Diario con transistor

 Los diarios que relatan nuestra vida están escritos con letras, imágenes y notas de música. Un beso. Un baile. Aquel poema que escribimos a nuestro primer amor. Esa película que nos dejó sentados en la butaca a pesar de las miradas del acomodador. El libro que desearíamos haber escrito. Nuestro viaje al portal de tus padres. El Muro de Berlín que construyó a su alrededor cuando todo terminó. Y, cómo no, las canciones que se adhieren a cada momento y del que ya nunca se despegan. Al sonar sus notas viajamos a velocidad supra lumínica, como el astronauta David Bowman, al mismísimo núcleo del recuerdo.

 Hoy rescato 10 canciones provenientes de América Latina que, por diferentes motivos, forman ya parte de mi banda sonora.  

1. Jorge Negrete: Juan Charrasqueado.

 La canción que mi madre disfrazó de nana para que yo pudiera conciliar el sueño.  No sé si en Francia ya la recitaba al borde de la cuna. Mis primeros recuerdos con este maravilloso corrido mexicano están fijados en Barcelona, muerto el caudillo, cuando pudimos regresar del exilio. No sabría explicar por qué me reconfortaba. Pero esta canción es mi infancia. El paso de los años no ha hecho más que engrandecerla. Al igual que mis sentimientos y admiración por todo lo que hizo mi madre.

2. Soda Stereo: En La Ciudad de la Furia.

 Viaje de fin de curso a Italia. Una noche, dentro de un hotel en Florencia, dos amigos y yo observamos a dos lindas jovencitas sentadas en el pequeño salón situado a la izquierda de la recepción. Comparten unos pequeños cascos mientras tararean una canción que no reconocemos. El eco de su acento argentino llega hasta nuestras pequeñas orejas de lobeznos acobardados. El corto trayecto desde nuestra posición a la suya dejó la incursión en dúo y, diez minutos después, fuimos capaces de presentarnos. No sé si llegaron a decir sus nombres. La conversación no dio para tanto. Sólo su risa condescendiente y la canción que estaban escuchando. Regresamos con mentiras pactadas y un descubrimiento que daría cierto sentido a aquel verano de despertares sonámbulos.

3. Caifanes- La Negra Tomasa.

 Invierno en Fort Wayne, Indiana. La ciudad se ha convertido en una inmensa tarta cubierta de nata que te llega hasta las rodillas. Tras el baile del Prom, el gran baile organizado en los High Schools para despedir a los estudiantes que se gradúan, acudimos a una fiesta clandestina en casa de un chico hindú de nombre impronunciable.  Mi pareja, una chica con descendencia azteca, es, en todos los aspectos, mejor que yo. Yo lo sé y ella se dará cuenta a lo largo de la noche cuando se escabulla con el linebacker del equipo de fútbol americano. No hay dolor. Para entonces estoy inmerso en un grupo variopinto donde, entre tragos de licor de patata y el humo de las pipas, van turnándose en la elección del hilo musical. Al sonar esta canción se hizo un silencio. Antes de que la policía aporreara la puerta y saltáramos por las ventanas memoricé el nombre de esta enorme banda.  Ya todo fue tirar del hilo.

4. Los Prisioneros: Tren al Sur.

  Robar no está bien, y menos cuando hablamos de cultura. Pido disculpas por adelantado, pero durante un año mis incursiones a un famoso gran almacén de Madrid conllevaban salir con un libro escondido entre las páginas de un periódico. Luego, bajo el amparo de la fuente monumental dedicada a Miguel de Cervantes, devoraba la presa capturada.  En una de aquellas cacerías furtivas, al pasar por la sección de música, acompañé a Bioy Casares con un CD escogido al azar. Lo escuché de un tirón, tumbado en la hierba, mientras los rayos de sol se peleaban con las nubes creando un sinfín de sombras chinas en el edificio Plaza España. Una de aquellas canciones me conquistó de por vida.

5. Molotov. Gimme the Power.

 Una noche en la playa de Santa Mónica viajamos al espacio más lejano y al interior más profundo.  Pasamos de la risa inicial y la diversión descontrolada al miedo absoluto. A dudar de nuestra propia existencia. Hay viajes que necesitan los servicios de un guía. Al menos un mapa. Cuando te pasas de listo y te adentras desnudo a lo desconocido luego no se puede pedir la hoja de reclamaciones. Finalmente, todos despertamos. Algunos en mejores condiciones que otros. En mi memoria de colores traspuestos aún escucho a Andrew, aquel entrañable y peligroso larguirucho sudafricano, cantando esta canción con lágrimas en los ojos por la emoción.

6. Café Tacuba: La Muerte Chiquita.

 Hugo era un actor de la escena independiente teatral mexicana. Un personaje de baja estatura, largo cabello pelirrojo rizado y rostro forrado de pecas. Vino a Los Ángeles a probar suerte y no la encontró. Papeles secundarios en algunas películas de serie B fue su mayor gloria. Durante casi un año compartimos piso y podría jurar que parecieron cien. Igual te lo encontrabas dentro del horno que intentando entrar en un cuadro del salón mientras recitaba cánticos supuestamente arcaicos.

 El caso es que el día antes de mi cumpleaños nos encontrábamos en un bar. Y cinco minutos después a 160 millas por hora por la autovía, con Hugo desencajado al volante jurando que unos rusos le perseguían para acabar con él. Acabamos estrellándonos contra un enorme SUV. Durante la vuelta de campana me despedí de todos. No sé cómo pero el coche aterrizó como si nada sobre sus cuatro ruedas. Salí por la ventana ya que la puerta estaba atascada debido al fuerte golpe. Justo en ese momento, el muy cabrón, aún con la mirada perdida en la locura, logró arrancar y me dejó allí tirado a pesar de mis gritos. El otro coche involucrado se encontraba sangrando aceite y humo en la cuneta de la autovía. De su interior salieron dos chicanos aparentemente ilesos que, con cara de pocos amigos, se acercaron donde yo estaba. La conversación que tuvo lugar fue una maniobra de escapismo donde las mentiras se mezclaban con más mentiras. Tras una llamada del más joven se presentó un enorme cuerpo tatuado al volante de un Low Rider verde mar. Me invitaron a subir. No dudé.  La culata de la pistola que asomaba del pantalón del armario norteño facilitó la toma de decisión. Y ninguno, por motivos diferentes, teníamos intención de esperar la llegada de la policía. A partir de ahí todo fue un viaje tarantiniano donde mi vida pasó al menos tres veces ante mis ojos. Hay cosas que no se pueden contar.  Al menos no hoy. Sólo diré que, tras varios episodios en el barrio de mis acompañantes, donde el ruido de los disparos sonorizaba la noche cerrada, me dejaron a unos kilómetros de mi casa. No les di mi dirección real por miedo a aparecer cualquier día en el río con cemento en los pies y, afortunadamente, no mostraron interés alguno en corroborar mi versión. Durante el regreso junto a estos tres jinetes del apocalipsis los altavoces del tuneado Buick Regal tronaban con el álbum Revés/Yo Soy de Café Tacuba. Benditos sean.

Al caer rendido en mi cama, con el sol ya asomando sus narices, me deseé Feliz Cumpleaños.

7. Vicentico: Algo Contigo.

 La carta de despido quizás fue redactada de mi puño y letra, pero ya hacía más de una semana que ella había renunciado de forma unilateral. Juana era cursiva y yo letra normal. Ni en los subrayados parecíamos ponernos de acuerdo. Hay relaciones que uno sabe que son como los tornados. La presunta belleza inicial del fenómeno atmosférico sólo puede acabar trayendo destrucción. Y ella arrasó con todo ante mi pasividad que no hacía más que empeorar las cosas. Fue breve, intenso y desesperante. Y echando la vista atrás me juro que repetiría. Fue nuestra canción.

8. Zoe ft. Bunbury: Nada.

 Durante la media hora previa a su llegada dediqué mis esfuerzos a preparar la casa con el fin de soportar el impacto que se nos venía encima. Tras la sobredosis de alegría de la semana anterior y el bajón de las noches en vela donde apuntaba sus dotes para el drama, fueron minutos de calma chicha donde asimilar el nuevo escenario. Dejé el video de esta canción en modo bucle a riesgo de fundir los altavoces de la televisión. Cuando sonó el timbre y entraron ya nada importó.  Todo iba a mejorar a pesar de las borrascas que su presencia formaría ocasionalmente en los techos del hogar. O no tan ocasionalmente.

9. Calle 13 ft. Silvio Rodríguez: Ojos Color Sol.

 Escafocefalia. Esta palabra es miedo inicial. Implica lágrimas derramadas en sus rostros dormidos. La entereza que ella mostró. Valentía infinita en cuerpos tan pequeños. Insomnio. Noches en el hospital. Corazón encogido mientras vuelven a despertar. Sentirlos superhéroes.  Volver a llorar cuando toda mejora. Volver a llorar si no. Cerrar un capítulo. Cicatrices que muestran orgullo por el viaje superado.  Amor incondicional.

10. El Mató a un Policía Motorizado: El Tesoro.

  Ya tenía olvidado el placer de jugar con las palabras para exprimir el jugo que almacenamos en las neuronas. Sin importar el resultado o la calidad de la bebida resultante. Mirar atrás y vernos, jóvenes e intocables, en reuniones nocturnas donde soñábamos con crear un mundo paralelo, una escuela del cangrejo. Alguno, invitado ocasional, incluso llegó a sentir lo que es formar parte de ese algo que nos hacía aullar a la luna. Fue miembro de una de las mejores bandas de música que haya dado este país. Bravo por él. El resto fuimos, poco a poco, alejándonos de aquella llamada. Eso sí, nunca enmudeció completamente. De vez en cuando asomaba en diferentes formatos como queriéndonos decir qué coño estáis haciendo. Mi mujer, a la que no le digo suficientemente te quiero y quererla es lo único que me da cierto sentido, siempre me empujó a regresar, pero supongo que el peso de las piedras propias me impedía andar. Cuando el profesor, hermano de aquellas noches locas, llamó y, con su retórica habitual donde hasta lo más leve se agiganta, me habló del proyecto que quería iniciar supe era el momento de saltar. Y si nos caemos al barro nos limpiaremos el rostro y contaremos que un día llegamos a volar. Tras aquella conversación, ya inmersos en la pandemia, abrí el portátil y empecé esta bendita locura. La primera canción que sonó acompasando mi vuelta al juego fue esta. Un tesoro que guardaré en un cofre de huesos y piel.   

¿Ficción? ¿Realidad? Que importa…

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