“¡Mira cuan claro el Universo reluce! Hay un brillo alrededor de todo”
Noche transfigurada, Op. 4, Arnold Schönberg (a partir de un poema de Richard Dehmel)

Secreto, del latín secrētum: cosa que cuidadosamente se tiene reservada y oculta. Son muchas las novelas que tienen como eje central de su historia un secreto, aunque son pocas aquellas en las que el secreto no da lugar a una trama detectivesca o de suspense y, sólo en algunas, el secreto se convierte, revelado a los lectores bien avanzada la trama, en el motor existencial de sus protagonistas, de manera consciente en unos casos e involuntaria en otros.
En Cuánto azul, magnífica novela de Percival Everett (Georgia, Estados Unidos, 1956), ya uno de mis escritores favoritos, el secreto (el Gran Secreto, el imborrable, el persistente —a pesar de que haya algunos más—) está guardado bajo las varias capas de consciencia de su protagonista, Kevin Pace, un exitoso pintor de arte abstracto, afroamericano, en la cincuentena, casado, padre de dos hijos, de apariencia feliz y poco dado a hacerse preguntas “fundamentales”. ¿Y el azul? El polisémico azul (blue, en inglés, tristeza) actúa como melancólico rumor de fondo y es la gama de color principal (del azul ftalo al azul de Prusia mezclado con añil) en la, también secreta, obra inacabada del artista.
Con una estructura de tríptico entrelazado, la acción de la novela se desarrolla en el presente reciente (año 2009) y mira hacia dos periodos del pasado: 1979 en El Salvador y 1999 en París. Tres instantes vitales y, en cada uno de ellos, un secreto con diferente peso y poso en la vida de Kevin. Tres instantes vitales en los que la culpa está presente. Tres instantes vitales que ahondan en la familia, la fidelidad, la deslealtad, la amistad, el amor, el idealismo, el peligro, el éxito, la ingenuidad, la incondicionalidad, la belleza, y también la violencia. Tres instantes vitales que componen el puzle del retrato interior de Kevin, el leal y el traidor, el osado inconsciente y el acobardado racional, el solitario que precisa de los demás porque la soledad le espanta, el comodón existencial, el de las fragilidades sepultadas (“estoy en un limbo de edad, demasiado mayor para ser irresponsable y demasiado joven para ser un cascarrabias y que a la gente le parezca bien”).
1979, Kevin y su amigo Richard, estudiantes universitarios ambos, viajan a El Salvador para encontrar al hermano de Richard, aparentemente desaparecido. 1979, en los días previos al estallido de la guerra civil en el país. 1979, y el submundo mercenario-pseudo-delincuencial ante la negativa de la Embajada Americana a ofrecer apoyo en la búsqueda del desaparecido (resuena en Malasombra el personaje de Dennis Hopper en Apocalypse Now). 1979, confusión, violencia, drogas y miedo al sur de la frontera (“El niño tenía la camisa azul cobalto. La mano segada era de un negro bastante azulado. No se veía rojo por ninguna parte, como si la sangre nunca hubiera sido roja”).

1999, Kevin y su esposa Linda viajan a París para pasar unos días de escapada romántica sin sus hijos ante la inminente exposición de Kevin en la capital francesa. 1999, pero el oasis romántico no será con su esposa sino con una acuarelista veinte años menor (“resulta que uno se convierte en topicazo a base de no prestar atención”). 1999, todos los clichés del amor fou (fugaz pero intenso) y del oh là là la France danzando frente a Kevin (“una historia sobre ser viejo y ser joven”). 1999, los distritos en espiral de París y los círculos del Infierno de Dante (“En realidad no deseaba a Victoire, sino que deseaba lo que ella tenía, una especie de libertad, una pureza de espíritu”).
2009, Kevin y su cuadro inacabado, privado, oculto a miradas ajenas (por más cercanas que sean). 2009, un cuadro gigante (“tres metros con setenta y cinco centímetros de alto y seis metros y medio de ancho”) con un título secreto encerrado en un cobertizo sellado (“¿Es esta mi obra maestra? Quizá. Seguramente no. No sé qué quiere decir esta expresión. La idea de obra maestra tiene que ver con la eternidad”). Y, también 2009, una hija adolescente confesando un secreto (todo un dardo envenenado) a su padre bajo una promesa de silencio.
Tres instantes vitales. Tres ríos subterráneos de secretos y culpas, de deseo y espanto, de irreflexión y de compromiso con uno mismo. Porque el secreto, cada secreto, es un pacto íntimo de silencio, un contrato de propiedad, la constatación de que las riendas de la vida están en manos de quien la vive. Aunque, claro, y ese es en realidad el tema de la novela, a qué precio. ¿A qué precio, Kevin? ¿En qué momento los secretos se convierten en fantasmas que nos persiguen? ¿Qué hacer con la incomodidad del persistente rumor del arrastre de cadenas?
A medio camino entre la confesión y el diván del psicoanalista (“Todo lo que voy a contar es verdad, pero no tengo ni idea de qué es la verdad”), la narración de Kevin (narrador único, con todas las incertidumbres respecto a su fiabilidad que ello conlleva) tiene como objetivo, si no la expiación, sí la necesidad de recolocar los episodios de su pasado (también de su presente), episodios que lastran, con un efecto iceberg cada vez más pronunciado, tanto su emocionalidad como su relación con los más próximos. Porque, ¿cuánto de autenticidad hay en quien tanto oculta? Porque, ¿cómo establecer la gradación en los secretos para determinar cuáles son realmente inconfesables? Aunque, también, ¿cuánto de egoísmo, por no poder sostener la ansiedad de lo oculto, enmascara la súbita apuesta por la ventilación (confesión a) interior? El viaje de Kevin, literal (en las últimas páginas regresa a El Salvador) y metafórico da respuesta a esta última pregunta.
Como ya sucedía en Teléfono, la novela es también un vehículo de crítica social. Everett aprovecha la situación de El Salvador en los 70 para mostrar con pinceladas (esta no es una novela de tesis) la actitud de superioridad moral de los Estados Unidos frente a los países del sur, la prepotencia (¿para salvar al mundo del comunismo?) e impunidad yanki vs el impacto de la violencia en la población civil (“Vine a este país como si no importara. No tenía ni idea de qué estaba pasando y una vez aquí tampoco me importó”). También hace gala (lo que no se nombra no existe) de una defensa explicita, políticamente tangible, de la negritud en un país racista en el que el color de la piel es un estigma irresoluble a no ser que, de nuevo el dedo en la llaga, el éxito, y con el éxito la posición social, actúe como ascensor daltónico, como trampantojo, en este caso, en la pátina del prestigio artístico (¡ains la moral burguesa!). El mundo del arte, con sus artificios y ridiculeces, con la petulancia intelectual sobre el análisis de sus cuadros (“aquí hay un movimiento urgente de dolor que se intenta hacer pasar por preguntas retóricas”) tampoco sale muy bien parado en una novela que aboga (¿sí?: sí) por la consciencia de la verdad frente a las hipocresías artísticas, por más que esa consciencia identifique un exhibicionismo confesional (aunque sea abstracto) mercantilizado. Pura amoralidad capitalista vía distintos haces de azul.
Así como en la novela Kevin intenta, a partir de una prosa sobria, tensa, descriptiva, lúcida y fluida, comprender, desde la introspección, los porqués de su vida, de sus actitudes y decisiones, nosotros como lectores también vamos desbrozando el camino y componiendo, desde la estructura triangular (cada una de las partes podría ser una nouvelle), el itinerario completo de los hechos y, especialmente, de la emocionalidad tanto del protagonista como de sus más cercanos (su esposa Linda —auténtica fuerza centrípeta familiar: “Linda me hacía sentir a salvo y normal. Yo quería que mi vida estuviera a salvo y fuese normal”—, sus hijos April y Will, su amigo Richard). La compre(h)ensión de doble dirección (protagonista vs lector), con las contradicciones inherentes a la vida, las pequeñas (o no) cobardías, las decisiones irracionales (quizás sería mejor decir actos irracionales, actos instintivos, sin toma previa de decisión), y la crisis tardía de la mediana edad, transita de manera introspectiva por sendas filosóficas (no en vano Everett es Licenciado en Filosofía) hasta ofrecer un itinerario vital completo, un itinerario cuya imagen final —el porqué de todos los azules— es la de ese cuadro secreto que el artista lleva pintando desde hace años. La búsqueda de la belleza es en esta novela, al igual que sucede en algunas obras de László Krasznahorkai, un elemento disruptivo así como de expiación y reconciliación interior.

Hace unos meses, Kristoffer Borgli estrenó su película The drama en la que una pareja recién comprometida pone a prueba su relación ante una revelación inesperada. De nuevo los secretos (“Si te guardas un secreto durante el tiempo suficiente, al final simplemente ya no se puede contar o se niega a ser contado”). De nuevo qué hacer ante un secreto. De nuevo la disyuntiva entre contar y callar. De nuevo la transparencia frente a la impostura. De nuevo la sinceridad (con sus consecuencias) vs el silencio (con sus consecuencias también). En Cuánto azul, Everett opone la trascendencia por la creación (la creación abstracta, ¿habrá creación menos explícita?) a la trascendencia por la consciencia de verdad y por el expulsar todas las mentiras que, a la postre sin éxito, nos contamos. Y la respuesta a esta búsqueda de sentido, como corresponde a un artista, es un cuadro: un lugar al que mirar y desde el que mirar, por más que esto desbarate la tesis del propio Kevin respecto a que un cuadro no es una narración vital. Un cuadro que no vemos, que nadie ve. Un cuadro del que apenas sabemos nada más que todavía no ha convencido a su autor. Un cuadro tan metafórico como catártico. Un cuadro que, por las pinceladas digresivas aquí y allá, sabemos cargado de todos los azules del mundo.
“Hay crueldad en la abstracción. Se clava en la carne. Extrae su significado de nuestro miedo a la mortalidad. La forma en que trastorna y aflige está destinada a socavar una ilusión de duración, de tiempo controlado, o incluso percibido de forma simple. Mis pinturas eran abstractas y estaban tan manchadas de culpa como de pintura.”
Cuánto azul, Percival Everett. Traducción de Javier Calvo. De Conatus, 2018.
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Gracias por la reseña.
A ti. Esperamos que te guste.