De Motomami a los Rolling Stones en Madrid

Vinilos de Motomami Rosalía y Rocío Jurado Motomamis al poder, pasa el tiempo pero las Motomamis imponen su jerarquía

Vivimos tiempos extraños en los que Rosalía genera más expectación con tres tiktoks previos provocando alabanzas y ataques de haters que la última gira -suponemos- de la banda más mítica del rock, los septuagenarios Rolling Stones, que se encargan de desinflar el entusiasmo en una hora confirmando que los precios baratos oscilan entre 200 y 300 euros por entrada.

Dos modelos de negocio, dos maneras de ser estrellas, dos iconos inalcanzables en tiempos de crisis, pero la catalana Rosalía es la aeronave de Elon Musk que todavía no ha alcanzado el límite y la banda de Jagger, Richards y Wood está recibiendo las muestras de amor y agradecimiento tras haber tomado tierra después del viaje espacial más largo que se haya visto.

Ley de vida.

Aún con dudas sobre si estaremos el próximo 1 de junio en el Wanda Metropolitano de Madrid cantando «Let´s spend the night together» – el hecho de meter aquí el vídeo no es otra cosa que incentivarnos a sacar la tarjeta de crédito -, este artículo pretende ser una reflexión sobre la evolución meteórica de Rosalía.

¡¡¡Wow wow wow, que pauso el post y pago lo que pidan!!!

Perdón, intentaré centrarme de nuevo, conecto «Motomami» en los auriculares, cambio de registro, vamos a ello.

Vaya por delante que ayer le dije a mi mujer dos veces motomami y me contestó «déjate de idioteces y ponte a fregar la terraza» (como sabéis, la tormenta de arena saharaui ha hecho también estragos en la paz y concentración de nuestro equipo colaborador, obligado a lavar coches, terrazas y demás manejos mundanos que suelen evitar exitosamente).

En 2017 me declaré absoluto fan de Rosalía, que con 23 años sorprendió a los aficionados al flamenco con un notable homenaje a clásicos del cante en torno a la muerte, una obra de una certeza sorprendente en la que la guitarra de Raül Refree y la voz de Rosalía dialogan y reinterpretan canciones como «Catalina», «Nos quedamos solitos», «Si tú supieras, compañero» y «La hija de Juan Simón», pasando el reto con nota y siendo nominada a un premio Grammy latino como mejor nuevo artista.

«El mal querer» arrasó con el premio álbum del año y mejor álbum pop 2019 en los Grammys latinos, recibiendo la cantante barcelonesa otros seis premios y siete nominaciones por distintos singles y álbumes entre 2017 y 2020. Palabras mayores.

Pero estamos aquí para decir que Rosalía no se ha repetido con un segundo «El mal querer» y tampoco ha optado por rodearse de media docena de artistas consagrados de otras generaciones para captar el aplauso aún más generalizado, jugada maestra de C Tangana con «El madrileño» en 2021 y con quien inevitablemente se le compara en este mundo de Betis o Sevilla, Beatles o Stones.

Rosalía ha optado por «Motomami», un wok con chicken teriyaki en el que mete humor y autocrítica antes de que la sacudan -ese «chica ¿qué dices» de «Saoko» para espetarnos rápido que «yo me transformo, la mariposa, yo me transformo»-, lenguaje tiktoker, un precioso bolero electrónico incontestable en la versión de «Delirio de grandeza» , bases rítmicas de música urbana y sonidos y textos reguetoneros, bulerías y fusiones entre su yo flamenco y su yo diva dance, la balada perfecta «Como un G» dedicada a un amor imposible -el pueblo, siempre necesitado de un Luis Miguel Dominguín / Ava Gardner, Paquirri / Isabel Pantoja o Rosalía / ¿?-, un mensaje cariñoso de su madre, dos colaboraciones de The Weekend y Tokischa, y tonos vocales agudos como un pajarillo japonés de marzo en Sakura.

Motos de gran cilindrada, rodaje del autor del vídeo promocional de la Olimpiada de París, chicas que se transforman y en medio una batería y un piano jazz: Saoko, a esta chica no hay manera de decirle que hay barreras estilísticas que no se pueden cruzar
Ladies & gentlemen, Delirio de grandeza de Justo Betancourt

Es un álbum para escucharlo varias veces con auriculares y sin prejuicios -eso va de soi-, para dejar que entre lentamente y saber que es una muy digna continuidad del celebérrimo «El mal querer». El álbum de una artista grande, de las que vuelan libres, como PJ Harvey, Patti Smith, Amy Winehouse, Bjork o su amiga y alter ego anglosajona Billie Eillish.

«Como un G», pausa para el amor – desamor

No nos engañemos, ¿cuántos artistas no se la han pegado tras su inmejorable opera prima o temprana obra cumbre? En nuestras oraciones The Stone Roses, Oasis, Terence Trent D’Arby, John Kennedy Toole, Sophia Coppola, J.D.Salinger…, no es sencillo tomar distancia y para ello a veces lo mejor es girar radicalmente, aunque sea a costa de críticas y desamores.

De un karaoke de Shibuya nunca se vuelve siendo igual, Rosalía también se ve «Lost in translation» en «Candy»

… Y dicho esto, voy a trastear a ver si bajaron las entradas de los Rolling Stones. Somos gente esperanzada.