Curso de levitación intensivo, nuestra vuelta a la soledad buscada

Entonces pasábamos las tardes cerrados en nuestra habitación poniendo vinilos con aquel extraño ritual de lo habitual y los escuchábamos en bucle, disfrutando de la soledad, leyendo y escribiendo algo. Los inviernos eran largos y no había más contacto exterior que el teléfono o el portero automático. El tiempo era un continuo en el que flotábamos pacientemente admirando a nuestros ídolos.

Y ahí surgió aquel maxi single “Senda ‘91” que me recordaba aquel “No más lágrimas” catárquico con mi hermano pequeño a hombros, tardes investigando los surcos, las fotografías y textos de aquel recuerdo en directo y del exitoso “Senderos de traición” cuyo vinilo era igualmente impecable y en el que siempre caía en la creciente “Hechizo”, gritando aquello de “vámonos de esta habitación al espacio exterior, se nublan los ojos todo de un mismo color mientras todo da igual”… hasta que explotaba en una cuenta atrás sin que mi familia lo supiera.

El hecho es que han pasado treinta años en los que hemos visto a Bunbury en casi quince ocasiones, solo y con Héroes del silencio, junto a cien mil personas y en pequeños clubs o pabellones, en sus propuestas de rock fronterizo, de folk latino, de sonidos zíngaros, de rock electrónico con esencias industriales, de canción latina, de lo que le ha dado la gana.

Y le hemos seguido porque confiamos en su brújula, porque su música no entiende de prejuicios, porque “no tengo dueño, no soy tu esclavo, un poco tuyo y de todo el mundo”, porque tiene un bello dolor que compartir. Le hemos seguido solteros, enamorados, divorciados, con hijos, solitarios, en los momentos álgidos y cuando hemos caído con todo, en la presuntuosa juventud y en las primeras canas y dolencias, en la pérdida de seres queridos y el amor de los nuevos.

Este maldito año nos ha deparado dos obras enormes de Enrique Bunbury, “Posible”, sobre la que ya dijimos en junio que el músico aragonés parecía haber hecho un “curso acelerado de rock electrónico melancólico y pausado” para conseguir lo que seis meses después suena ya como un clásico, y ahora “Curso de levitación intensivo”, en el que nos regala la vuelta a la infancia, adolescencia y juventud cuando nos zambullíamos en los álbumes extrayendo sus influencias, viendo los agradecimientos… y siguiendo la historia que contaban porque el rock tiene que contar historias de un modo conceptual, ser coherente y permitirte pasar semanas y meses sin salir de ese país de las maravillas que propone el artista. Vuelta a la vida analógica: slow life.

Ante dos discos conceptuales estamos en el año más convulso que la mayoría recordamos -y permítaseme sin pudor el término disco, aunque lo escuchemos en otro formato-, un regalo en dos etapas para ayudarnos a pasar este tormento. Luego llegarán las giras y el abrazo, la comunión y la emoción compartida.

Como con “Posible”, nos hemos tomado unos días para digerir y sentir “Curso de levitación intensivo” y he de decir que la producción es impecable como siempre pero la textura de sonidos se hace cada vez más sutil, encajando perfectamente la batería de Ramón Macías -que es un absoluto genio y aquí llega a sonar como un baterista de jazz o afro beat en la sincopada “La gran estafa” o en “El pálido punto azul”, canciones en las que se atreve a enfrentarse cara a cara con el saxo entre Twin Peaks y el inconmensurable adiós “Blackstar” de David Bowie, que ya apareciera en “Expectativas” y su gira y se hiciera dueño del barrio en “Posible”… Dueño, no sin pelea o más bien baile sugerente con la electrónica y las guitarras que no han desaparecido -riffs envolventes y mágicos que entran cuando deben, como en el final de “El día de mañana”.

Porque en esta última entrega de autor de Bunbury lo primero es recalcar que estamos ante MÚSICA para amantes de la MÚSICA, el debate sobre el rock, el folcrore latino, la electrónica y los giros ya está superado y lo comentamos hace seis meses.

Bunbury está definitivamente en el lugar de los elegidos que crean lo que quieren cuando lo sienten y a ese reto nos debemos si nos atrevemos a jugar.

Su voz y textos, cada vez más aferrados a la realidad, emergen ya sentado en una butaca, desde un púlpito, una caverna o lo más hondo de sí mismo, sabedores de que maneja los tonos más altos y la mayor grandilocuencia pero también esos bajos al alcance de Cohen, Cave -pocos más- y esas letras en las que hace mucho que perdió el pudor a que le veamos las heridas.

¿Canciones?, ¿”N.O.M”, “El día de mañana”, “Malditos charlatanes”, “Tsunami”, “El pálido punto azul”…? Enormes y destinadas a crecer pero es lo único que no podríamos contestar, el rock conceptual desde hace cincuenta años no tiene single -de hecho, no se descubrió nada hasta el lanzamiento del álbum-, es la seguridad y calor del contador de cuentos, es el tiempo continuo de la habitación adolescente de la que no deberíamos haber salido. Gracias por devolvérnosla.

“Expectativas” World Tour, Madrid diciembre 2017