Sofia Coppola y Tokio: More than lost, more than translation

Si alguna vez viajo a Tokio ya sé a qué Tokio quiero ir. Al de 2003. Al del Hotel Park Hyatt. Al de la habitación desordenada de Charlotte. Y al de la habitación de Bob, donde el fax nunca se silencia. Quiero ir a ese Tokio, a esos neones, a esa estética, al karaoke en el rascacielos con sala privada. Quiero una peluca rosa y una cebra por decoración (en la pared, en la cama o a los pies). Quiero ir al Tokio de la llovizna (esa llovizna que sabe a Blade Runner), tener un paraguas transparente y perderme en un templo japonés durante una ceremonia de boda o de funeral (umh, este paralelismo tan extraño es digno de un ¡hola Sigmund!). Quiero ir al Tokio de Jesus & Mary Chain y de Roxy Music, al de las bragas naranjas y el corto batín oriental, al de la piscina solitaria en el hotel y el bar decadente en la última planta. Ese es mi Tokio, ¿alguien se apunta?

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Lost in translation (2003), la segunda película de Sofia Coppola después de Las vírgenes suicidas, es hoy un título de culto, un hechizo colectivo, un baile de luces fluorescentes que no marea sino que atempera y asienta. Dicen que Coppola se basó en sus propias experiencias en Tokio, donde pasó largos periodos, admirándose ante las peculiares características de la ciudad en comparación con su hogar en Los Ángeles. Charlotte y Bob, mimetizados en ese entorno tan despersonalizado, pasean su insomnio solitario hasta que conectan en el New York Bar de la última planta del hotel, donde una banda de jazz ameniza la noche con temas del Parsley, Sage, Rosemary and Thyme de Simon & Garfunkel. Ellos, tan diferentes en edad y experiencias, comparten un estado de desorientación vital y soledad hasta que pasean juntos una ciudad bañada de luces en gamas de azules, grises y negros.

La química entre Scarlett y Bill es de un in crescendo constante que alcanza sus puntos álgidos en esa adolescente noche de juerga japonesa, More than this (Roxy Music) y (what’s so funny ‘bout) peace, love, and understanding (Elvis Costelo) en la boca de Bob, y Brass in pocket (The Pretenders) en la de Charlotte, peluca rosa enmarcando la bella cara de Charlotte mientras apoya su cabeza en el hombro de Bob, y conversación final en la cama en la que, sin sexo ni castidad (sic), consiguen por fin dormirse tras la leve caricia de Bill en el pie de Scarlett. Ese roce condensa la misma intensidad que el susurro final de la película que tantas teorías ha protagonizado. ¿Es realmente necesario conocer qué le dice Bob a Charlotte cuando baja del taxi para re-despedirse, abrazarla, besarla (improvisación fuera de guion, dicen) y susurrarle el último adiós o un nuevo hola? A mí me gustan las películas con finales abiertos, las películas en las que el final no es importante, las películas de cambio-redención-iluminación en las que el final sólo es la orden de corten puesto que la conclusión sucedió antes.

Y es que Bob y Charlotte no son los mismos cuando la película termina pero sí son los mismos en los últimos cinco minutos finales. Ambos han adquirido la conciencia de que sus matrimonios agonizan silente pero irremediablemente (dicen que Coppola aludía a su relación con Spike Jonze, de quien también dicen que Her (2013) fue su respuesta…) y de que uno puede vagar o dejarse llevar durante un tiempo pero no para siempre (y aceptar protagonizar un anuncio millonario de Suntory o acompañar la ausencia de un marido fotógrafo que siempre está trabajando). Lo que la rutina puede maquillar en casa se hace evidente y estridente fuera de ella, y los silencios de Charlotte y Bob no son más que los gritos de auxilio de dos personajes ya no tan conformistas que se están ahogando. Con un subtexto que a priori podría resultar “romántico” el acierto de Coppola es no desarrollarlo, alejarse del tópico chica-conoce-chico (aquí sería hombre-maduro-conoce-mujer-joven) y convertir el sentimiento platónico en comprensión mutua, refugio y lazo íntimo e indestructible sobre todo tras la noche del karaoke, una noche que convierte el Tokio de la soledad y la extrañeza en una ciudad ahora habitable para ambos. Ese deambular de Charlotte y Bob por la gran urbe desde un peculiar flâneurismo se contagia desde la pantalla, y viendo la película es imposible no dejar abiertas las puertas de la propia soledad y desorientación para re-pensarlas al salir del cine.

Bill Murray abandona Tokio en un taxi tras despedirse de Scarlett Johanson en Lost in translation

La banda sonora es un elemento más de la delicadeza con la que Coppola envuelve su película. My Bloody Valentine, Phoenix, o los ya mencionados The Jesus and Mary Chain o Roxy Music son algunos de los intérpretes de las canciones que dialogan con los silencios de Bob y Charlotte en un equilibrio que en ningún momento se descompensa. El carrusel de edificios, luces, mareas humanas o coches y la mirada perdida de esas dos almas errantes, sus disconformidades hasta el momento bartlebyanas, se equilibran gracias a la música. También es magistral la maravillosa fotografía de la película (Lance Acord) que alude a la constante incomunicación desde planos que emulan a Edward Hopper, al hiperrealista John Kacere (las bragas en primer plano de Charlotte en la primera escena), o con la burbuja de neones de una ciudad apabullante y la transparencia en la llovizna del santuario de Heian y el templo Nanzenji por donde Scarlett pasea.

Lost in traslation es una de esas películas que despierta opiniones extremas: o la amas o no la soportas. Yo soy de las que la aman, de las que se admira ante su elegancia y sutileza, de las que percibe el dolor descarnado que Bob y Charlotte parecen ocultar(se), de las que empatiza con la incomunicación en una sociedad en exceso ruidosa, de las expertas en sentimientos platónicos que no se deja vencer por la desesperanza. Estoy segura de que si viajase a Tokio también sufriría el contradictorio mal de Stendhal que embriaga a Charlotte y Bob y, por supuesto y garantizado, un insomnio que me empujaría a mecerme en el cloro de la piscina del hotel.

Suntory en mano, Tokio is waiting; ¿alguien se apunta?  

La directora de cine Sofia Coppola en rodaje

Coda: Sofía Coppola fue la primera mujer en ser nominada a mejor guión, mejor directora y mejor producción en los Premios Oscar por Lost in Translation en la gala del año 2004. Ganó el Oscar al mejor guión original.

Imágenes © 2003 Focus Features, American Zoetrope, Elemental Films y Tohokashinsha Film

Gema Monlleo, Barcelona