Guerra

La vida es extraña , cuando crees que hay calma llega tu hija de casa de una amiga, feliz porque le has regalado un móvil de última generación y dispuesta a llenar el lavavajillas porque no quiere ver otra película, y tu mujer empieza a urgirte para que se lo quites, que no puede estar en la cocina porque ya no son horas, tú le dices dos veces que estamos viendo a Jack Sparrow con el pequeño y ella empieza a elevar el volumen como siempre, tú intentas que la niña razone y ésta contesta que de acuerdo, que se sentará delante de nosotros con el móvil sólo para escuchar música, la madre no cede y sigue hablando alto casi a medianoche culpándote, la niña se sienta a un centímetro de ella para provocarla, la tensión crece y tú agarras por la cara dos veces a la niña, le golpeas con la palma de la mano en la cabeza y ésta se marcha a su habitación dando un portazo.

Fuego cruzado. Yo no te he dicho que la pegaras, llevas cinco minutos pidiendo que la pegue con tus gritos, eres un psicópata, neurótica, cabrón, hija de puta, hija de puta tu madre, el pequeño se olvida de los piratas, el barco se hunde, divórciate de mí cuando quieras, no me debería haber casado contigo, te odio, te odio yo pendeja, y, por fin, ni se te ocurra subir a dormir, concluye ella.

Sólo me quedan Lucy, el cielo, los diamantes y los Beatles, finalmente el niño duerme en el dormitorio del piso inferior con su madre, es un ángel, me dice que no le pida perdón a él sino a mamá y yo le contesto que cuando su madre pida perdón alguna vez. La mayor está tumbada, vestida sobre la cama, a oscuras y con los pies en el suelo, habla de hostias cuando le explico que le doy de todo y reflexiona sobre el hecho de devolvérmelas cuando sea viejo. Aun siendo una adolescente egoísta, no puedo evitar expiar todos sus pecados y sentir que en alguna curva perdí el control de todo esto y que yo soy el único culpable del desastre por haber sido un cobarde que siempre tuvo pavor a saltar sin red.

Obladioblada, life goes on, todos estamos solos en esta gran casa y ahora ya no necesitamos ni rozarnos en los pasillos. El arte de vivir con miedo junto al jardín cuyos cambios conoces incluso por semanas, como si fuera un calendario natural que te da seguridad mientras el mundo ruge ahí fuera.

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