de sus desparecidos en sus camisetas, colgadas de las ramas de los árboles, en las pancartas de sus protestas, sean el grito al que la sociedad se sume (“No hay luz ni aire ni cantos de ave que consuelen el alarido de los cuerpos cuando reciben la crueldad que les arrebata aquello que los hacía humanos. No hay hojarascas que cubran años de palabras”). Fotografías de desaparecidos que trazan hilos con los murales de los ausentes de El libro de nuestras ausencias de Eduardo Ruiz Sosa (Candaya, 2022), otro texto que se envolvía con la lírica del realismo mágico para narrar el horror de una herida mexicana que sigue agrandándose.

Imagen. Artículo sobre Raíz que nunca desaparece, novela de Alma Delia Murillo

En capítulos intercalados, a modo de fichas documentales, Murillo inserta nombres y fechas de personas desaparecidas con una breve descripción personal, algunas de ellas, en un retorcido bucle del horror, desaparecidas por buscar a un desaparecido. Mini relatos que pasan de la objetividad descriptiva a la primera persona, a un “me-desparecieron-me-mataron” sabedores de que hay alguien buscándolos que no cejará en el empeño de encontrarlos. Mini relatos en boca de unos muertos que, a medida que avanza la narración, exigen verdad, justicia, memoria y reparación. Intermitentes también en la narración, capítulos de botánica y biología, datos científicos acerca del comportamiento de árboles y plantas con memoria, conciencia de peligro, capacidad mimética… Pura inteligencia vegetal que conecta el inframundo con la tierra y el cielo, y que se confronta, con vocación de verdad, con el sistema judicial y con el sordo silencio administrativo. Rastros naturales y atmosféricos que me recuerdan al viento que sopla en Los suicidas del fin del mundo de Leila Guerriero (Tusquets, 2005), otra historia que comparte con Raíz que no desaparece una desidia administrativa sustentada sobre la precariedad y el clasismo, cuando no sobre la aporofobia. Novela-ensayo-poema-político que retorna la literatura a la realidad con el listado de desaparecidos que cierra el libro y con la nota final de la autora en la que señala la negligencia de todos los gobiernos federales en las desapariciones forzosas y en la recuperación de los cuerpos.

Raíz que no desaparece es un cuento real de terror, el espejo de una verdad insostenible, un alarido literario sobre la gran fosa de los cuerpos invisibles, un foco al peregrinaje de las madres-hermanas-esposas en pos de la memoria de los 130.000 desaparecidos mexicanos, y un relato de la tenacidad y del duelo que sabe a tierra y a cicatrices y a emergencia nacional. Raíz que no desaparece es, como indica Murillo en el epígrafe con que abre la novela, una historia que no es verdadera pero que es verdad, el relato indignado de un tormento ya crónico abrazado por la empatía.

“Y, sin embargo, la única posibilidad de que esto cambie está en no olvidar”

Alma Delia Murillo, escritora mexicana
Alma Delia Murillo, autora de Raíz que no desaparece (Alfaguara, 2025)

Gema Monlleo

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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Gracias por el texto, mucho más que una reseña.

    1. Gracias a ti, Juan, por tu atención.

  2. dovalpage dice:

    Tus reseñas siempre fascinantes: «retorcido bucle del horror». Me parece un libro indispensable para literatura de México y de la frontera. Lo busco.

  3. Sin duda un libro necesario. Gracias

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