Puro milagro o de qué hablamos cuando hablamos de Umbral

Puede que yo llegara a La noche que llegué al café Gijón, de Francisco Umbral, una mañana de sol e infancia. Es, seguro, un recuerdo, más querido, poéticamente, que recordado. Como son todos los recuerdos, que van transidos ya de sueño. En el principio, fue La noche que llegué al café Gijón. El libro, regalo de mi padre, que tal vez soñase también con haber parido un escritor, no era, sin embargo, mi primera lectura de Umbral. Lo había conocido por sus columnas en El País, Iba a yo a comprar el pan. Recuerdo con que voracidad leía esas columnas y, luego, empecé a leer todos sus libros. Muy pronto, se convirtió en el padre literario que adoptamos los que alguna vez quisimos escribir.

Aquí y ahora, en este lugar, del siglo XXI, sigo pensando que hay escritores fundacionales, escritores y escritoras, que nos abren al mundo y a la vida y nos dejan temblando de emoción y pensamiento. Como dice Umbral, yo quería aprender en sus letras a <<tejer una prosa densa en torno de una cosa, a sacarle el vaciado en prosa a unas bellas manos o un rayo de sombra. A condensar la escritura como un ovillo en torno de sí misma, hasta tener un poco de letras girando en torno de la nada. El poema en prosa.>>

Claro, que Umbral viene de la poesía, fue un gran lector de poesía, y eso se nota en su prosa lírica, musical, perfecta, que lo mismo habla de la gata o del caballo que del político de turno. Es un lírico en prosa.  Y también, lo adelanto, un escritor sin género, aunque escribió de todo, novela, ensayo, poesía, memorias, diarios, menos teatro. Yo creo que si queda algo de su obra, para los futuros, es su articulismo, sus diarios, y Mortal y Rosa, el diario duelo sobre el hijo. Ha sido uno de los grandes columnistas del siglo XX. El que llevaba la literatura al periódico, porque los escritores, con voluntad de estilo, son los aristócratas del periódico, como él decía. Me viene una anécdota de un lector que lo saludó en la Feria del Libro de Madrid, diciéndole que le seguía mucho, pero qué pena, que le sacaban en la última página. Su gloria es que comprábamos El País o El Mundo, para desayunar con sus columnas de la última página.

Francisco Umbral y su hijo, a quien dedicó la fantástica «Mortal y rosa»

Luego, con los años, y no sólo por el tópico fácil de que hay que matar al padre, dejé de leerlo con esa religiosidad, que otra no he tenido.

Supongo que va por modas, y estoy seguro de que su prosa volverá, por lo que voy a contar con más detalle.

A mí, gustándome casi todo, me gusta el articulista, el memorialista, el novelista, aunque hace o quiere hacer, según confesó, una novela lírica en España, a la manera de Virginia Woolf, una novela sin trama, sin estructura de novela decimonónica, de novela de asuntos, de chismes, que a la gente le gusta mucho el chisme, se mete en la cama con el chisme amoroso o policiaco.

Y me gusta mucho el Umbral ensayista, que no sé, pero sospecho que es el que menos se ha leído/conocido. Después de aquel bautismo con un libro híbrido de recuerdos y ensayo, que es La noche que llegué al café Gijón, cayó en mis manos adolescentes Ramón y las vanguardias. Claro, ya estaba acostumbrado a su prosa lírica, irónica – a la rosa y el látigo, como lo definió el crítico Miguel García Posada-, pero su contribución al ensayo literario me parece de lo mejor que ha escrito. Con sus autores de cabecera, Larra, Gómez de la Serna, Lorca, Valle-Inclán, Cela, Delibes, Cesar González Ruano.

En su ensayo sobre Ramón Gómez de la Serna hace la radiografía del escritor sin género, como también, luego, en La escritura perpetua, sobre González Ruano.

<<El anarquismo de Ramón, profundo y lírico, es lo que le impide ser novelista. Bueno, hay una acumulación de capacidades —no de incapacidades— que impide a Ramón hacer buenas novelas. Es demasiado escritor para ser buen novelista. Tiene demasiado que decir sobre un rostro, un bargueño o una fruta. Se le obtura la novela por exceso de material. (Algo así le iba a pasar a Proust o le había pasado no muchos años antes, pero Proust encontraría la fórmula genial para dar fluidez a su espesa materia de escritor.)>>

Dice Umbral que Ramón finge géneros, finge que escribe una novela, porque no cree en el asunto, en el “realismo que descalabra” de Galdós, en el psicologismo, en la dramaturgia de la novela decimonónica. Sus personajes dialogan con greguerías, y así no hay manera. Pero sobre todo, porque no acierta con la novela lírica, que es la que quiere escribir Umbral, heredera de Virginia Woolf.

Ramón es escritor sin géneros, como Umbral, porque sus temas, en la novela <<son una mujer de ámbar, el acueducto de Segovia, la vida de un gran hotel de Suiza, o sea la no-vida, el ocio. Temas marginales, temas caprichosos, temas que dan para un cuento, pero no para una novela. Y así vemos cómo las novelas de Ramón, que ya de por sí son cortas, se le van muriendo entre las manos a partir de la mitad. Más adelante completaremos estas ideas sobre Ramón y la novela. Hay temas de Ramón que preconizan a Borges o Cortázar: temas de cuento.>>

También Umbral escribirá cuentos que no son la jibarización de la novela, sino cuentos llenos de lirismo, experimentación del lenguaje y diálogos. En su novela Madrid 650, empieza con la descripción de un vagón de ferrocarril varado en mitad del campo, y no nos da la descripción escueta y realista, sino barroca, densa, expansiva, poética: <<el vagón de ferrocarril está en mitad del campo, al este de la ciudad, sin raíles y con alguna rueda de menos, en herrumbroso equilibrio, plantado en la tierra, esbelto y como quemado, largo y solo, sin antes ni después, sin vía mi locomotora. Con el tiempo, sus ruedas han ido hundiéndose en la tierra, por el peso del invento, o bien las espigas salvajes han crecido por encima de las ruedas, hasta hacer del vagón de ferrocarril un elegante y requemado barco/crucero por los mares secos y amarillos de lo que ya es más campo que Madrid. El vagón de ferrocarril nadie sabe quién lo trajo aquí, ni cómo, ni por qué, pero ahí está, en las afueras del barrio (que a su vez es las afueras de las afueras), con su hermosa longitud de cosa valedera e incendiada (por el incendio o por el tiempo), con su majestad oscura y, todavía, su último ademán de viaje hacia lo azul del mar, que sólo es azul del cielo nublado a días de nubes tendidas o ropa que vuela por los aires.>>

Para describir al protagonista de la novela, elige la triada de Valle-Inclán (feo, católico y sentimental, del Marqués de Bradomín) y dice que <<Jerónimo es del barrio de toda la vida. Alto, rubio y adolescente. Unos ojos chinos y una navaja que funciona.>> Como Ramón, no nos da una idea, sino una cosa. Y así, podríamos estar glosando toda la novela.

En La forja de un ladrón, escribe los más bellos capítulos que se han escrito sobre el cine: <<Aquella manera de fumar que tenía Bogart, la amargura de la boca, la mano un poco basta, recogiendo el cigarrillo y como abrasándose estoicamente con la lumbre, los ojos velándose con el humo en un guiño imperceptible, algo de hombre enfadado, pero enfadado con el mundo, con la gente, con la vida, cabreado con el tiempo y el espacio. Porque se puede ir de esmoquin blanco y estar cabreado con el mundo, como en Casablanca, (…)>> , <<(…) o ese momento emocionante, vacío, tenso, milagroso, en que ella, Ingrid, Ingrid Bergman entra en el café, como una gaviota equivocada, blanca como recién venida de un velero, (…) Ingrid era blanquísima en el cine en blanco y negro.>> Y así toda la novela.

El crítico Miguel García Posada divide su obra narrativa en dos grandes zonas: los libros de la memoria, la personal y la histórica, y los libros urbanos. Gran admirador de Proust, nos da su mirada al pasado de la posguerra en Memorias de un niño de derechas, Las ninfas, El hijo de Greta Garbo, entre otros. Y podemos hablar de novelas “históricas” como Los helechos arborescentes, El fulgor de África, Leyendas del César Visionario o Las señoritas de Aviñón.

En Leyendas del César Visionario, nos da la radiografía del dictador, su tributo al Tirano Banderas, de Valle o a El otoño del patriarca, de García Márquez. Dice el poeta catalán Pere Gimferrer, en el prólogo, que <<lo primero que se impone en el texto es, desde luego, su cadencia verbal: para ser leído como salmodiando, para ser dicho al modo de un poema, sin abdicar de su esencialísima condición de relato, antes bien sustentándola en la dicción, en la que se ahorma la perspectiva moral del autor.>> Insiste, a continuación, en procedimientos estilísticos citados: <<Daniel Lozoya (…)  es un donostiarra grande, divertido y hambriento.>>, donde ninguno de los tres adjetivos responde al mismo campo semántico y, en consecuencia, se produce, con enorme eficacia, un efecto de falso crescendo, en realidad deliberadamente ilusorio y centrífugo. Otro ejemplo de la eficacia del estilo, continúa Gimferrer, es el inicio de la novela, donde el uso del paralelismo sintáctico y de la paranomasia, nos da este párrafo ya clásico: <<En un Burgos salmantino de tedio y plateresco, en una Salamanca burgalesa de plata fría, Francisco Franco Bahamonde, dictador de mesa camilla, merienda chocolate con soconusco y firma sentencias de muerte.>>

Y los hallazgos, latigazos metafóricos y de greguería, a lo largo del texto:

La voz, cuando da alguna orden, tiene temblores de lejanía hipócrita y suena a metal falso, delgado y hembra.

El cielo es un gran globo azul que cabecea allá arriba.

(…) risas jóvenes como palomas que les cruzan a todos el pecho, y el sol de mediodía sobre el prestigio brillante de las armas, los aceros, los sables los fusiles.

La mitología de los caballos la africanidad de la Guardia mora, los claros clarines, un fragor de banderas, el brillo negro de los automóviles, que es el brillo del poder, el sol prestigiando los metales no usados de las armas, el gañido inmenso y alegre del pueblo, el César visionario, de pie en el coche descubierto, con sonrisa hermética y saludo entre militar y popular, una mañana color gentío (…)

Hay una cosa como pompeyana, de una Pompeya minuciosa y mesocrática, en este Madrid mineralizado por la lava incesante de la guerra. Hay como una hospicianía de los muebles y la mecedora del balcón en esta ciudad cuyo nombre, Madrid, no es sino una palabra mítica y sangrienta, perdida y en cenizas que se ha llevado el viento de enero.

Los raíles del tranvía, muriendo entre adoquines, como dos hilos de agua plateada.

Vemos que Umbral, como novelista, como contador de la historia, con minúscula o mayúscula, siempre dice más de lo que pasa, narrativamente; siempre le pone un friso de sorpresa lírica, poética, siempre embellece metafóricamente el texto. En una escena, además de eficacia, creación de un mundo, nos crea objetos artísticos: Madrid es una Pompeya, mineralizado por la lava incesante de la guerra.

Es lo que dice de Lorca, en su ensayo sobre el granadino, que es un poeta lírico subjetivo. Si un poeta dice <<rosa de sangre>>, no está sólo estableciendo una equivalencia, sino que ha creado un objeto nuevo, un objeto poético, una realidad distinta de la realidad: una rosa de sangre. Es decir, lo imposible; es decir lo poético. ¡Qué perfume de flor de cuchillo! escribe Lorca para darnos la imagen de la herida, de una rosa de sangre. Y más allá, subjetivamente: nos da un cuchillo que puede dar flores, como un almendro. Argót poético, concluye Umbral. Como su prosa, añado yo.

Dejo para otra entrada el Umbral memorialista, que es el que más me gusta, el Umbral de sus libros de postrimerías, lo más libre que escribió: Diario político y sentimental y, sobre todo, Un ser de lejanías. De Un ser de lejanías, este párrafo sobre su gata (en alguna entrevista se definió como un cabrón para los hombres y un amor desatado por los animales):

La gata dibuja ochos entre mis piernas desnudas, terciopelo transeúnte, trapo con ojos, delicioso juego de la mente oval del felino, que me miente señales de ternura, de amistad, de complicidad, desde su presente absoluto y puro, desde su eternidad de vida al sol, jamás ensombrecida por la muerte. Detrás de cada ocho, la dulce rúbrica de su rabo.

Y podríamos terminar esta glosa sobre Umbral, con una frase de Ramón, cita inicial de Ramón y las vanguardias: La palabra no es una etimología, sino un puro milagro. Eso es la prosa de Umbral, puro milagro poético.

Miguel Ángel Manrique

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9 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Diana Lobos dice:

    Me ha encantado. También Umbral lo hacía. Mortal y Rosa es el primer libro que leí cuando andaba en revàlida. (Lo tengo aún -el mismo- en el estante de los imprescindibles. Muy agradecida por este post a primera hora “de primera”. Con tu permiso, voy a compartir. Buenos días 🌷.

    1. Gracias, Diana, de parte de Miguel y de Profesor Jonk. Eres siempre bienvenida, Umbral era un librepensador. Salud, cultura y abrazos

    2. maloman56 dice:

      Muchas gracias, Diana.

  2. dovalpage dice:

    Voy a buscar sus libros, pues me avergüenza no conocer a este autor. Esa cita de la gata me robó el corazón. Y todo lo demás me ha intrigado mucho.

    1. Uno de los mejores escritores españoles de la segunda mitad del siglo XX y un personaje peculiar. Merece la pena

    2. maloman56 dice:

      Muchas gracias, Dovalpage.

  3. De acuerdo contigo y merecido reconocimiento!

    1. maloman56 dice:

      Muchas gracias, Ana.

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