Sara Nieto y sus microrrelatos delikatessen

Playa de la Caleta en Cádiz

Terminando una semana de tardes luminosas, cada día ganamos tres minutos dicen -desde ahora apreciaré más el mes de marzo-, no podemos evitar ser optimistas. Es un deber colectivo.

Ayer no dimos crédito con la divertida astracanada sadomasoquista de Teresa Dovalpage en «Amor a primera fusta» y el lunes nos maravilló el encanto, coherencia y base músico-literaria de Anni B Sweet. Hoy sólo tres microrrelatos, para ser releídos, de Sara Nieto, a quien como debe ser hemos conocido de casualidad. Cruces de caminos.

Disfrutadlo. Salud y abrazos, @profesorjonk

Pan de Cádiz

Éramos Sonia, Mario y yo. Hasta que conocimos a Raquel una tarde adolescente de finales de junio en la playa de La Caleta. Nos ofreció su toalla gigante, y aquel verano el mundo para nosotros se redujo a la isla de sueños que formaba ese trozo de tela roja con caballitos de mar pintados. Pronto los castillos en la arena se nos quedaron pequeños y empezamos a hacerlos en el aire. Sonia y Mario se inventaron un palacio y sellaron las puertas con besos torpes y babosos tras el espigón. Mientras, Raquel y yo mirábamos las olas en silencio. Su pelo ondeaba al viento y olía a mazapán. El último día, después de las promesas falsas de no olvidarnos, ella sacó la toalla partida en cuatro trozos con nuestros nombres bordados. Mario y Sonia intercambiaron los suyos. Yo no me atreví a hacer lo mismo con Raquel. Recuerdo aquel verano como si no hubiera existido otro, aquí sentado en El Malecón, mirando a un niño de piel tostada que arrastra un trozo de toalla vieja. Tras él corre una mujer de hermosa melena. Alcanza al niño, lo alza en brazos y lo besa. Acaban de pasar justo a mi lado. Juro que huelen a pan de Cádiz.  

Oscilaciones térmicas

Ojalá pudiera volver atrás. Se mete en la cama al acabar la jornada, justo antes del amanecer, deseando un imposible. Los tacones y el calor que desprende el asfalto del polígono la matan. Suele usar una crema para las piernas. Cuando se la pone le provoca frescor y al principio descansa un poco pero luego termina por dejarle una sensación desagradable. Hoy no la usa. A ver si así. Porque no se lo explica. Besa la foto de su hijo, tan lejano, tan ajeno a todo esto,  y cierra los ojos. Al rato, busca una manta. Otra vez. Igual que ayer. Afuera, en la calle, estamos en julio y el sol aprieta desde bien temprano, pero dentro de ella hace dos años que el invierno le congela las entrañas.

Pedir un deseo 

Sentada en la cocina con la única compañía de su perro, cierra los ojos y sopla las velas: ochenta. En el centro de la tarta está la que le vendió la gitana del mercadillo. «Concede deseos», le aseguró, aunque por supuesto ella no cree en esas cosas. Cuando termina de soplar, siente algo raro. Ha dejado de oír el zumbido familiar del audífono. Maldito aparato, piensa, ya se ha acabado la pila otra vez. De repente escucha una vocecilla infantil casi olvidada: “Felicidades, yaya”. Y luego a su hija Manolita, con su risa jovial: “Mamá, abre tu regalo”. Y también la voz de Eugenio, su yerno, el mismo que se esfumó hace años: “Que cumplas muchos más, suegra”. Aún con los ojos cerrados, siente en sus labios un beso cálido, inconfundible. Es él: su querido Manuel. Está segura de eso y de que no volverá a abrir los ojos.