“Es necesario decir de la muerte: puerto terrible donde embarcamos solos
en lo que zozobra
hacia lo que zozobra”
Sobre la idea de una comunidad de solitarios, Pascal Quignard
A priorismo 1: este no es un texto sobre la tauromaquia. No es un texto a favor o en contra. No es un elogio o una denostación. No es un análisis histórico, ni siquiera sociológico o antropológico. A priorismo 2: este es un texto sobre la Muerte, sobre la Verdad de la Muerte, sobre las Posibilidades de la Muerte, sobre las Apuestas contra la Muerte. A priorismo 3: este es un texto sobre dos toreros: el que salta al ruedo en la plaza a las cinco de la tarde y el que firma, desde la más estética y perturbadora de las poesías, la película que filma al primero: Albert Serra (Banyoles, 1975) y Roca Rey (Lima, Perú, 1996). A priorismo 4: este es un texto sobre Tardes de soledad, la película-arrebato-lírico-documental que ganó la Concha de Oro en el 72 Festival de San Sebastián y que no ha dejado de cosechar premios y elogios en todos los festivales en los que se ha presentado con posterioridad (“los credos solo existen gracias a lo inefable”*).

Cuando Albert Serra defiende su apuesta por el encargo de un (este) documental explica que el reto era solo uno: mostrar lo no-visto, filmar desde un lugar distinto, olvidar (como, por otra parte, hace siempre) la búsqueda de la complacencia del espectador (y del aficionado, y del activista antitaurino), y lanzar a nuestros ojos (¡y oídos!) una lucha (desigual o no es casi otro apriorismo que voluntariamente esquivo) que es, en realidad, una atroz metáfora de nuestra propia lucha: la de la Vida contra la Muerte (“Que quiero morir, porque quiero vivir, / y por eso vivo muriendo. / Que la muerte no es la tragedia, / que la tragedia es el nacimiento” *).
Si Roca Rey fuese un poeta uruguayo tal vez le espetaría a la Muerte Más Bella el mismo “muer-te-pu-ta” que le lanzaba a la cara Oliverio en El lado oscuro del corazón (Eliseo Subiela, 1992). Si Roca Rey fuese una trapecista en el Berlín de antes de la caída del muro (“nazareno de las arenas, trapecista de soledades” *) tal vez se descolgaría las alas en su carromato y un ángel caído se las recogería (El cielo sobre Berlín, Wim Wenders, 1987). Pero Roca Rey, el hombre impasible (¿es posible retar a la muerte a diario y no vivir en trance?), el hombre indescifrable, el hombre hermético, el hombre ensimismado, el hombre en busca del sentido de la vida (¿habrá un arte más existencial que el del toreo?), el torero silencioso, el inasequible (“se torea como se es” *), el del sentimiento trágico de la vida, el que sufre por el dolor de la no-trascendencia cuando la tarde sale mala, el que se ofrece como dádiva autoimpuesta (“se torea con Dios dando vueltas alrededor” *), el del manto de oscuridad (su única queja durante toda la película es esa luz en la cámara permanentemente encendida en los trayectos hacia/desde la Muerte), el que se flagela en un autocuestionamiento constante (su satisfacción por las faenas se desvanece muy rápido), el de las cornadas tras las que se levanta y ensangrentado y con el traje desgarrado y con la mirada nublada, sigue toreando, es sólo un torero, un torero taciturno, un torero silente en la más hopperiana de las soledades. Roca Rey es sólo un hombre empapado en sudor y sangre. Roca Rey es sólo la encarnación (voluntaria) de un gladiador cristiano veinticinco siglos después (“la plaza es solo el desierto donde el santo se encuentra a solas con su alma” *).

La “diferencia-Serra” (excelencia, diría yo) en esta película ahonda en una de sus corrientes de fondo habituales: la decadencia; el mundo que, lo sepan (o acepten) o no sus protagonistas, se termina. Así fue en Liberté (2019), así era en sus desorientados Reyes Magos (El cant dels ocells, 2008), así se miraban el Alto Comisionado francés y el comandante del submarino en Pacifiction (2022), y así veo y siento esta exaltación poética de las caras de la Muerte en Tardes de soledad (2024). Nadie pudo filmar así las corridas de toros antes porque la técnica no lo permitía y tal vez nadie lo podrá volver a intentar de aquí a unos años (¿alguien duda de la pervivencia de las corridas de toros en un futuro próximo?). Serra, el elegido, el ungido, sirve a/con Roca Rey un poema expiatorio que a mí, como espectadora, me resultó epifánico y que a mi alrededor cosechó tanta fascinación como rechazo (“Se torea en verso. El toreo es la métrica de las pasiones, la guerra hecha endecasílabos” *).

Tardes de soledad es un ejercicio de hiperrealismo hipnótico en el que se produce un extraño ballet simbiótico desde que se abre la puerta de cuadriles y Roca Rey afronta la posibilidad de la Muerte: la humanización del toro y la animalización del torero (que resopla y brama y afila labios y mirada como en un espejo del animal), el condenado y el verdugo que en cualquier lance pueden intercambiar su papel. El retrato estético del ritual sacrificial del animal se muestra, en planos muy cerrados, a partir de los valores que convoca el arte del toreo y de la exposición íntima de Roca Rey (“Yo no sé cómo no me ha pasado nada…” repite varias veces en su regreso al hotel tras una tarde de morder la arena). Esa disposición suya hacia la Muerte (“¿quién me prohíbe salir en busca de una muerte hermosa?” *), esa apuesta comprometida por la inmolación más allá de todo narcisismo (“Sed de espanto, sed de horror y sed de piedad, ansia de ser nada”*), puede leerse como humildad, sencillez, imprudencia e incluso rebeldía en esta narrativa cinematográfica de Serra que muestra al torero siempre en el abismo (“torear es vivir muriendo”*), oscilante entre la heroicidad y el masoquismo (“Olvidarse de tener cuerpo, es lo único que hace falta para torear. Querer morirse, es lo único que hace falta para torear” *).
En Tardes de soledad no hay público, no hay aficionados, no hay tendido ni barrera, no hay presidencia a la que rendir pleitesía, la presencia humana es sólo la que pisa la arena: Roca Rey, su cuadrilla, y en algunos (y cruciales) instantes, el resto de toreros de la plaza (“la majestad del toro y el torero nacen del gusto de ambos por la soledad” *). No hay folclore que empañe “la Verdad Plena”: el baile íntimo es a dos mientras Sibelius y Saint-Saëns se fusionan con la magnética música de Marc Verdaguer, la mirada se sostiene (“entre el toro y el torero siempre palpita un secreto, secretean, hablan, cantan bajito, susurran” *), la respiración se entrecruza (gracias a la maestría en el uso del sonido de Jordi Ribas), la sangre se mezcla y traspasa de uno a otro en una transfusión exquisita en la fotografía de Artur Tort (“la sangre derramada no es para los reyes sino para los dioses” *), la cámara se detiene, tan espiritual como impasible, una y otra vez en la(s) herida(s) que llama(n) a la Muerte. El hombre y la bestia. La mística, cruda y fascinante del toreo en la que, en palabras de Ignacio Sánchez Mejías, “la emoción salta por encima de la sangre hacia la belleza”. La iconografía clásica (Roma, Creta) y el desgarrante y ceremonial tránsito hacia una Muerte subrayada en cada plano, tanto la del toro (las pezuñas que arañan la arena, la lengua encharcada, la sangre en el lomo, el hocico renqueante: “el toro nunca actúa, el animal es la Verdad y ahí reside su poder divino” *) como la, sólo apuntada, del torero (las veces que muerde el albero, la cogida contra el burladero, su sangre también manando: “No se torea para jugarse la vida, no se trata de una margarita deshojada, se debe torear, como Belmonte, con ganas de morirse, conscientemente, o sembradas las ganas de morir en los surcos del inconsciente” *).
La soledad, en Tardes de soledad, es triple: la del toro entre la lucha y la agonía y la embestida mareada y la fatalidad (ese escaparse del alma reflejado en unos ojos que no terminan de cerrarse); la del torero entre el coraje, el miedo, la rabia, el valor, la furia, la-llamada-de-la-Muerte; la del cineasta outsider, inconformista, comprometido con la Verdad del Arte Cinematográfico (nada que ver con la multiproducción de películas prescindibles que alimentan el ciclo hamsteriano de la industria y adocenan al espectador). Roca Rey, incluso estando acompañado, es un hombre solo. La liturgia del vestirse (y desvestirse) de luces, con la ayuda de su silencioso mozo de estoques, es tanto de una poética homoerótica y queer (tadziana en su joven piel desnuda), como religiosa. La cuadrilla, especialmente en las exhortaciones (que no conversaciones) en los trayectos de regreso al hotel, son un coro odiseico tan entrañable como grotesco, que ensalza ad nauseam la genitalidad testosterónica del hombre que se enfrenta a la Muerte. Por no haber, a diferencia de en tantos documentales, no hay ni voz en off, ni contextualización geográfica ni cronológica, ni ningún recurso técnico que distraiga al espectador, que le dé aire, tampoco ninguno que lo guíe hacia ningún posicionamiento ideológico preestablecido: horror y belleza, barbarie y compromiso, arrogancia y valor (“estéticamente hablando, lo inmoral deviene ético porque educa la inteligencia. Es lo moral lo que la petrifica”*). Serra parece lanzarnos un imperativo al ruedo de las salas de cine: la concentración del que mira la película debe equipararse a la concentración de quien torea, la comunión espectador-película debe igualar la comunión toro-torero: la trascendentabilidad de la Muerte, el placer visual incluso en lo terrorífico, debe alcanzarnos.
Serra apuesta por la repetición, por la inevitabilidad (para el neófito taurino) de la confusión entre una faena y otra que parecen miles y son una, o dos, o tres, mil veces ejecutada, mil veces repetida, mil veces ofrendada al demiurgo que vela por Roca Rey y que no es el público, ni la cuadrilla, ni siquiera la Virgen que se queda en el hotel, y que quizás sea el destino, el azar, la suerte (“el toreo es la lógica de lo sobrenatural y hasta de lo irracional” *). Los dorados de la arena, los matices del color del vino en la(s) sangre(s), la vistosidad colorista, barroca, de los trajes de luces, devienen un cuadro desafiante y expresionista en el que el espectador teme o espera escuchar de un momento a otro el grito que pintó Edvard Munch. Roca Rey, en Tardes de soledad, es sólo un hombre que torea. Y que torea de nuevo. Y que vuelve a torear. Roca Rey es Sísifo cargando con una piedra bovina hasta lo alto de la montaña para descubrir al día siguiente que ha vuelto a caer y debe volver a torear. Roca Rey es el ciclo de la desesperanza de Jeanne Dielman y las mondas de patatas un día tras otro en la mesa de la cocina (Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles, Chantal Akerman, 1975). Roca Rey es la encarnación del eterno retorno nietzschiano girando alrededor del bucle agónico de la Muerte una y otra vez. Roca Rey es Marilyn y Mao y Elizabeth Taylor y la sopa más famosa del mundo en los pinceles de Andy Warhol. Roca Rey es un melancólico y tantas veces reproducido grabado de Alberto Durero, una recreación infinita e infernal de los círculos dorérianos de Dante. Roca Rey es, en Tardes de soledad, puro fatum multiplicándose en cada nueva faena (“en el toreo lo trascendental gana la zancada a lo universal”*). Y Albert Serra es un trasunto bolañiano narrándonos una nueva versión de La parte de los crímenes (2666, Anagrama, 2004), manteniendo la distancia del flâneur con lo mirado, reflejándose (quizás) en los ojos del toro primero, el de las primeras imágenes en la dehesa, el que en la noche (nos) habla en un mugido suave que en nada se parece a los bufidos que escucharemos en la arena, para sumergirse después en la mirada en trance de Roca Rey al subir a la furgoneta tras la faena y saberse, todavía, vivo (“los locos dan la réplica a la inexistente sed de profetas” *).
En plena ola tanto de corrección política como de censura artística (esa frontera difusa en la que las ideologías se entremezclan), Tardes de soledad da la espalda a ambas apostando por lo sagrado y lo brutal (y que cada cual etiquete allá donde prefiera), por el rito atávico y plástico de las embestidas (“allí donde se dirime la vida y la muerte se abre siempre un código de honor” *), por la seducción visual del gesto íntimo, por la obsesión caravaggiana de los claroscuros interiores del torero, y por la transferencia del compromiso (heroico) con/contra la Muerte de Roca Rey y el del audaz e ingobernable Serra con el Arte (“El Amor, que es el bien de la muerte, embellecido por la crueldad, el Arte”*).

Tardes de soledad termina pero no se acaba. Como espectadora no salí de la película tras los títulos de crédito, permanezco atrapada, arrebatada. La muerte, la Muerte, no se agota. Los ojos nublados del toro siguen clavados en mí, el trance del torero todavía vivo abismándose en sí mismo y preguntándose el por qué es un eco que sigo escuchando y la violencia estética, perturbadora y adictiva, de Serra se desborda, veroniqueando, en mi recuerdo.
“A los tozudos de la sensiblería les digo que el toro está hecho de una pena y una soledad tan sobrenaturales, la fuerza de su agonía es tan inconmensurable, que robarle al toro su muerte sería como cometer blasfemia”*.

(*) Todas las citas pertenecen al tríptico belmontiano de Angélica Liddell Solo te hace falta morir en la plaza (La Uña Rota,2021).

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Tus reseñas de cine son estupendas. Cada vez mejores. Felicidades.
Muy buena la reseña, como siempre. Igual no creo que vea la película, pero mil gracias por compartir.