«Cada mañana
el mundo
vuelve a crearse.
Bajo los rayos
naranjas del sol
las amontonadas
cenizas de la noche
otra vez se transforman en hojas
y regresan a lo alto de sus ramas»
Mary Oliver

En un momento histórico en el que la tecnocracia inunda nuestras vidas lo revolucionario es regresar a la naturaleza. Y por regresar no me refiero a abandonar el ruido urbano para vivir en un lugar apartado en modo ermitaño, no, sino a adoptar el gesto político de la observación y la escucha respecto a la consciencia de las plantas y sus lenguajes. Ildikó Enyedi (Budapest, 1955) filma en Silent friend (2025) una casi fábula en la que explora las relaciones del ser humano con el entorno natural abriéndose a nuevas resonancias y tomando como eje central del relato un más que centenario ginko biloba plantado en 1832 en el jardín botánico de un campus universitario alemán.
La película, estructurada en tres episodios hábilmente entrelazados (Károly Szalai a cargo del montaje), transita tres épocas distintas en un mismo lugar, un lugar en el que el árbol mayestático no es sólo contexto o telón de fondo sino testigo silencioso, ser vivo casi pensante, planta a la que escuchamos respirar y que en algunos planos parece llevar la cámara y filmar a los protagonistas a través de sus hojas. ¿Nos encontramos ante un ensayo fílmico post-humano tan poético como filosófico? Sin duda, sí.

Grete (Luna Wedler) es la primera mujer en ser admitida en la Universidad de Marburgo a principios del siglo XX, donde sufre la opresión patriarcal de catedráticos y alumnos (sobresaliente —e indignante—la escena del examen de ingreso). Para revertir la incomprensión de su entorno, aprende el arte de la fotografía y convierte su mirada científica también en mirada artística. A medida que va fotografiando vegetales, frutas y plantas, no en vano estudia botánica, comienza a autorretratarse por secciones, como si de un elemento de laboratorio se tratase, resignificando así desde su cuerpo el empoderamiento femenino. En los años 70, en plena efervescencia de las luchas estudiantiles posteriores al Mayo del 68, Hannes (Enzo Brumm), un joven estudiante de literatura, establece un “código” de comunicación con el geranio de la compañera de quien está enamorado a partir de sus reacciones a las condiciones ambientales. La metamorfosis de las plantas de Goethe y las Elegías de Duino de Rainer Maria Rilke son los puntos de anclaje en este arco de intersecciones entre las humanidades y la ciencia. Justo antes de que estalle la crisis del covid, un neurocientífico honkonés (Tony Leung, el actor fetiche de Wong Kar-wai) llega a Marburgo como profesor visitante, donde queda varado por el confinamiento. Ante la imposibilidad de continuar con sus investigaciones sobre la actividad cerebral de los recién nacidos, comienza a medir científicamente las reacciones físicas del monumental ginko biloba a fin de encontrar sus correspondencias con las de los seres humanos.

¿Es posible establecer nuevas formas de comunicación interespecie? Silent friend, desde sus relatos inconclusos y su imaginario de transformaciones, apuesta por mostrar un universo interrelacionado entre las capacidades perceptivas de unos y otros en el que el ginko biloba, protagonista indiscutible, adopta el papel del Árbol de la Ciencia. Eneydi, atendiendo a la colisión de las superposiciones temporales, incide en sus filosofías afectivas y de comunión proporcionando una visión caleidoscópica en torno a la ecología del mundo, los otros-que-humanos y sus lenguajes. Puro slow cinema, que se asienta en la contemplación y en las pausas, que avanza a un ritmo fragmentario y que propone una experiencia meditativa y estéticamente preciosista en la que el crepitar vital, desde la hibridación cronológica, apuesta por la genealogía compartida entre sus protagonistas humanos y los sustratos de los seres vivos vegetales, proponiendo de manera elíptica nuevas formas de cohabitar y coexistir en pleno llanto antropocénico.

Los sonidos del árbol, el fru-fru de las hojas al viento, el crecer y hundirse de las raíces o la fractalidad de sus elementos, convierten Silent friend en una experiencia también sensorial, provocando en el espectador una empatía sinestésica más allá de sus códigos narrativos. Unos códigos que no están sometidos ni a la linealidad cronológica ni a la búsqueda de un (o tres) desenlace(s), ya que este poema fílmico, ajeno a la progresión dramática (que bebe de los postulados de Donna Haraway) está más cercano a propuestas de películas no androcénicas como The human hibernation (Anna Cornudella, 2024) o Enys Men (Mark Jenkin, 2022) que a los relatos en los que el medio natural es sólo un decorado y no un agente activo para una convivencia armónica interespecie.

Con tres texturas visuales distintas, una para cada época, el director de fotografía Gergely Palos se vale de un blanco y negro sobrio para principios de siglo, rueda en 35 mm las escenas de los años 70 (la calidez de la imagen y el tono del episodio parecen guiñar un ojo a Eric Rohmer), y utiliza la aséptica imagen digital para las secuencias que protagoniza Leung. La transición entre unos episodios y otros, sin jerarquías, a veces con secuencias muy cortas, tiene en el juego de formatos una correspondencia más tanto con la evolución técnica como con los tiempos siempre evolutivos de la naturaleza. La banda sonora, que incorpora, entre otros, clásicos de Wagner, la cálida voz de Gaby Moreno o a Blixa Bageld musicando un poema de Goethe, es un recurso más para transportar al espectador a un ambiente de fusión (¿)emocional(?) más-que-humano.

Película con pocos diálogos, más susurrada que narrada, en la que son los ecos (de las hojas, de las herramientas de medición, de los bulbos germinados) los que toman la voz de la trama, ecos sensitivos que corresponden a descubrimientos íntimos interespecie, a la simbiosis entre los personajes y el espacio ambiental en el que el pensamiento post-natural transmuta el binomio hegemónico naturaleza-cultura/ciencia a favor de una conciencia de participación común en el ecosistema global que huye del egotismo contemporáneo y que abofetea, con elegancia y savoir faire, el narcisismo antropocentrista.
Hay en Silent friend una correspondencia con The sound of falling (Mascha Schilinski, 2025), películas ambas de episodios entrelazados que toman la fisicidad del lugar, aquí la universidad con su ginko biloba y allí una granja rural al norte de Alemania, como punto a partir del que orbitan sus historias. Películas también ambas con perspectiva de género en la mirada y que basculan entre la intensidad que contiene lo filmado y cierta continuidad enigmática a través de las presencias espectrales en una y del transhumanismo en la otra.

Elogio de la observación y la escucha, de la curiosidad, del silencio ambiental y mental necesario para la percepción de señales postantropocénicas en plena sociedad del cansancio, de la hedonía depresiva y de la fragilidad ecológica. Película especulativa y transhistórica que muestra una redefinición posible acerca de nuestras relaciones con el entorno más allá de categorizaciones y narrativas. Silent friend, premio FIPRESCI en el 82 Festival de Venecia y ganadora de la Espiga de Plata en la 70 Seminci de Valladolid, es una propuesta revolucionaria y política que, en su cuestionamiento de nuestros modos de estar en el mundo, me hace preguntarme qué sucede cuando miramos la naturaleza: ¿no será que en realidad es ella quien nos observa del mismo modo que el majestuoso ginko biloba parece mirar a Grete, Hannes y Tony?
Silent friend (Hungría), Ildikó Enyedi, 2025.
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Gracias, Gema. Tus reseñas siempre inspiran a leer o a ver películas. Saludos desde Santiago de Compostela.