Darién 96, cuando nunca pasaba nada

Hay imágenes, fragmentos de nuestra vida que se nos quedan grabados a fuego eterno, tatuados en algún rincón inaccesible del alma…y aparecen de repente, sin avisar, como flashbacks que nos recuerdan algo que nunca debimos olvidar.

Ocurrió hace años, en un lugar muy lejano tanto geográfica como emocionalmente, al relatarlo me parece incluso como si todo fuera un sueño.

Año 1996, frontera colombo-panameña, un estrecho pedazo de tierra muy codiciado por su posición geoestratégica denominada estrecho de Darién, tapón de Darién o sencillamente selva del Choco. Uno de esos sitios fronterizos donde bandidos, guerrilleros, colonos y retenes del ejército se enfrentan cada día en una lucha por la supervivencia muy alejada de nuestros valores occidentales de sociedad de bienestar.

Si soy sincero, y tras tantos años debo serlo, yo no viajé allí para ayudar a nadie más que no fuera a mí mismo; en busca de un puñado de respuestas a las preguntas que me provocaban de vez en cuando una profunda desazón interior, un vacío que nada ni nadie podía llenar.

Tras duras semanas de construir letrinas y acueductos (pequeños canalones de madera que llevaban agua de la quebrada a las casuchas de madera y uralita de los colonos, sus siete hijos, dos gallinas y tres cerdos), nos dieron un fin de semana libre para visitar el último pueblo habitado antes de entrar en la impenetrable selva húmeda que separa América del sur de Centroamérica.

Mi memoria es muy confusa con los nombres (a veces mezclo ciudades de un viaje a otro) pero creo recordar que el pueblito visitado se llamaba La Miel. La Miel es un pobladito (o lo era por aquel entonces) de veinte casitas, calles polvorientas, un muelle y un destacamento del ejército colombiano. Al muelle llegabas en una lancha rápida de doce plazas donde nos apiñábamos seguramente más del doble y en cuanto al destacamento militar que lo custodiaba debo decir que impresiona cuando un tipo de apenas dieciocho años te pide la documentación con un lanzacohetes al hombro y granadas para volar todo el pueblo. De todos modos, el control no era muy exhaustivo, sólo buscaban armas, y yo pasé un poco de marihuana (maría juanita en colombiano) en el carrete de fotos.

Alquilamos una cabañita al lado del mar donde nos metimos los ocho cooperantes. Yo me reservé la hamaquita del porche, era el lugar más íntimo y de mejores vistas. La tarde la pasamos Vittorio (Nápoles) y yo fumándonos la maría al borde del mar y haciendo planes para comprarnos allí una casita (mi imaginación siempre compra casa allí donde voy y creo encontrar un pequeño paraíso Miltoniano)

Al atardecer, nos fuimos a tomar una cerveza al bar del pueblo (nadie sabe el tesoro que es una cerveza fresca en un lugar donde la humedad roza el 90%, el sol te despelleja a tirones, y tienes que hervir previamente el agua que bebes para matar los gérmenes). 

Y allí, en esa calle de frontera recién extraída del Far West mezcla entre “La muerte  tenía un precio” y Makondo, allí vimos salir de la espesura de la selva a dos tipos empapados en sudor, con mochilas tipo aquílollevotodo

Os presento a Iñaqui: riojano, treinta y pocos, arrendó su casa en Vitoria para viajar, viajaba con su mujer por toda América central. Ella se cansó y se instaló en el lago Atitlan de Guatemala a vender artesanía. Su medio de locomoción era a pie. Su objetivo a largo plazo era Patagonia y a corto plazo un barco camaronero que lo llevara a Cartagena de Indias. ¿Sus últimos logros? Cruzar a pie y en canoa una selva que por aquel entonces estaba infectada de mosquitos, bandoleros de diferente pelaje y pillaje, refugio y tránsito de las guerrillas de las F.A.R,C , última reserva de pequeñas comunidades de los indios Cuna.

Su último hogar había sido San Blas, un pequeño e idílico archipiélago de mini islas ubicado enfrente de Panamá.

Me pareció un hombre muy cuerdo. Su compañero era un francés que se le había unido en algún tramo del camino y del que soltaría amarras unas millas más adelante.

Por supuesto, nos tomamos unas cervezas. Compartimos nuestro último cigarrillo de maría y acabamos hablando de que había estado interno en el SEK (Colegio privado de Madrid) con un vecino de mi urbanización en Talavera De la Reina.

Y allí, en la barra del último bar que estaba abierto. En el último pueblo entre Colombia y Panamá, junto a tres imberbes militares que dejaban sus lanzacohetes apoyados en las sillas, tres macheteros borrachos de aguardiente y tres cooperantes italianos. Allí, un riojano salido de la selva y yo hablando de mi vecino de Talavera.

A veces intuyes cosas que sólo mucho tiempo después comprendes racionalmente. Iñaqui me dijo que viajaba porque en Vitoria no pasaba nada. “Llevo dos años caminando, y cada día es distinto, he conocido gente sabia en su ignorancia y rica en su pobreza, cada segundo descubro algo y soy consciente de mi pequeñez, de mi debilidad, de la fragilidad de mi vida. Aunque esté fuera cinco, seis o diez años…cuando vuelva me encontraré con la misma gente, en los mismos sitios y haciendo las mismas cosas…como si nada hubiera cambiado y sin embargo yo habré recorrido un continente a pie. No hace falta tanto valor para irse, el valor es necesario para quedarse”.

Han pasado muchos años, nunca más supe de aquel riojano…pero hoy me acordé de él mientras tomaba café, a la misma hora de siempre, en el mismo bar y junto a otros siete u ocho clientes, que para ser sinceros son los mismos de ayer, y de antes de ayer, y del día antes de antes de ayer.

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