Rayo

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Entre mesas de etiqueta y anillos sobrevolando,

copas rotas y vacías pidiendo entrar de nuevo en contacto con los labios

de invitados borrachos de calor y tiroxinas,

dos vestidos se asomaron subordinados a una sola mujer.

Maqui de la Sierra de Cuenca, pelo negro con flequillo.

Pechos a flor de piel barnizados por el rostro de Calíope.

Con Sten en mano me hablaste y por una vez escuché, mi cabeza no está habituada.

Me lo reprochas y lo sé, mis neuronas epilépticas no se saben estar quietas.

Sílabas, saliva y los movimientos de nuestros pies al son de una banda.

Homenaje a las citas de antaño en los bailes de verbena al son de “No puedo volver atrás”de La Gran Orquesta Florida.

Custodiados por cómplices crepusculares nos fugamos a cincuenta metros cuadrados de la vetusta ciudad.

Allí, entre paredes naranja memoricé tu cuerpo trigueño

recorriendo los senderos que fluían a los atajos más profundos.

Convertiste con paciencia la oscuridad en dulces grises,

con la sal del mar que tanto adoras me curaste a fuego lento las heridas

que desde tiempos inmemoriales azotaban las costas interiores

erosionando y deformando mi concepto de yo.

Cicatrices que son tatuajes que son gratitud por aprender a conjugar el verbo amar,

bien que en tantas ocasiones encerrado en el Grande Chartreuse.

Renunciaste a los juncos verdes del río de Allan Poe por el trigo seco que crece junto a la espuma.

A los bares de mediodía, a tu gente y a las tardes frías colgadas en percheros cercanos.

Tu cosmos natural.

En la Tierra de Dios, Riad con aroma a hierbabuena y jardines de Saint-Laurent,

fuimos Nagas, invencibles e inmortales, sin opción a engaño,

hasta la muda de piel que mostró la carne viva.

Vulnerables en d­ariya.

Y perdimos un inicio inesperado que tu valentía transformó

en nudos tejedores que hoy son la red que protege las acrobacias cotidianas.

Vivir, follar, dormir.

Noches de insomnio bajarían pronto de las montañas cuales lobos famélicos,

uno, dos y hasta tres intentando desgarrar con risas y llanto la cordura casi perdida.

Tu ternura y locura, tormentas de verano que traen consigo el perfume de la tierra, amansaron la jauría en busca de caracoles.

Aquí soy.

Reflejo de las palabras que escondes, endeudado con tus gestos, ávido de dos rombos.

Y aunque te empeñes en silbar a la huesuda, reclamando su atención,

desfallece sirena, que las frases del paso del tiempo han perdido la memoria.

Antes seré árbol partido en dos y las dos partes son tuyas.

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