Cowboy de medianoche, novela de James L. Herlihy, por Gema Monlleo

“el que regresa con botas de cowboy tiene un idioma

rondando su boca como una abeja”

Peachtree City, Mario Obrero

Termino Cowboy de medianoche (James L. Herlihy, Detroit, 1927) con una nueva imagen de Joe Buck (el protagonista) en mi mente. Ya no puede ser sólo el Jon Voight que recorría Nueva York en la película homónima de John Schlesinger (1969), ahora también es el niño Joe, el soldado Joe, el titubeante Joe, el ingenuo Joe, el amigo-casi-padre Joe. Ahora Joe excede aquel personaje y, arropado por las capas de emocionalidad y experiencia(s) con que lo (d)escribió el suicida Herlinhy, las notas de Harry Nilsson suenan con una nueva cadencia acompañando al clic-clac, clic-clac, clic-clac de sus botas.

Joe Buck no tiene una vida convencional. Abandonado por su madre, criado en Albuquerque por su abuela Sally Buck (la peluquera más peterpaneante que jamás conocí), el niño Joe es un ser solitario, falto de figuras materna o paterna convencionales. En su recuerdo, en su imaginario real de un solo ídolo, un novio de Sally: Woodsy Niles, un cowboy de barba azul y ojos brillantes que tocaba la guitarra. La forma de andar de Niles (“caminaba como si creyera que todo segundo debía pasar con placer, y disfrutaba de actividades tan sencillas como cruzar un cuarto o abrir las puertas del corral”) será la que el jovencito Joe intentará imitar cuando decida a qué va a dedicar su futuro. Pero no me adelanto. Sally cuida del niño Joe, o mejor dicho, Sally proporciona alojamiento y comida al niño Joe mientras encadena un novio tras otro (“ella era toda gasa y perfume y pintauñas y ellos todo cuero y músculo y estiércol, a ambos les excitaba el contraste”) y Joe crece feliz sin hacerse preguntas, asistiendo poco al colegio, acompañado por una televisión siempre encendida (“su vida hacía poquísimos ruidos propios, y descubrió que en el silencio había algo extremadamente peligroso: había enemigos que solo el ruido espantaba”), iniciándose en el sexo con una “amiga” precoz y adicta (ninfomanía adolescente by 1960), y alimentando un analfabetismo social que, por mucho que cambie de matices, lo acompañará toda la vida.

El encanto de Joe es la ausencia de maldad en Joe. El encanto de Joe es la ingenuidad permanente en Joe. El encanto de Joe es la aceptación determinista de sus sucesivos presentes, incluyendo la llamada a filas, la muerte de Sally, su desahucio por desconocimiento de la familia de su existencia o el traslado “forzoso” a Houston a su salida del ejército buscando a un barbero que había conocido allí (peregrino motivo, sí, pero Joe es así). Joe, el joven Joe, sigue siendo el niño Joe. Joe concibe el mundo como un cuento en el que los conocidos son amigos y en el que el fracaso es la oportunidad para lo que hoy llamamos repensarse e intentar triunfar. Joe no tiene profesión, Joe no tiene experiencia laboral, Joe no conoce más mundo que sus microespacios, pero Joe sabe que su cuerpo puede ser la herramienta de su éxito, aunque ello implique una cierta disociación (“las personas, hombres y mujeres, que tantas ganas demostraban de valerse de su espléndido cuerpo nunca parecían percatarse de que dentro estaba Joe Buck”). Y Buck (en inglés: dólar, en inglés: macho), Houston mediante, tras una surrealista experiencia de sexo & drogas & no-rock-and-roll en un burdel con láminas de la Capilla Sixtina y una enorme jirafa de peluche, decide que no hay mejor lugar para ejercer de gigoló que Nueva York. Y el niño Joe, transformado en el joven y rabioso Joe (“había acabado por saber que, si quería apañárselas en el mundo, necesitaba toda la rabia que pudiera acumular”), adopta el atuendo de cowboy con la misma naturalidad con que Richard Gere vestía trajes de Armani en American Gigolo (Paul Schrader, 1980), y llena su maleta blanca y negra de piel de caballo de tesoros vaqueros (entre los que no faltan las cartas de Sally Buck), y abandona el h(o)tel sin “o” en el que malvivía, y siente que el futuro está delante suyo y va a por él: “el mundo estaba abajo y él estaba arriba, encima y en el espacio intermedio ahora reinaba un animal raro y hermoso: él, Joe Buck. Era fuerte. Estaba exultante. Estaba listo”. Y sí, leyendo a Herlinhy, mientras el niño-adulto Joe viaja durante casi dos días en el autobús de la Greyhound camino a Nueva York, vuelve a sonar el Everybody’s Talkin’ de Nilsson en mi cabeza, percibo el olor de los Juicy Fruit que masca el vaquero e incluso veo un Stetson que se alza a modo de saludo.

Cowboy de medianoche, poster Midnight cowboy - Dustin Hoffman y Jon Voight

Y Manhattan aparece en el horizonte (“edificios como lápidas de un cementerio abarrotado”) y el cowboy, encaramado sobre sus botas, siente que con el poder de su entrepierna va a conquistar la ciudad. Joe, el niño Joe, el ingenuo Joe, el huérfano Joe, el bello y simplón Joe, llega a Nueva York deseoso de atrapar el (su) sueño americano. Joe, atribulado y quijotesco, no ve gigantes en los rascacielos ni confunde con bellas doncellas a las damas que pasean su perrito o a los palurdos viajantes de negocios. No, Joe no sufre alucinaciones pero su mirada a la realidad está tan confundida como la del hidalgo de lanza en astillero” (que cada cual elabore la equivalencia pertinente), y la necesidad (no identificada pero evidente) de un compañero más perspicaz (eufemismo de más listo, más mangui, más bregado, más pícaro) se ve colmada con la aparición del “enanillo sucio de pelo rubio y ensortijado”: Ratso Rizzo. Joe y Sancho Panza, Joe y el Lazarillo de Tormes, Joe y Huckleberry Finn, Joe y Oliver Twist, Joe y el diablo cojuelo…

En esta novela de soledades y decepciones (benévola con el adjetivo acabo de ser…) la amistad entre Joe y Ratso (previo paso por la triquiñuela) se convierte en el puntal (aquí sí, sin dobles sentidos) sobre el que la historia se construye. La que hubiese podido ser una novela de caballerías de un chapero deviene un retrato social de una madre América que abandona a sus hijos del mismo modo que la huida rubia madre de Joe y la difunta súper paridera (¡trece hijos!) madre del lisiado. Sin piedad, Manhattan es una trituradora de ilusiones. Sin descanso, la ciudad deviene arisca. Sin padrino, ni agente, ni proxeneta, las “delicias turcas” del vaquero Joe no son fuentes de placer ni expendedoras de dólares. Como en un chiste malo un cowboy de metro ochenta y un “saltamontes quebrado” apuran las noches de la ciudad forzando parquímetros, compartiendo cafés y maldurmiendo en edificios abandonados. Pero la desolación, la pobreza, las humillaciones (las hay) a las que Herlinhy somete al bueno de Joe (porque pese a tener, a ratos, ira por gasolina, continúa sin saber cómo utilizarla) quedan compensadas por la necesidad que Ratso tiene de él. Joe, el huérfano, el abandonado, el perdido, el solo (que no solitario) encuentra en Ratso, más allá de la amistad, más allá del amor que la amistad encierra, a alguien que le necesita y la carga del tullido deviene calor de hogar (“se sentía liberado de la necesidad de sonreír y posar y anhelar la atención de los demás (…) ahora tenía a alguien que necesitaba su presencia con urgencia, de un modo casi frenético (…) había dado de bruces con una criatura que parecía venerarlo”). La epifanía de esta verdad, el apre(he)ndizaje de existir para alguien, cambia el paso al cowboy, y donde antes el cuerpo era visto como la (fácil) herramienta para triunfar en la ciudad ahora es abrigo, consuelo, pseudo-maternidad. Gira il mondo gira, sí, y de la pretendida historia de un gigoló pasamos a la historia de un gigante y su pájaro herido.

MIdnight cowboy, New York by night - Cowboy de medianoche

Road novel con poco road, con más tránsito interior que exterior (por más que el bueno de Joe recorra América de punta a punta), novela de no-pertenencias, de desubicación, de alienación emocional, de desgarro que no rompe pero limita. Novela de amistad, camaradería y cuidados en una Nueva York inhóspita y selvática, muy alejada de la bella postal que tantas veces hemos visto (y ahí hay un hilo invisible con la conmovedora Leaving Las Vegas del también malogrado John O’Brien). Sordidez, mediocridad, indignidad llevada con orgullo y expiaciones en cascada (“se había hecho cowboy chapero y había buscado fortuna. No había fortuna alguna, pero la había buscado y de eso se trataba”). Pocas veces el realismo sucio oscila tanto entre la ternura y el absurdo (la escena de la fiesta con dexedrina es surrealista y reveladora: “si esta servía de ejemplo, las fiestas eran aún más tristes que las calles”) como en este Cowboy de medianoche, en este Joe-dólar-Buck, en este Joe-macho-Buck, que abandona la ciudad agotado, vacío, con su “belleza atroz” intacta y sus ilusiones abriéndose en abanico hacia un nuevo horizonte. Comparto la piedad de Herlihy ante las segundas oportunidades. Next step, Florida. Qué te vaya bonito, Joe.

Cowboy de medianoche, James L. Herlihy. Traducción de Ce Santiago. Bunker Books, 2023.

El escritor James L. Herlihy
Rothschild_MOMA

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. dovalpage dice:

    Lo busco, lo busco. Siempre recomiendas maravillas. Vi la película hace muchos años pero la verdad es que apenas me han quedado imágenes en la memoria. La descripción de Joe me ha recordado al Pijoaparte de Juan Marsé. ¡Feliz 2024!

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