Carlos Zanón y Love Song: last tour bajo bandera falsa

“Por distraerse, a veces, suelen los marineros

dar caza a los albatros, grandes aves del mar,

que siguen, indolentes compañeros de viaje,

al navío surcando los amargos abismos.”

Charles Baudelaire en Las flores del mal

Gentileza de Gema Monlleo, sólo apuntar que Just like honey no es B-side, es un XXXX himno generacional maniacodepresivo

Cerrar un libro y querer volver a empezarlo. En el mismo momento en que lo cierras. Decirte “ni hablar, yo de aquí no salgo”. Imaginar que todavía no conoces a Eileen, Cowboy y Jim (a Sandino sí, claro) y que vas a poder (re)descubrirlos poco a poco y otra vez. Olvidar el dolor y el goce recién causados, zambullirte en aguas salvajes, rascar la guitarra y leer. Leerlo todo de nuevo. Érase una vez…

Así me he sentido al terminar Love Song, la recién estrenada nueva novela-concierto de Carlos Zanón. Aviso: no creo demasiado en la objetividad, pero mientras escribo esto todavía menos. Mi admiración por Zanón es colosal y él lo sabe. Lo descubrí gracias a Taxi (me enamoré del perdedor: de Sandino, el taxista) y fui hacia atrás en toda su obra. Pecado capital: gula. Novelas, poesía, canciones, lo engullí todo y me convertí a la Zanón-religion. ¿Quiere esto decir que ésta va a ser sólo la reseña de una fan? No. Soy fan, soy lectora, soy librera, escribo. Y leo con todos estos ojos. Este es el cocktail. Agitado y mezclado, aquí está mi Love-Song-cover.

“Jim y Cowboy eran amigos.

Eileen amaba a ambos.

Nada sucedió como se esperaba.

Jim y Cowboy ya no son amigos.

Eileen está muerta.

Y todo fue, más o menos, así.”

Poco que explicar del argumento después de esta primera página no numerada de la novela. Ahí están ellos, los tres amigos (“Hay algo extraño en la amistad. Un enamoramiento raro. Uno nunca sabe cuándo se enamora del amigo. Se cambian el uno al otro y se exterminan porque no pueden ser el otro”), los tres protagonistas, los tres rockeros (ellos: “dos genios en la misma lámpara”, ella: “Desdémona o Medusa”) en su gira de recreación-de-la-amistad-versus-greatest-hits-ajenos. Tres personajes complejos, poliédricos, frágiles, erizos con aristas, autodestructivos desde la chulería o desde el disimulo, Lestats del XXI jugando al divertimento y esperando, tal vez, la redención. Un viejo engranaje a tres que para que funcione en este su hoy debe ser un engranaje a cuatro.

“¿Y luego? Luego no existía. Ese luego de siempre que no llega. Ese luego en el que se queda y descansa y el otro cierra los ojos y se va.”

Jim, Eileen y Cowboy, tres cantantes de éxito que regresan a la carretera. Jim (“ojos grandes y melancólicos, debajo de unas cejas pobladas, pómulos con poca carne y nariz desviada por un rodillazo en una pelea de críos. Ni muy alto ni muy delgado. Se desenvolvía práctico y resuelto, como alguien que vive convencido de que, de ser necesario, podría marcar en el último minuto”)  propone a Eileen (“era menuda y, según los días, guapa. Su aspecto siempre era el de haberse acostado demasiado pronto o demasiado tarde, nunca el de haber dormido las horas que probablemente necesitaba. Rizos Zimmermann en la cabeza, un pendiente con una cruz en una oreja, dientes blancos perfectos dentro de una sonrisa aún más perfecta y tatuajes que nunca quería explicar del todo en brazos y hombros”), su mujer enferma en las primeras fases de ELA (“estaba enferma pero no se moriría. Estaba enferma pero nadie se muere ya de estar enfermo. Uno se muere de estar muerto o de estar tan vivo que se despista de vivir, deja de respirar y se muere”), y a Cowboy (“alto y desgarbado, flaco. Vestía de negro, como recién salido de un blues. Lucía largo su pelo negro encanecido, recogido en una coleta como de soldado a las órdenes de Gengis Khan, padre de todos los europeos. Nariz aguileña, ojos vulgares, los rasgos de la cara parecían de barro si venían después de demasiados días perdidos, demasiado alcohol y demasiada cocaína. Cowboy era profundo si lo es un laberinto”), el mejor amigo de ambos (el tercero en concordia –sic-), emprender una gira de conciertos por campings de la costa mediterránea cantando versiones de éxitos del año 1985 (1985: el año del disco Steve McQueen de Prefab Sprout, 1985: el año de The whole of the moon de The Waterboys, 1985: Kevin, desde ahora).

Por distintos motivos, desde el momento vital individual y único de cada uno de ellos (tres personas, tres tipos de salto al vacío) y desde el imperativo autoimpuesto de no querer abandonar el barco común (lleguen o no los naufragios), acuerdan este road trip al pasado, a su peculiar Ruta 66, a los conciertos donde nadie-conoce-a-nadie y ellos serán más que nunca ellos mismos. Porque ¿qué turista extranjero cincuentón de sol, playa, animador de cámping, mojito-cargado y after sun es un non-stop-rocker? En este año con un insólito verano, los trasuntos de Percy B, Mary y George necesitan un narrador que los sostenga y conduzca (un chofer para su California), un solucionador de pequeños problemas (pequeños a priori), un buscavidas honrado, un espectador ante quien lucirse en privado (“parecían saberse siempre líneas y movimientos de cualquier escena en la que aparecían. Réplicas y contrarréplicas brillantes que eran agujeros negros para quien entrara sin avisar”), un compañero fiel. Página 49: Sandino returns, ¡hola Polidori!.

La gira, los campings, las canciones, la amistad, las decepciones… La trama principal, el por qué de esta historia, ya está explicado en las numerosas entrevistas de promoción de la novela. Aquí no voy a ir por ahí. Sólo decir: hay trama, subtramas, capas de lectura, abismos imprevistos, vueltas de tuerca (con las que reír y de las que duelen), escritura de fraseo adictivo y un engranaje-estructura sin fisuras (superadísima la prueba de la pistola de Chéjov).

“Cowboy cogió otra Alhambra de la nevera, la abrió y, sin contestar, salió a la fresca. Enseguida dio un primer trago lo más largo que pudo. Estaba molesto pero tampoco sabía decir por qué. Era una mezcla de sentimientos pisoteados, de sensaciones arriba y abajo que sabe que mal manejadas acabarán en el filo infectado. Al encenderse el cigarro le temblaban las manos. Supo qué necesitaba en esos momentos. Distinguió un corro de gente conocida, músicos, roadies, señores y señoras invitados, y se dirigió hacia ellos, arrastrando un poco la pierna jodida, la pierna que no había soportado una caída de cuatro pisos, la pierna dolorida como siempre después de una actuación. No eran celos, nunca fueron celos.

Era algo más complejo que nunca había sabido expresar con palabras, sólo con canciones.”

También hay una madrastra (“el final más sórdido posible de un cuento: el héroe con la madrastra”), una madre suicida y un padre Hijo de la Gran Puta. Hay yonkis, dealers cutres y conductores de ambulancia con farlopa regalada. Hay mujeres con nombre y número de barco, lesbianas pero no gays y discotecas de la ya ex-ruta-del-bakalao. Hay poetas polacas, noches para narrar historias de terror y otro volcán inundando Europa de ceniza. Hay disfraces imponibles e imposibles, tipos jetas y tipos violentos y hasta un camping nudista. Hay carreras, perseguidos y perseguidores, polis buenos y polis malos (y topicazos para hacerles quedar mal). Hay hoteles de mierda, pueblos sin nada pero con cocaína y móviles inservibles (estamos en Kevin). Hay más suicidas, hay faros, hay botas míticas y gorras con historia (hola, Scarlett). Hay héroes y traidores (“eres un ejército vencido”). Hay heridas, aguijones, cicatrices (“la cicatriz del abandono que sólo es una marca bajo la piel cuando no te la tocan y una herida infectada si lo hacen”). Hay ganas de vivir (“querría ser una pionera y fundar una ciudad en medio del desierto. Sólo semen, cactus y cherokees”). Hay ganas de amar y de follar (“el buen sexo, el de verdad, no es más que un sitio acogedor”).  Y hay el imperativo de morir si vivir no es eso…

Y, como en toda buena historia, hay, además, cameos sorprendentes y siempre bienvenidos: Bolaño, Dolores Haze, La Peque…

A Zanón le gustan los personajes que van de cabeza al precipicio (por principios, determinación o determinismo). Los acoge, los acompaña, los conduce e incluso los protege cuando los pone en peligro. Y pide al lector la complicidad suficiente para perder el control con ellos, para asistir al desastre y para asistirlos en el desastre. Me parece imposible leer Love Song sin hacer un checklist propio de mis contradicciones en las de cada uno de ellos. Me parece que ese espejo de imperfecciones en sus protagonistas es la más bella y verdadera imagen que podemos dar (despeinados, por supuesto) de nosotros mismos. Me parece que sólo participando activamente del tsunami arrollador de tri-emociones (más las de la cuarta hoja del no-trébol-de-la-buena-suerte) es posible gozar de esta novela y reírla, cantarla, viajarla, leerla, llorarla. A partir de ahí, y con toda la luminosidad crepuscular de Jim, Eileen y Cowboy ante la mirada de Sandino-Polidory (y por ende la nuestra), el disfrute lector con este delicatessen-road-western está garantizado.

En mi cabeza, la pregunta del principio. La pregunta de Cowboy a Eileen:

¿Y tú…? ¿Tú por qué lo haces?

Me encantan los buenos finales.

Llego al final. Regreso al principio. Love Song, last tour bajo bandera falsa.

Love Song, Carlos Zanón. Salamandra, 2021.

Coda 1: La playlist de esta reseña incluye algunas caras B, las canciones del libro que no aparecen en la lista oficial.

Coda 2: Polidori es, según dijo Zanón en la charla de presentación con Anna Guitart en la LLibreria Finestres, el primer sobrenombre para Sandino. Si es el primero… ¿eso significa que llegarán más? Ojalá esto sea un spoiler (en cualquier caso sí es un deseo): Sandino always returns.

Coda 3: Si os encontráis con Scarlett Johansson, lleve o no gorra, un guiño y una palabra clave: Tiramisú.

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