Un descanso inigualable, cuento de amor desde México

Un descanso inigualable

Ricardo Guadalupe los miró llegar una tarde, específicamente un Día del amor.

Entraron tomados de la mano; él y ella casi del mismo tamaño (de la misma estatura); pelo corto en ambos casos, botas no muy altas, pantalones de mezclilla. Ambos enfundados en gruesas chamarras. El gorro puesto.

Ricardo Guadalupe los miró aproximarse entre los colchones que vendía; al principio no distinguió muy bien cuál era el hombre y cuál la mujer; o si los dos eran hombres o las dos mujeres. O qué.

Por ser Día del amor, los colchones estaban de promoción: al 2×1.

Ricardo Guadalupe, vendedor que conocía de cabo a rabo los pormenores de su labor, no entendía muy bien el sentido de esa promo. Se preguntaba por qué una pareja, como la que se aproximaba a él, compraría dos colchones si bien podían dormir en uno.

Era esa una promo, pensó, propia para los habitantes de su barrio, que hacinados vivían (varios integrantes de una sola familia) en una pequeña casita.

—Bienvenidos —dijo Ricardo Guadalupe, regalándole a aquella pareja la mejor de sus sonrisas, aunque no pudiera verse tras el cubrebocas que ellos también llevaban puesto. Solo podían verse las arrugas de los ojos que a todos se les hicieron cuando sonrieron.

—Venimos buscando algo no tan barato, pero tampoco tan caro —dijo ella.

De inmediato Ricardo Guadalupe comenzó a hablarles, a ambos, de la promoción que tenía vigente, la del 2×1, que vencería en unos días, como de aquellas que quizá debían aprovechar pues incluían “un box de regalo”.

Ricardo Guadalupe caminó entre los estrechos pasillos y condujo a la pareja hacia un colchón que a él, al joven del que nunca supo su nombre, le pareció más bien rosado.

Ricardo Guadalupe los invitó a recostarse.

—¿Podemos? —dijo ella, quien en su vida había comprado un colchón por cuenta propia.

—Por favor —dijo el vendedor y señaló aquel mueble diseñado “para un descanso inigualable”, dijo, al pie de la letra, la frase que se anunciaba, en letras gigantes, sobre una de las paredes.

La pareja se recostó finalmente; los cuatro pies vestidos con tenis viejos quedaron sobre un plástico rojo y grueso que cubría gran parte de la parte inferior del colchón.

—¡Wow! —expresó el joven de la pareja tan pronto sintió los más de diez mil resortes —a decir de Ricardo Guadalupe— que soportaban su jorobada espalda.

—¡Está increíble! —lanzó ella.

Fue así que el vendedor les habló del resto de las características de aquel producto mientras los jóvenes cambiaban de posición una y otra vez hasta que quedaron mirándose el uno al otro.

—Creo que nunca había estado sobre algo tan cómodo —dijo él. Y era cierto. Todos los colchones en los que había dormido en su vida eran “de gama baja”, según los términos que Ricardo Guadalupe utilizaba todos los días en la tienda.

Así pues, el vendedor continuó enumerando las innumerables características del colchón rosa y entonces se le ocurrió que sería buena idea mostrarles algunas almohadas ad hoc con aquel confort que a esta pareja se le estaba revelando. Fue que sacó un par de almohadas de bambú de muestra y se las extendió a ambos.

—No puede ser posible —dijo él— tanta suavidad.

—Yo siento la mía un poquito dura —dijo ella, por lo que Ricardo Guadalupe acudió por una más blanda, y se la extendió.

—Está mucho mejor —dijo la mujer tan pronto la sintió tras de su nuca.

Ricardo Guadalupe terminó por mostrarles alrededor de siete almohadas distintas mientras aquellos dos seguían acostados sobre el colchón. Es decir, durante unos quince minutos.

—Muchas gracias por su paciencia —le dijo ella a Ricardo Guadalupe, quien adivinó en esa mirada un brillo inusitado, una sencillez, una ternura que hace mucho no veía.

Más o menos así era su exmujer, pensó Ricardo Guadalupe una vez que estuvo sentado frente a ambos haciendo el trámite para la compra a crédito.

Fue ella quien pagó.

Sacó su tarjeta de débito e inició el primero de los varios pagos que harían de ahora en adelante. Ricardo Guadalupe les explicó las condiciones, punto por punto, y lo repitió todo para que les quedara perfectamente claro. En pocas palabras, tenían que terminar de comprar el colchón en un periodo aproximado (y máximo) de tres meses.

—Me siento como si estuviéramos comprando un coche —dijo él, el joven de la pareja, a sabiendas de que sus finanzas en ese momento de ningún modo le permitirían comprar ni una cosa ni la otra.

Ella sonreía conforme tecleaba la clave de su tarjeta en el dispositivo con el que Ricardo Guadalupe cobraba los pagos electrónicos.

—Recuerden que, si lo requieren, también pueden hacer sus pagos en efectivo —les dijo y la pareja asintió—. Bueno, por ahora eso es todo.

—Muchas gracias —dijo el joven—, por tan buena atención.

—Para mí es un placer atenderlos —dijo Ricardo Guadalupe y los dos jóvenes se pusieron de pie—. Los acompaño a la puerta —agregó el vendedor y avanzó con ambos hacia la salida, que también era la entrada de la tienda.

No supo de ellos hasta casi un mes después.

Llegaron un poco antes que en la ocasión anterior; a Ricardo Guadalupe le dio la impresión de que iban vestidos del mismo modo.

Se preguntó a qué se dedicarían, por qué habían demorado tanto en volver.

Conforme entraban, ambos se le quedaron mirando a aquel colchón rosado de muestra que, muy pronto, como les prometió Ricardo Guadalupe, sería de ellos.

Ella volvió a pagar utilizando su tarjeta. Ricardo Guadalupe le entregó un nuevo ticket. Entonces él, el joven de la pareja, preguntó:

—Me quedé con la duda la otra vez pero, ¿qué pasaría si un cliente se queda dormido mientras prueba algún colchón?

Ricardo Guadalupe se quedó pensando un momento. Nunca le habían hecho una pregunta semejante. Él mismo no se lo había planteado jamás. Así que sonrió y luego dijo:

—Esperaría a que se despertara.

—¿En serio?

—Sí.

—¿Le ha pasado? —insistió el joven.

—Honestamente, no —dijo el vendedor, y se le arrugaron los ojos imaginando esa posibilidad.

El joven no dijo nada más y Ricardo Guadalupe le entregó el ticket a ella, de quien ya se había aprendido su nombre, y la pareja salió de ahí.

Esa noche Ricardo Guadalupe apagó las luces de la tienda y se encerró en la pequeña oficina que había detrás del único escritorio, donde estaba la computadora en la que registraba las compras y pedidos; donde estaba el dispositivo con el que cobraba a las tarjetas, entre otros artículos de papelería.

Dentro de la pequeña oficina había un catre no tan cómodo como muchos de los colchones que, solitarios, mudos y quietos, permanecieron en la estancia de la tienda de enormes cristales por los cuales todo el tiempo podía verse hacia su interior, incluso cuando se quedaba a oscuras.

Y es que Ricardo Guadalupe no les había dicho a aquellos jóvenes (por qué razón les habría tenido que contar, pensó) que recién se había divorciado. Hacía un par de meses.

Que él, así como ellos lo hacían ahora, había comprado su colchón junto con su ahora exesposa, pero diez años antes y en otra sucursal de la misma tienda, en la que también tenían descuento, cuando recién había sido contratado como vendedor.

Durante su divorcio, Ricardo Guadalupe había perdido gran parte de sus pertenencias, de sus bienes materiales, que incluían su casa, su auto y dicho colchón.

Ricardo tenía un par de hijos: una niña y un niño, de 7 y 4 años de edad respectivamente. La niña se llamaba como la joven de la pareja. A Ricardo Guadalupe le pareció una bella casualidad.

El niño se llamaba igual que él, pero solo como su primer nombre.

Ella llegó sola la siguiente ocasión.

Ese sería el tercer pago y, con él, solo le faltaría uno más, le informó Ricardo Guadalupe tan pronto la tuvo sentada frente a sí, en el pequeño escritorio.

Ella estaba muy callada, sin ese brillo en los ojos que el vendedor logró ver las dos veces anteriores. Seguro hubo una pelea entre ambos, pensó, si no de qué otro modo aquel otro joven no estaría ahí en ese momento.

Y a pesar de que sus conjeturas no eran tan descabelladas, se atrevió a preguntar:

—¿Todo bien?

Ella miró hacia otra parte, procurando ocultar las lágrimas que se le habían acumulado en los ojos. Ricardo Guadalupe agachó la mirada mientras imprimía el respectivo ticket.

—Aquí tiene —dijo y le extendió el papel, que ella tomó en silencio para salir de ahí casi de inmediato, despidiéndose con un apenas audible “gracias”.

 Ella miró el colchón rosa durante el breve trayecto que la condujo a la salida/entrada de la tienda.

Esa noche Ricardo Guadalupe no logró conciliar el sueño tan rápido.

Su ahora exmujer y sus hijos, a los que veía una vez por semana, se le habían aparecido entre ensoñaciones.

No podía negar que los extrañaba. 

A los niños.

El vendedor se quedó mirando el techo con tirol de la pequeña oficina de la tienda y se movió un poco. El catre rechinó.

Luego pensó en aquella joven, en su mirada triste fallidamente camuflada por el cubrebocas.

Fue que hizo una plegaria en la que le pidió a Dios que aquellos dos resolvieran bien y a tiempo sus diferencias. Cosa que, evidentemente, él no pudo hacer.

¿Habría querido?

La forma en que su matrimonio se estrepitó lo seguía conmoviendo. La rutina. La falta de sexo. Los silencios. ¿El lugar común en el que caemos todos?, se preguntaba, a veces, Ricardo Guadalupe.

Y es que aún no se explicaba cómo era que le había dicho algo así a alguien. El sincero “ya no te quiero” que le lanzó a su esposa cierta noche hacía no tanto. ¿Alguna vez te quise?, pensó en ese momento. No supo de dónde obtuvo el valor. Lo masticó tanto antes de decirlo.

Ella se quedó callado. Luego él dio media vuelta y se fue a dormir a la cama que compartieron todos esos años y esa y otras noches.

Hasta que se separaron, unos meses después de que Ricardo Guadalupe dijo eso que se había anidado en su pecho. Sabría Dios desde cuándo.

Se aproximaba la fecha límite para el pago del colchón y aquellos dos no habían vuelto.

Esa semana Ricardo Guadalupe se notó a sí mismo mirando por los escaparates de la tienda por si la pareja llegaba. No ocurrió. Otros clientes, otras ventas, pero aquellos dos nomás no se aparecieron.

“En una de esas van a cancelar la compra”, pensó el vendedor a sabiendas de que ese dinero sería dinero perdido para ellos. Lo lamentó.

Pensó entonces en tomar el teléfono y hacerles una llamada. En llamarle a ella. Descolgó y empezó a teclear, pero en cuanto le faltaron dos dígitos volvió a colgar. Tenía que esperar, se dijo; quizá aquellos jóvenes habían tenido un contratiempo y por eso no habían podido concluir su pago. 

En esas estaba cuando a lo lejos miró a la pareja aproximarse, vestidos de la misma forma que la primera vez. Que todas las veces, pensó.

Esta ocasión él, el joven del que nunca supo su nombre, cargaba varios bultos, bolsas llenas de quién sabe qué. Ropa, supuso Ricardo Guadalupe, o quizá algo de despensa.

La pareja entró a la tienda y ambos le sonrieron al vendedor, quien les dijo mientras sonreía:

—¡Bienvenidos!

—Venimos a pagarle lo que resta —dijo el joven, aunque fue ella quien de nuevo extrajo la tarjeta de débito de su billetera.

—Me alegra mucho… por ustedes —dijo Ricardo Guadalupe y después miró en el monitor de su computadora, les indicó el monto restante y recibió la tarjeta.

En cuanto entregó el nuevo y último ticket, le pidió a ella que firmara un documento como el que había firmado al principio.

—Me siento como si estuviéramos firmando nuestro matrimonio —dijo él, el joven, y los tres rieron, aunque luego él mismo dejó de sonreír.

—Sí, sí, es algo así… —agregó Ricardo Guadalupe luego de echarle un rápido vistazo a él sobre los cristales de los lentes que usaba; notó una mirada descontenta, extraviada, insegura. Le entregó copia de aquel papel a ella quien, contrario a él, no podía ocultar su optimismo.

Luego hubo un silencio.

 Ricardo Guadalupe lo rompió al decir:

—Bueno, eso sería todo…

“¡Felicidades!”, iba a agregar, pero no lo hizo. Sin quitarse las caretas del rostro, la pareja se dio un beso en la zona de los labios. Se abrazaron. Fue un abrazo más bien tibio, pensó Ricardo Guadalupe.

Ojalá se arreglen del todo, pensó y suspiró conforme el joven sacaba de una de sus bolsas un paquete con chocolates. El paquete estaba adornado por un moño rojo.

—Son para usted —dijo el joven.

—¿Para mí? —preguntó, un tanto sacado de onda, Ricardo Guadalupe.

—Sí —dijo ella, secundando a su marido.

Ricardo Guadalupe recibió los chocolates. Se les quedó mirando: tenía un buen rato que nadie le regalaba nada. Ni siquiera en su cumpleaños.

—Muchas gracias, no era necesario…

—Ya casi no hay vendedores tan amables —dijo el joven.

—De no haber sido por usted, no habríamos comprado el colchón —dijo ella.

—Enfrente, en la tienda de la competencia, a la que pasamos antes de venir aquí —confesó el joven—, quien nos atendió era de lo más apático y desinteresado…

—Para mí es un placer atenderlos —dijo, como la primera vez, Ricardo Guadalupe, a quien por poco se le escapan un par de lágrimas que disimuló “estornudando”, tapándose el rostro con uno de sus codos.

—Disculpen —dijo en cuanto se incorporó.

—No se preocupe —le dijeron ambos. Y le sonrieron. Luego se pusieron de pie.

—Pues… hasta pronto —dijo el vendedor y se despidió de ambos chocando sus puños. Por un momento pensó que habría sido mejor abrazarlos, pero supuso que eso no sería propio de un profesional de las ventas como lo era él. Debía mantener el sagrado vínculo entre cliente y vendedor.

—Hasta luego, Ricardo Guadalupe —dijo ella conforme leía aquel nombre bordado en el recuadro que llevaba el vendedor en su camisa. En la zona del corazón.

Samuel Segura

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. dovalpage dice:

    Qué cuento tan bonito para este día. Me alegra saber que la parejita siguió junta. ¡Que pasen un dia precioso!

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