Generación beat: más allá de la Santísima Trinidad

Preparativos

Es un hecho que el trío formado por Kerouac, Ginsberg y Burroughs fue la Santísima Trinidad de la Generación Beat, tanto por su relevancia como por el poso de sus obras más representativas. En el camino, Aullido y El Almuerzo Desnudo se han convertido en clásicos de la literatura, obras de culto para millones de lectores. Pero sería injusto olvidarnos de otros componentes que, o bien destacaron por su enorme talento literario o bien jugaron un papel fundamental inspirando algunas de las grandes obras del movimiento. Sin dejar atrás las mujeres, las grandes olvidadas.

 Siendo aficionado al fútbol, siempre atento a las andanzas de mi Athletic Club, el once es un número que me gusta, no sólo por ser impar sino por motivos que no vienen al caso. Once son, en este caso, los nombres que me surgen fuera del archiconocido trío. Alargar la lista sería mentirme a mí mismo. No sé si son los más importantes o no, son, los que durante una época de mi vida, para ayudar en un trabajo de mi entonces compañera, leí en un pequeño apartamento de Los Feliz Village.

 Como si de un modelo de regresión matemático se tratara, podríamos determinar la relación e influencia compartida entre el archiconocido trío calavera con respecto a otras autores o personas afines que formaron parte de la cultura beat. O, dicho de una forma que el señor Jack no me rompiera los dientes con un buen gancho (y no la gilipollez anterior que muy posiblemente no tenga siquiera sentido), a partir de la generosidad y miseria de los tres cabecillas se formó un ejército de almas perdidas que mantuvieron una relación mutualista (ya estamos…no hay manera) basada en la literatura, el amor, el sexo y las drogas. Aquí nos encontramos con amantes, poetas, cronistas desde la platea y actores en la función, doppelgängers o princesas malditas. Todos unidos por líneas invisibles, por un mapa del tesoro común que no todos encontraron.

El Viaje

Por las calles casi desiertas de una universidad nos encontramos con John Clellon Holmes, sin duda uno de los personajes más calmados del grupo, que decidió adoptar un papel más cercano a la observación del fenómeno que participar como actor principal en el desenfreno de sus queridos amigos. Un artículo suyo en el New York Times Magazine llamado Esta es la Generación Beat (el uso del término beat se lo adjudicó a Kerouac), escrito en 1952, fue la fuente bautismal y su novela Go, del mismo año, el pistoletazo inicial de la cultura beat. En ella, al contrario del estilo espontáneo de Kerouac o el frenesí narcótico de Burroughs, muestra un retrato fascinante de los inicios de un cambio de época a través de un joven aspirante a escritor, Paul Hobbes, y su grupo de amigos. También fue el autor de la novela Horn, la cual es definida como la novela-jazz definitiva.  Seguramente lo sea, pero al no haberla leído sólo puedo soplar suavemente el saxofón y seguir el ritmo marcado sin intentar improvisación alguna.

 Si seguimos navegando por google maps y tecleamos las coordenadas 37°47′51.46″ N, 122°24′23.67″ W observamos, frente a las puertas de City Lights, al poeta Lawrence Ferlinghetti, con porte intelectual y sonrisa perenne, contemplando con orgullo la librería y editorial  que fundó en 1953 y sin la que posiblemente mucho de lo aquí descrito sería un mero relato de ciencia ficción. Sus convicciones se forjaron, en gran medida, en su juventud, tras participar en el desembarco de Normandía (viendo la escena inicial de Salvar a Soldado Ryan uno tiende a pensar que las cicatrices invisibles de los supervivientes desembocaron en tres posibles caminos: la locura, un conocimiento del alma inaccesible para el resto  o la unión de ambos) y ser testigo de los estragos de la bomba atómica de Nagasaki.

City Lights, bienvenidos a la casa de Ferlinghetti en San Francisco

De ahí surgió un pacifista en el sentido más amplio de la palabra y su compromiso inquebrantable a disfrutar al máximo cada uno de los días que le quedaran por recorrer. Y fueron muchos. City Lights fue el Arca de Noé donde los beat embarcaron, publicando sus obras y ascendiendo sobre las aguas tranquilas para adentrarse en la tormenta cultural que barrería el país. Fue Lawrence quién apostó por Aullido (Howl), lo que le llevaría al banquillo de los acusados por vender material lascivo y pornográfico. Con la ayuda de la Unión Americana de Defensa de las Libertades Civiles, ganaron el juicio al demostrar que la palabra nunca podía ser considerada impúdica por si misa, prevaleciendo el valor literario y el significado social. Pero ante todo, estamos ante un poeta excepcional, que a pesar de su erudición, desafió constantemente el status quo, afirmando que el arte debía ser accesible para todos los públicos, no sólo para un puñado de intelectuales escondidos en sus burbujas. Alguien afirmó una vez, tras leer una obra de Ferlinghetti, que “te hará sentir bien con la poesía y con el mundo, sin importar cuán sucio esté el mundo”. No puedo estar más de acuerdo.     

 Ya en la calle, al pasear ensimismado y cigarro en mano por la esquina entre Grant y Vallejo, el torrente de palabras que atraviesan las paredes del Caffe Trieste me arrastran con la fuerza de un agujero negro. Al entrar en este templo, punto de reunión de los beat, observamos en el pequeño escenario a un joven de color recitando poemas en estado de gracia.

-Es The Original Bebop Man – me susurra una señora con tres copas de más.

-El Rimbaud americano – añade un estudiante francés de aspecto cuidado.

-Su nombre es Bob Kaufman – completa un joven con chaqueta de tweed sobre un suéter, gafas gruesas y bufanda. Su pelo empieza a clarear y su mirada invita a segundas intenciones. Evidentemente reconozco inmediatamente de quién se trata, pero evito, a pesar de mi admiración, la obviedad de confirmárselo. Y así no dar pie a malinterpretaciones.

Me explican que este chico se ha convertido en todo un acontecimiento en San Francisco, con sus performances influenciadas por el bebop jazz de los que sólo quedarán las transcripciones o grabaciones en cinta que su esposa y el resto de la cuadrilla lograran rescatar. Observando la bola de cristal adquirida en la calle Bush comprobaremos que esta fama instantánea, como en tantas ocasiones, no trajo consigo la felicidad. Problemas económicos, adicciones y líos con la justica fueron minando su persona. En 1963, tras enterarse del asesinato de John F. Kennedy, decidió realizar un voto budista de silencio y desaparecer de la esfera pública. Nadie sabría nada más de él hasta que en 1975, el mismo día que terminó la guerra de Vietnam, se presentó en una cafetería y recitó, como si nada hubiera pasado, Todos esos barcos que nunca navegaron. A partir de ahí llegarían tres años donde Kaufman recuperó su febril actividad hasta que, nuevamente, en 1978 volvió a recluirse. “Quiero ser anónimo… mi ambición es ser completamente olvidado”. La apuesta no funcionó. Aún muchos le recordamos a su pesar, pienso mientras me dirijo de vuelta a City Lights.

Una vez dentro subo a la segunda planta, donde escojo un libro al azar y me siento en una de sus viejas sillas de madera. La diosa fortuna ha puesto en mis manos Siebenkas, del poeta y filósofo Jean Paul Richter. Es en esta novela donde por vez primera apareció el término, inventado por el autor, doppelgänger. Y tirando del hilo de la madeja neuronal, a lo que hay que sumarle el entorno propicio, surgen en mi pantalla inconsciente Neal Cassady, Hurbert Hunckle y Carl Solomon. Tres figuras completamente diferentes con ciertos puntos en común. Cada uno de ellos fue el compañero de imagen especular, con menos formación literaria pero más autenticidad, de nuestra Santísima Trinidad. Kerouac tuvo a Cassady, Ginsberg a Solomon y Burroughs a Hunckle. En ellos encontraron la proyección de sus anhelados yo que, en mayor o menor medida y debido a su influjo, se acabarían materializando ya fuera en la ficción o en la vida real. Neal aportó su carisma y libertad,  Hurbert fue el adicto a la calle que William siempre buscó y Ginsberg, que parecía aspirar siempre al estado de locura, tuvo a Carl. Neal Cassady y Hurbert Hunckle compartían su amor por la carretera, no en vano el primero nació allí y ya nunca la/le abandonó. Hunckle, por su parte, se lanzó muy joven al alquitrán, tras abandonar el hogar familiar, en busca de un destino siempre lastrado por sus adicciones. Solomon, en cambio, siempre se sintió más cómodo en los hospitales, donde sus problemas mentales quedaban temporalmente adormecidos. Fue allí, en una sala de espera, donde conoció a Ginsberg, que se encontraba en una de sus visitas regulares a su madre. Ambos conectaron rápidamente, una vez que descubrieron un amor compartido por los literatos rusos. A pesar del estado de Solomon, éste poseía una inteligencia hiperactiva que cautivó al poeta. Al igual que Ginsberg, Jack Kerouac quedó fascinado con la forma de ser de Cassidy desde el primer momento, cuando les presentaron en una buhardilla del Harlem hispano en Nueva York. A partir de ese momento se consolidó una de las amistades más legendarias del mundo de las letras. En la misma ciudad, Burroughs, que se encontraba vendiendo una metralleta y una caja de jeringas con morfina en la calle 42, topó con un joven delincuente que, al ver al futuro escritor, creyó inicialmente que se trataba de un agente de narcóticos infiltrado. Resuelto el entuerto, Hunckle compró la morfina. El afecto que surgiría entre ambos, entre otras cosas, tuvo como resultado la iniciación de William Burroughs en el mundo de la heroína. Todos ellos fueron fuente de inspiración en las obras de sus mentores/aprendices y, a su vez, fueron empujados al mundo de la literatura.

Sin Carl Solomon no hubiera existido Aullido de Ginsberg y Hunckle acabaría convirtiéndose en el protagonista de Junkie (y, como reconoció más tarde Kerouac, la primera persona a la que realmente escuchó el término beat). Mención aparte Cassidy, que sería un personaje utilizado por numerosos escritores, incluso Charles Bukowski o Hunter S. Thompson, pero que siempre será recordado como el Dean Moriarty y Cody Pomeray de Jack Kerouac.  Su influencia iría, en su caso, más allá. Jack Kerouac consideraba que la famosa carta de dieciocho folios que su amigo le envió “fue el mejor escrito que vi en mi vida, mejor que lo que nadie hubiera creado en Estados Unidos, o al menos lo suficiente como para hacer que Melville, Twain, Dreiser, Wolfe, quién sabe quien más, se revolvieran en sus tumbas”. Tan era así, que el propio Kerouac, tras su lectura, volvió a revisar la novela que había comenzado, En el camino. Impactado por la prosa sin cadenas de Cassidy, decidió reescribirla y el resto es historia. Cassidy intentó en vida escribir su versión de sí mismo, y no la imagen reflejada por su generación, trabajando frase a frase hasta que el esfuerzo pareció llevarle a la desesperanza. El Primer Tercio, su recopilación autobiográfica creada a partir de fragmentos y cartas, se publicó de manera póstuma. Puede que perdiéramos un gran escritor, pero se convirtió en un icono. En el icono de toda una generación. Los resultados literarios de Hunckle y Solomon, en cambio, fueron dispares. El primero demostró un don natural que, con un estilo mucho más experimental que el de sus impulsores, dio luz a grandes relatos. De Carl Solomon, menos prolífico, destacó  Informe del asilo: Pensamientos posteriores de un paciente en estado de shock.  Un relato del tratamiento de terapia de choque utilizado para tratar a pacientes en asilos, extraído directamente de la experiencia personal.

 Los quejidos de mi estómago, en ayuno desde ayer, reclaman mi atención. Dejo el libro de Richter en su lugar y, tras pasar por caja con una copia de A Confederacy of Dunces de John Kennedy Toole y una fotografía de Larry Keenan titulada Bad Company: Robertson, Mcckure, Dylan & GInsberg, salgo en busca del lugar recomendado por Anna, la joven que me ha atendido en City Lights, para almorzar.

Se coló un tipo con rizos

 No tardo en encontrar, en el 373 de Columbus Avenue, ya en el barrio italiano, el Molinari Delicatessen. Supuestamente tienen algunos de los mejores sándwiches de la ciudad y este es un supuesto al que no quiero renunciar. Ocupo la única mesa libre en el exterior y, tras un repaso a la carta, me decido por el Sándwich Especial Luciano y una cerveza Anchor Steam. Mientras disfruto del ya confirmado delicioso almuerzo, ayudado por la segunda cerveza y los rayos de sol que finalmente han agujereado las nubes, se apodera de mí una modorra que deriva en una visión tecnicolor de dos señores tomando café en mí mesa. Dos figuras de otro tiempo que parecen ignorar, tanto a mi persona, como al supuesto presente en el que debería encontrarme. Ambos de ascendencia italiana, discuten sobre como muchos de ellos han aceptado el  término beatnik (acuñado en 1958 por un periodista del San Francisco Chronicle  llamado Herb, como referencia a los Sputnik rusos) a pesar del claro componente negativo que conlleva. Agudizando el oído, ya que sus voces suenan como discos antiguos pinchados en un viejo gramófono, finalmente descubro, para mí regocijo, que estoy en medio de Phillip Lamantia y Gregory Corso.

Locales que deberían ser patrimonio y nunca convertirse en McDonald’s y Zara

Dos de los mayores poetas de su generación, tan opuestos en sus propuestas como cercanos en su talento. Philipp, que abrazó el surrealismo tras visitar la obra de Joan Miró y Salvador Dalí en el Museo de Arte de San Francisco, parece no importarle tanto el uso de beatnik como a Corso, que parece renegar de la etiqueta y, por ampliación, de su generación. Gregory Corso ha tenido una vida más difícil que la de su compañero de mesa. Su infancia se repartió entre orfanatos, hogares de acogida y la casa de su padre (fue abandonado por su madre con sólo un año de edad). Hastiado, pronto abandonó el hogar familiar, pasó un periodo en observación en el Hospital Belleuve y remató con tres años en la prisión estatal de Clinton. Fue durante esta ausencia de libertad cuando el joven indomable encontró en la lectura de los clásicos una llamada que le llevaría a escribir sus primeros poemas. A día de hoy, numerosos críticos y adeptos, le consideran el cuarto beat. Lamantia, autodidacta al igual que Corso, conjugó el jazz (fue miembro de un grupo de jazz y poesía con Jack Kerouac, Howard Hart y David Antrim en la década de 1950), el surrealismo y en sus últimos años una fe reencontrada para dejarnos una poesía en búsqueda del significado del éxtasis a través de la exploración del mundo subconsciente de los sueños y vinculándolo a las experiencias más mundanas. Un baile entre la espiritualidad y lo erótico, la luz y la oscuridad, Santa Teresa y Baudelaire. Lawrence Ferlinghetti señaló sobre el trabajo de Lamantia, “Philip era un visionario como Blake, y realmente veía el mundo entero en un grano de arena”.

-Si tienes la opción de dos cosas y no puedes decidir, toma ambas – concluyó Corso para zanjar la cuestión.

Su voz poética era sencilla, coloquial, divertida y sin pretensiones, un existencialista de versos libres que, aprovechando su estancia en París, creó muchos de los poemas que culminarían en su obra más conocida, Gasoline, publicada, como no, por City Lights.

 Despierto de mi ensoñación al oír los gritos de un vagabundo que anuncia la inminente llegada de pequeños alienígenas dispuestos a reventar la industria discográfica. Suerte con ello. Tras pagar, dejando la correspondiente propina, ando sin rumbo, contemplando el paisaje a la espera de llegar a algún destino.

Y camino y camino por la carretera, primo hermano de Forrest Gump, hasta que, al llegar a la fachada del edificio situado en 554 W 113th Street en Nueva York, mis piernas, por fin, deciden descansar.

 

Fijo la mirada en el primer piso y un breve escalofrío sacude mi menudo cuerpo. En el interior de alguna de esas ventanas Joyce Johnson (de soltera Glassan) y Jack Kerouac, a principios de 1957, se amaron y vivieron algunas de las experiencias más intensas del escritor. Una aventura que duró dos años y que Kerouack acabaría reflejando en Desolation Angels. Joyce Johnson considera este breve periodo el más significativo en su educación emocional y literaria. Ella estuvo junto a él la noche de septiembre en la que el New York Times le proporcionó fama instantánea al nombrarle la voz de su generación. También fue testigo de los efectos destructivos que esto supuso para su entonces pareja.

 Si algo está claro, es que las mujeres no lo tuvieron fácil. Siempre a la sombra de sus compañeros masculinos a pesar de su extraordinario talento. El ansia de libertad, aceptada en los hombres, supuso que muchas de ellas pasaran periodos de encierro, por parte de sus familias, en manicomios donde eran sometidas a tratamientos de electroshock. Fueron las más valientes y, tristemente, las menos reconocidas. De ello seguro conversaron, en alguna de aquellas míticas reuniones celebradas en Nueva York, Joyce Johnson y Diane di Prima, la activista revolucionaria del renacimiento literario beat. Diane, al igual que su poesía, siempre fue franca respecto a la sexualidad, el feminismo, las clases u otros aspectos de la contracultura. Esto la llevó a ser atacada regularmente por las autoridades debido a sus contenidos radicales. En 1961 fue arrestada por el FBI acusada de publicar dos poemas supuestamente obscenos en The Floating Bear. El caso fue, afortunadamente, desestimado por un gran jurado.

 Ambas autoras fueron artífices de dos de las obras fundamentales para comprender el papel de las mujeres en la Generación Beat. En 1969, di Prima, una de las pocas que consiguió vivir con sus propias reglas, publicó Memorias de una beatnik, donde documentó sus experiencias en Nueva York durante la década de los cincuenta, causando un gran controversia pero confirmando su altura literaria. En 1983, Joyce publica Personajes secundarios, un texto clave para aquel que quiera conocer una visión alternativa de la Generación Beat donde muestra cuál fue el papel de las mujeres que vivieron esta corriente artística. Aportaron una calidez que, con la repentina llegada del frío nocturno de la Gran Manzana adhiriéndose a mis huesos, sería ahora bienvenida. Me despido con un ligero gesto de las sombras del pasado que asoman tras los cristales y segundos después aterrizo en México DF. Mi última parada. La he ido postergando por respeto. Por la tristeza que desprende.

 La luz cálida y cremosa de CDMX, al salir de la estación de metro Panteones, me acompaña hasta una modesta fachada que deja entrever, tras las rejas que protegen su entrada, un interior que evoca los misterios de un bosque encantado. Unas letras doradas en el exterior bautizan el lugar como El Panteón Americano, un cementerio fundado en 1898 sobre lo que alguna vez fue la Hacienda Tacuba. Hay un problema. Solamente aquellos que tienen familiares reposando en sus recintos tienen el privilegio de entrar a las instalaciones. Respiro hondo y cierro los ojos.

Dejo una flor imaginaria, prestada de una lápida cercana, al lado del nombre de Joan Vollmer Adams. La princesa maldita de la Generación Beat. La luz que deslumbró a todos y que fue apagada de un fogonazo. Quizás no fue una artista, pero hablamos de una mujer brillante, versada en la historia de la filosofía y literatura. Joan fue el fuego que encendió la mecha del cambio. Mecenas y musa, su apartamento de Gotham se convirtio en el epicentro del terremoto cultural. Ampliamente considerada como una de las personas más perceptivas del grupo, su fuerte mentalidad y naturaleza independiente ayudaron a empujar a los beats hacia una nueva sensibilidad. La oscuridad surgió cuando todos empezaron a tomar anfetaminas por diversión. Joan se sintió trágicamente atraída por los estimulantes y degeneró en un estado de adicción del que nunca se recuperaría.

 Su relación sentimental con Burroughs, a pesar de la reconocida homosexualidad del escritor, marcaría su vida. Cuando Burroughs dejó Nueva York para convertirse en granjero en Texas y Nueva Orleans, envió a buscar a Joan para que se uniera a él. El cambio de escenario ni la compañía dudosa curó su adicción. La tragedia llegó un día en México. Burroughs, amante de las armas, trató de mostrar su puntería a un grupo de amigos solicitando a Joan que se pusiera un vaso en la cabeza. Ella hizo lo que le pidió y él, un Guillermo Tell bajo los efectos del alcohol, la disparó en la cabeza.  Toda generación tiene sus mártires, y Joan Vollmer Adams, al igual que su homónima francesa y heroína de la Guerra de los 100 años, asumió el rol.

Epílogo

 Apago el televisor, tras ver la película Kill your Darlings, con las voces que he ignorado resonando en mi cabeza. Orlowsky, Weiss, Cowen, Levertov, Whalen, Snyder o Leroi Jones entre otros, forman un coro de jazz desacorde mostrando su descontento con quejidos beat. Sin el valor suficiente para reconocerles mi total desconocimiento acerca de su legado, saco del cajón de la mesilla los tapones para dormir y, por fin, me derrumbo en mi añorada cama.

John Clellon Holmes (1926-1988)

Fragmento de GO.

“En este jazz moderno, escucharon algo rebelde y sin nombre que hablaba por ellos, y sus vidas conocieron un evangelio por primera vez. Era más que una música; se convirtió en una actitud ante la vida, una forma de caminar, un lenguaje y un disfraz; y estos niños introvertidos (marginados emocionales de una guerra a la que habían sido demasiado jóvenes para unirse, o en la que habían perdido su inocencia), que nunca antes habían pertenecido a ningún lugar, ahora se sienten por fin en algún lugar”.

Lawrence Ferlinghetti (1919-2021)

Es terrible un caballo en la noche

Es terrible
un caballo en la noche
parado y solo
en la calle tranquila
relinchando
como si un triste desnudo a horcajadas en él
le apretara con piernas calientes
y cantara
una dulce y alta y hambrienta
sílaba única

Bob Kaufman (1925-1986)

Misiones profanas

Quiero que me entierren en un cráter anónimo en la luna.
Quiero construir minigolfs en todas las estrellas.
Quiero probar que la Atlántida fue un sitio de veraneo para el hombre de las cavernas.
Quiero probar que la ciudad de Los Angeles es una broma que nos gastaron los seres superiores de un planeta simpático.
Quiero denunciar al Cielo, un sanatorio exclusivo, repleto de ricos psicópatas que creen poder volar.
Quiero demostrar que la Biblia se publicó en una revista romana para niños.
Quiero probar que el sol nació cuando Dios se quedó dormido con un cigarro encendido, exhausto tras una dura noche como juez.
Quiero probar de una vez por todas que no estoy loco.

Neal Cassady (1926-1968)

Carta de Neal Cassady a Kerouac

“He sostenido siempre que cuando escribes tienes que olvidar todas las normas, el estilo literario y demás presunciones como palabras importantes, oraciones arrogantes y frases por el estilo; es decir, saborear las palabras como el vino y, adecuadas o no, escribirlas por lo bien que suenan. (…)  El arte es bueno cuando nace de la necesidad. Tal origen es la garantía de su valor; no hay otro.”

Herbert Hunckle (1915-1996)

“Durante varios años tuve la confianza de que iba a caer en la locura, de hecho me he sentido siempre así hasta dónde puedo recordar. Una vez, cuando pensaba que iba a convertirme en escritor (era muy joven –unos catorce años), realizaba intentos periódicos de escribir poesía, y en ese mismo momento me daba cuenta por completo del sentido de la locura”

Carl Solomon (1928-2005)

La vida es

La vida es Gary Cooper peleando contra los árabes en su uniforme de la Legión Extranjera.
La vida es leer a Kierkegaard en 1948 en la biblioteca de la calle Cuarenta y Dos.
La vida es madre y tías y tíos y primos y el recuerdo del padre.
La vida es enumerar los suicidios y psicosis de éste y el otro.
La vida es indignación, indignación contra aquellos reales o imaginados
que se han vuelto ricos y exitosos y se fueron y te dejaron arrastrándote en la desesperanza.
La vida es analizar verbos y cepillarse los dientes.
La vida es jugar al Monopoly y al Scrabble, y al tenis y el ping pong y avanzar hacia el siguiente /destino.
Sobre todo, la vida es engañosa – cuando aquellos olvidados regresan, cuando encuentras viejos amores y nuevos odios y combinan inextricablemente el entretejido en un lienzo del cual uno nunca puede percibir el diseño maestro predominante.

Phillip Lamantia (1927-2005)

Para empezar entonces, no ahora

El tragaluz se anega
cuando tú entras en mi voz
llevando una caja de fuego
completamente silenciosa
te abres a la horquilla encantada
de los misterios del sueño

Gregory Corso (1930-2001)

Llegaste la última temporada (del libro Gasoline)

Llegaste y amasaste dulces de a penique con los dedos
Yo te robé y te deglutí
y mis pies aplastaron tu envoltorio en mil y pico calles
Me echaste los dientes a perder
Me sacaste granos en la cara
Nunca fuiste cosa saludable
Nunca fuiste lo que se dice vitamina
Me ensuciaste las manos
y como eras más pegajosa que el engrudo
no había manera de limpiarse…
Me manchaste bien manchado, desde luego.

Joyce Johnson (1935)

Fragmento Personajes Secundarios

“El movimiento beat duró cinco años y empujó a muchos jóvenes a imitar a Jack Kerouac y lanzarse a la carretera. A las chicas, la lucha por la libertad les resultó mucho más complicada. Con todo, aquélla fue mi revolución. Yo no me moví de Nueva York. Tan sólo dejé el barrio en el que había crecido y me mudé al sur de Manhattan. Y, por accidente, terminé acompañando a Jack Kerouac en el centro del escenario, donde estaba la acción, aunque siempre me sentí en los laterales”.

Diane di Prima (1934-2020)

Dentro de la otra

Me siento desvanecer
en tus manos, mi cabeza
se agacha un poco, siempre, con tristeza
una mujer
de El diablo en el cuerpo
o Symphonie Pastorale, más delicada
de lo que he sido.
Caigo en ello
fácilmente.
Estoy tan cansada.

Siento que me agacho.
En tu mirada, dejo
el ruido y la salud, me volteo
de un lado a otro
centelleando
casi desaparezco

en tu preocupación
y amor.

Joan Vollmer Adams (1923-1951)

Fragmento A Dream Record: June 8, 1955 de Allen Ginsberg

Entonces supe

ella fue un sueño: y le pregunté

— ¿Joan, qué clase de conocimiento tienen

los muertos? ¿Ustedes pueden amar aún a

sus conocidos mortales?

¿Qué recuerdan sobre nosotros?

Ella se desvaneció ante mí– El instante siguiente

vi su lápida sepulcral manchada por la lluvia

tras un epitafio ilegible

bajo la retorcida rama de un pequeño

árbol entre la hierba salvaje

de un jardín que nadie visita en México.

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