Nirvana Madrid 94, autocrítica a una crítica pixelada

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“Birds scream at the top of their lungs in horrified hellish rage every morning at daybreak to warn us all of the truth, but sadly we don´t speak bird”

Kurt Cobain

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https://open.spotify.com/playlist/4Hk6lMVjNmTJQ09Orp7VV9

Esta es mi experiencia de aquel día. El es un Psycho Killer. Las víctimas suelen desaparecer sin dejar pista alguna para los detectives salvajes de mi memoria. Lupa en mano me adentro al lugar del crimen con la lección aprendida de ocasiones anteriores. Las certezas y lo equivocado establecen una relación endosimbiótica impenetrable y las huellas son un reflejo borroso del test de Rorschach. La resolución del mismo, por tanto, no garantiza respuestas satisfactorias. Abrimos caso.

Cerca de los 22 años, acudí a un concierto que, visto en la distancia, significó mucho en su momento, aunque revisado hoy, seguramente por razones equivocadas. De Nirvana poco hay que decir que no se haya contado ya. Una de las escasas bandas con ticket directo al Olimpo del Rock. Sobre Kurt Cobain, convertido hoy, para muchos, en lo que más odiaba, un icono destinado a la cultura del consumo, menos aún. Las páginas que vomitó en el camino y quienes fueron capaces de traducir su complejidad son el código genético donde asomarse a las puertas protegidas por la rabia de Cerbero de su incontestable dulzura. Un genio con pies de barro y alas rotas cuya sensibilidad arropó a una generación perdida en dicotomías insustanciales.

El 8 de febrero de 1994, martes bajo el signo de Acuario, me planté a las 20:00 horas de la noche en el Palacio de los Deportes para ver a Nirvana. Pronto pude constatar que mi obsesión enfermiza por la puntualidad me iba a salvar de no cometer la duodécima mayor estupidez de mi vida y contrarrestar los estragos de mis despistes continuos causados por mi nula capacidad de concentración. Señores adornados con maletín, familias con niños y personas mayores contemplando los edificios de la capital aparecían, a ritmo de travelling, en una secuencia pausada proyectada en la pantalla de mi campo visual. Nada de jóvenes melenudos desgreñados jugando a ver quién tenía el corazón más desgarrado o famosos de medio o pelo completo disfrazados para la ocasión. Tampoco se observaban los puestos de camisetas habituales en estos casos o la señora con su nevera repleta de cervezas. Y ya podía haberme quedado a esperar que nunca hubieran aparecido. Pregunté al primer ser sujeto que se cruzó en mi camino y, mirándome con cierta conmiseración, apuntó que allí no estaba el Pabellón del Real Madrid. Que esto era el Palacio de Deportes y que mi destino estaba bastante alejado, más aún, dijo, si mi idea era ir andando.

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Me cagué en el Real Madrid, nada fuera de lo habitual por aquellos tiempos, y en el señor que muy amablemente asumió mi incapacidad de pagar un taxi y quedarme sin el dinero reservado para la adquisición de algún recuerdo del concierto que, por supuesto, no pude comprar. Ni el club ni el señor tuvieron culpa alguna, pero uno no puede soportar el peso de sus errores en su totalidad a riesgo de acabar dando pogos bajo tierra. También podría haber cogido el metro, pero en la medida de mis posibilidades, este es un trasporte que prefiero evitar por razones que no viene al caso (como todo lo que estoy contando pensaréis, y no sin razón) *

Forward !!

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Estuve esperando en la fila, con pose beat, mi turno para entrar. Inquieto. Huérfano de un libro de Kerouac o Allan Ginsberg con el que escudarme y proyectar a su vez una falsa aura de intelectual despreocupado con ganas de entrar al ring para disputar una velada amañada. En esta ocasión mi única compañía eran una vieja libreta y un bolígrafo, ya que tenía que escribir un artículo del concierto para la revista de mi universidad. Poco más necesitaba para verme como el nuevo Lester Bangs. Ya había sido el nuevo Salinger con anterioridad tras dejar atrás a Rimbaud. Incluso pretendí sustituir a Ketih Moon en los libros de historia tras un día de ensayo (la batería la vendí un mes después).

*Recomendación del autor: Si tenéis cosas más importantes que hacer como terminar esa lasaña de calabacín o bañar el enano del triciclo que lleva todo el día llorando este es el momento de dejar de leer. No perdáis vuestro tiempo. Hay estupendas críticas escritas de aquel del concierto del 8 de febrero.

La mayoría de los eventos culturales a los que asistí en mi adolescencia/juventud los realicé conmigo mismo. La razón principal, el poder apreciar en su totalidad la experiencia sin la confusión que implica una segunda piel. La realidad, el bombardeó de noes con los que las musas respondían a mis invitaciones. Quizás debía haber solicitado la compañía de Boodah, pero me temo que ya estaba cansado de los continuos vaivenes de su compinche de Aberdeen (en busca de una reconciliación, desde una mansión de estilo Queen Anne en el bulevar Lake Washington, su compinche le dirigiría su último escrito).

Al poco de entrar en el recinto, ya casi a rebosar de las 4500 almas que acuden dispuestas a devorar las hostias que la banda repartirá en esta singular liturgia oficiada por quién nunca pretendió ser el sacerdote de ninguna congregación, observo a una pareja cerca de las escaleras que suben a la zona VIP. Él cigarro en mano, ella iceberg en llamas. Ray Loriga y Christina Rosenvinge hablaban animosamente con otro tipo que no para de disparar fotos a un lado y al otro como un francotirador tras un festín de hongos mazatecos de psilocibina. No dudé en aproximarme, al fin y al cabo, ya me sentía compañero de viajes del escritor de “Lo Peor de Todo” y “Héroes”. Con alguna frase ingenios interrumpí la conversación y, sin paños calientes, su indiferencia y silencio me retrató cual polizón y expulsó a mi lugar del concierto. Directo a la sien.

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Bang Bang. No soy Lester Bangs. Y el tipo de la cámara, esto me dolió aún más, no gastó ni una foto en mí. Unos años, pensé, y ya verás Ray como me invitas a tu casa para recibir mi opinión sobre nuevos proyectos mientras juego con tus hijos y hago reír a tu mujer. *

Fui a mi asiento (o encontré uno libre, creo que no había diferencia entre las entradas de pista y grada). La sociedad se podría dividir, entre otras cosas, en los que eligen pista y los que prefieren grada. Yo soy de los segundos y prefiero no hace cábalas de lo que esto supone ya que los primeros adjetivos que surgen por asociación nacen con dientes afilados.

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Localización escogida: Primera fila, hacia el fondo, al lado izquierdo del escenario.

*Christina Rosenvinge es, sin lugar a duda (esto lo digo hoy como disculpas sinceras a quien no supe mirar), una de las mujeres de mayor talento de este país. La auténtica reencarnación del Nokke. Sería sacrificio para sus melodías cualquier día de la semana.

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“This is Major Tom to Ground Control”

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Pasadas o antes de las 21:00 horas salieron los teloneros, Buzzcocks. Mis conocimientos de esta banda se reducían a cero y los actuales, tras cinco minutos de investigación exhaustiva por la web, se reflejan en esta reseña de Buzzcocks en Wikipedia.

No podría haberlo resumido mejor (o sí, pero con esfuerzo). Y perdón a los eruditos por mi ignorancia.

Su actuación fue directa y contundente. Salieron como los toros en San Fermín, cada tema un cohete hasta llegar el último que anunciaba el fin del peligro porque ya regresaban a los corrales y podía continuar la fiesta. Grata sorpresa e instantáneo blackout. Un año y un día después, en la mítica sala Revólver, tuve una experiencia parecida con una banda llamada UK Subs. Acompañado de un partenaire que al día siguiente marchaba a las Antípodas, disfrutamos de un concierto, junto a cuatro monos y Manu Chao, que bien podría haber sido una continuación del acontecido el año anterior por sus compatriotas.

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Momento Amy Wintour:

Kurt Cobain (voz y guitarra) luce un aspecto desaliñado, con su pelo más largo de lo habitual, vaqueros desgastados y una camisa infinita de color rosado sobre una camiseta gris. Una licencia de mi imaginario le atribuye una Converse All Star como toque final. El sonido de la noche corresponde a una Feder Mustang para zurdos blanca y roja y sus desgarradas cuerdas vocales.

Chris Novoselic (bajo) viste una camiseta del Gato Félix y unos vaqueros, ambas prendas negras, que, en su cuerpo de dos más de dos metros de altura, le dan un aspecto juvenil. El pelo corto augura una pronta deforestación. A la altura de sus rodillas el cuerpo de una Ibanez Black Eagle.

Dave Grohl (batería y voces) desafiando a Molière se le adivina una camiseta amarilla parapetado tras su Tama, donde su melena sobresale sobe todo lo demás. La segunda voz no aventuraba su éxito posterior que a todos pilló desprevenidos.

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03.02.01.00. Se apagaron los focos del viejo pabellón y la nada devoró el minimalista escenario a la espera de escuchar un nuevo nombre que rompiera el hechizo. Imaginé a Vetusta Morla desde su pantano de la tristeza aguantando la respiración porque todo lo conoce. La maldita costumbre de tener que adornar la realidad con mis propias películas de Super 8 a base de Mcguffins recién salidos del horno que poco o nada aportan al hilo argumental. El silencio, con efecto dominó, fue creciendo en todas direcciones, sólo interrumpido por algún que otro grito ajeno al trance colectivo, hasta que, tras el humo de tabaco y otras sustancias que flotaban como el cielo contaminado de Madrid, se rompió en mil pedazos cuando los 3 miembros de Nirvana, acompañados por Pat Smear (exguitarrista de los Germs) y Melona Creage (sustituyendo al chelo a Lori Goldstein) hicieron acto de presencia. Y volvió la luz. O las luces. Una más oscura parecía acompañar al frágil componente que acaparaba todas las miradas. No así el reflejo de esta que, al igual que los efectos de la luz solar, deslumbró todo el espacio dejando un efecto permanente en nuestros ojos y visión.

Radio Friendly Unit Shifter, al igual que en la mayoría de los conciertos de la gira de In Utero, fue la escogida para acometer la carga con la que saciar los deseos de su entregado público. La elección desconozco si fue elegida por su título, contenido o por un “penny” al aire. Fuere lo que fuere funcionó. A partir de ahí, mezclando repertorio de sus dos últimos discos más alguna inclusión de Insecticide y Bleach, un tsunami de canciones arrasó la orilla sin tiempo o ganas para escapar. Ni los refugiados en las azoteas se libraron del impacto natural de las olas que, arriba y abajo, trasportaban las notas cargadas de esa rabia endulzada que había conquistado a una generación. El olor a espíritu adolescente en su mayor expresión. ¡Cómo habría disfrutado Andy Warhol! Y K. Donald tapándose la nariz.

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En las parcelas de nuestros padres, en el extrarradio burgués de la ciudad, nos reuníamos el grupo de amigos para charlar sobre la vida y el fútbol, discutir sobre libros y grabar maquetas más cercanas a Daniel Johnston que a nuestras bandas de cabecera. Soñábamos con volar del nido y conformar la nueva generación de artistas que, sin dejar prisioneros, tomara por sorpresa la Torre de Babel. La mayoría de nosotros, el nido, lo construimos a cien metros de distancia succionados por lo que, en nuestra juventud, pretendíamos denostar. Y tan bien.

Pronto quedaron claros los roles de cada uno de los miembros de la banda. El líder espiritual no tenía discusión, ya que venía sobrevenido por años de penitencia y milagros, pero la voz cantante pertenecía al gigante bajista que, haciendo honor a su ascendencia, se removía por el escenario reviviendo a los grandes jugadores croatas que habían pisado esa cancha en los añorados Torneos de Navidad. De él salieron las escasas frases que fueron dirigidas a la audiencia, entremezcladas con alguna palabra en perfecto castellano macarrónico sin sentido alguno. El joven larguirucho que se emborrachaba en Zadar y que más tarde, ya de vuelta al hogar, practicaba frente al espejo junto a Buzz Osborne (a la postre guitarra, compositor y cantante de Melvins), estaba en el lugar exacto en su momento adecuado. Y vaya si lo estaba disfrutando. Dave Grohl no se quedaba atrás, incluso llegó a saludar o despedirse, pero la maldición del batería hacía que, desde mi distancia, su performance se redujera a lo más importante, el tronar pluscuamperfecto de sus baquetas sobre la aleación de bronce y parches que le abrazaban como señal de agradecimiento. Hay que cuidarse de los patitos feos, al regresar el otoño siguiente al estanque, quizás descubras que, aquel pequeño animal que había llegado el último es ahora un referente de la escena alternativa. Pat Smear lo sabía, y, su talento alguien no lo iba a olvidar. Y la chelista, bueno, la chelista tocando el chelo y pensando en tiempos mejores.

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Disfrutar del espectáculo y ver sufrir al mismo tiempo a quién capitanea la función resultó gratamente desazonador. Casi todos los que estábamos allí éramos conscientes de que Kurt Cobain, parafraseando a su yo futuro, hacía ya demasiado tiempo que no se emocionaba “ni escuchando ni creando música, ni tampoco escribiéndola, ni siquiera haciendo Rock’n’Roll”. Y parecía no importarnos con tal de seguir exprimiendo el jugo de sus esencias. Y si era en plena crucifixión mejor que mejor. Era habitual en esta etapa en la que se encontraba viajar sólo, aislado del resto del grupo, y su aparición en las entrevistas televisivas y radiofónicas hacía meses que habían pasado a la historia, dejando el peso de la promoción al dúo restante. Ni siquiera su mujer estuvo a su lado en esta ocasión. Odiaba y amaba todo y todos por igual.

Los demonios llevaban demasiado tiempo rondándole la cabeza, recomendándole atajos hacia el acantilado para evitar los baches del camino. Las fuerzas estaban al límite y la pesadilla en la que se habían convertido los conciertos sólo aumentaba el diámetro del agujero. Qué doloroso debió ser morirse poco a poco frente a miles de personas botando a tu alrededor mientras corean un nombre al que ya no respondes. No me siento culpable, pero sí infinitesimalmente cómplice.

La buena noticia, sólo le quedaban 14 conciertos más. La mala, sólo le quedaban 14 conciertos más.

Una vez terminaron los últimos riffs de Heart Shaped Box y abandonar el escenario tras despedirse cada uno a su manera (un salto, unas reverencias, el uso de la mano y un ligero movimiento de cabeza) volvió la calma tras la tempestad. Y esa repentina serenidad en forma de marea rápidamente empezó a arrastrar los recién construidos castillos de arena hacia el mar dejando atrás el recuerdo de algo que presumiblemente fue glorioso pero que ya no podría rescatar en su totalidad.

El camino de regreso a casa de mis abuelos son sólo píxeles del tamaño de un melón.

Post Scriptum: La crítica para mi universidad fue un fusilamiento camuflado de un artículo que apareció en la mítica revista Popular 1. Mi arrepentimiento no es del todo sincero, aunque si real.

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Son las doce pasadas de la madrugada y, frente a la computadora, mientras escribo estas líneas encargadas por alguien al que quiero y admiro, no dejo de preguntarme el porqué, a pesar de la profunda admiración que me produce Kurt Cobain y lo importante que fue Nirvana en una etapa de mi vida, apenas suenan ya en mi día a día. Ahora, en la 2, por ejemplo, están emitiendo el MTV Unplugged: El libro de las mutaciones de Enrique Búnbury (abstenerse haters, no estoy haciendo comparaciones, sólo relatando hechos) y este es un artista que nunca me ha abandonado ni yo a él. No tengo respuestas a mis interrogaciones. Quizás él también hubiera preferido ser el padre de tres hijos, con un trabajo normal y una mujer maravillosa escribiendo desde su casa sobre aquel día que acudió a ver los últimos coletazos de una época. Quizás no. Seguramente no. Los genios vuelan por distintos cielos. Sólo le faltó hablar con los pájaros.

Vídeo del concierto de Nirvana el 8/2/1994 en TVE

El poeta y músico o músico y poeta Mr. Leonard Cohen, el hombre del traje y mi amor platónico de la infancia, juventud y ficticia madurez, escribió a los 15 años esta autocrítica que hago mía a los 46. Entre su imperecedera pluma y mi prescindible teclado hay 149.597.870.700 metros de distancia.

“Este texto me abochorna. Tengo suficiente sentido del humor para ver a un joven siendo infiel a Stendhal, entregado a la auto dramatización, que sale para tratar de bajar una incómoda erección. Quizás la masturbación habría sido más eficaz y menos fatigosa”

Un joven cantante llamado Kurt Cobain, dijo en otra ocasión:

“Lo que hice fue colocar pedazos de poesía y solo basura y material que me encantaba en aquel entonces, y muchas veces escribo letras sólo en el último minuto porque soy muy perezoso, entonces… entonces no entiendo por qué la gente intenta buscarle algún significado”.

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J. Díaz de Cerio Jackson

(Gracias a C.M. por su ayuda con espirales rococós)