«Creo que una hoja de hierba, no es menos
que el día de trabajo de las estrellas»
Walt Whitman
¿Cuántos mundos hay en este? No sé si esta es una pregunta cuántica, pero es la pregunta que me ha atravesado viendo la trascendente The human hibernation (opera prima de Anna Cornudella, 2024). ¿Cuántos mundos y cuántos modos de vivir en ellos? La aceleración, el tecnoesclavismo, el consumo desaforado, el extractivismo ecológico, el crecimiento imparable vinculado a una determinada idea de progreso, parecen empujarnos a un ritmo vital que nos agota y enferma, ¿hay alternativa? Y no me refiero a alternativas individuales sino colectivas, ¿de verdad es así como queremos vivir?
Cornudella mira la naturaleza, observa otros ciclos vitales e invierte completamente nuestros roles emplazándonos al reencuentro con nuestra identidad animal. Lugar: indeterminado. Momento: atemporal en utopía rural distópica. ¿Por qué no imitar a los animales hibernando? ¿Por qué no refugiarnos en un capullo o madriguera en invierno y regresar en primavera? ¿Por qué no ampliar la estructura familiar según quien esté a nuestro lado para lamernos las membranas de los ojos al despertar? ¿Por qué no dedicar la primavera y el verano a cuidar la casa (obsérvese que no escribo “nuestra”) y el cuerpo y prepararlos para el invierno? ¿Por qué no vivir en verdadera comunión con el tiempo y el entorno? ¿Por qué no regresar a lo primigenio y restablecer los equilibrios?

En un bosque indefinido hay una ladera de helechos donde, además de brotar vistosas flores rojas, una hermosa manada de personas vestidas de azul se desentumece recuperando el verdadero valor del tacto y reconociéndose con el olfato. Como en una de las fotografías de Tamara Dean, la escena parece una invitación: estoy en el cine y casi escucho (a través de la hipnótica música de Emili Bosch) su propuesta, el mismo ofrecimiento que parece flotar sobre los sueños de un grupo de cuerpos desnudos, entrelazados y dormidos de bella apariencia animal. Junto a una charca rodeada de árboles mugen las vacas, en un salón con un único sillón dos cabras juegan, mientras cae la nieve en invierno un caballo busca un rayo de sol a través de una ventana. ¿Qué es el hogar? Ya no es un lugar permanente sino una ubicación temporal que se “conquista” y se abandona una vez al año. Y no, esta no es una película de ciencia ficción clásica. Esta es una propuesta poética de un nuevo orden natural que (casi) parece posible.

¿Y la emocionalidad? ¿Y los lazos? Están, también están. Matizados, distintos, alternativos. Pero están. En las primeras secuencias un niño, tras emerger de un hoyo en la nieve, vaga por el páramo helado clamando un nombre de mujer: Clara. En su caminar un peso blanco y glaciar, frente a él un pequeño lago helado, unas vacas que mugen flojito, y el tiempo, y la blancura nívea, y el silencio. Cuando los cuerpos despiertan de su letargo y salen de sus madrigueras, una mujer joven (¿Clara?) grita un nombre: Erin (¿el del niño?). La falta, el vacío, el desencuentro, la no-respuesta a la llamada, empujan a la joven a preguntas profundas que, aunque no las escuchamos, le responden los mayores de la zona (actores no profesionales, granjeros de los estados de Nueva York y Dakota del Sur, donde se filmó buena parte de la película). Y sus respuestas, explícitas o elípticas, caminan en una única dirección: el ciclo vital no se detiene, las serpientes dejan su piel mudada para que sepamos que han estado aquí, la Tierra también hiberna yéndose a dormir después de nosotros y despertándose antes, el ojo de una vaca muerta contiene más visión que la nuestra, es posible seguir cuidando las ausencias que nos afligen con liturgias y ofrendas. Empatizo con el bautismo de madurez y las dudas existenciales de ¿Clara? y me pregunto con ella: ¿adónde van los que no regresan?, ¿qué huella dejamos en este aquí?, ¿cómo prepararse para el invierno si no sabemos cuánto va a durar?, ¿qué pasa cuando no pasa nada?
Profundamente espiritual y poética, en esta película con aire de documental, de hipótesis con afirmaciones implícitas, la búsqueda de la protagonista es una metáfora esencialista que, pese a la falta de certezas, se vive desde la paz y la comunión con el entorno (durmiendo junto a los helechos bajo la lluvia, comiendo flores o acariciando una gallina). Sus preguntas, nuestras preguntas, la incertidumbre, implican un cuestionamiento lento (el metraje avanza al ritmo pausado de la naturaleza) sobre la relación jerárquica y antropocéntrica que tenemos con el ecosistema que nos rodea. Todo está latente, la ley natural rige sobre la extinta omnipotencia humana, las dinámicas comunicativas han regresado a lo primario, la sostenibilidad de los espacios naturales se expande narrativamente en estampas que abren el zoom sobre la belleza de los invertebrados, la cohabitación de todos los seres vivos ha detenido el llanto por el antropoceno en una conjetura futurista tan filosófica como lírica.

En The human hibernation, bajo mi mirada, se percibe el aura de algunos de los primeros episodios de The leftovers (Tom Perrota, 2014), regresan las mesas barrocas del restaurante de El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante (Peter Greenaway, 1989) en la comilona previa a la hibernación para convertirse después en un (iluminado) bodegón de restos a lo Caravaggio (la película está plagada de “cuadros” contemplativos), y se me aparece de nuevo Emma Suárez adentrándose en el ojo animal como en Vacas (Julio Menem, 1992). El recuerdo de Memoria (Apichatpong Weerasethakul, 2021) y la voluntad de captar el sonido de la naturaleza baila en The human hibernation al ritmo de un crooner que canta Fly me to the moon como nana a un auditorio bovino que bien podría haber filmado David Lynch, y el bosque helado me retrotrae a la existencial, y plagada de ciervos, El mal no existe (Ryûsuke Hamaguchi, 2023). Reminiscencias también de la Comuna Brook Farm (West Roxbury, Massachussets, 1965) que se creó siguiendo los postulados trascendentalistas de Ralph Waldo Emerson, Margaret Fuller y del archicitado autor de Walden, Henry David Thoreau (y en la que vivió Nathaniel Hawthorne). Una hibridación de referentes, entre los que también percibo a la escritora Ursula K. Le Guin y a la filósofa Donna J. Haraway, tan estética como honda y metafísica.
Película de ciencia ficción especulativa con un tempus meditativo (subrayado por la delicada fotografía de Pol Camprubí) en la que se apuesta por ser uno en un todo adaptándose al ciclo biológico de la naturaleza, por convertir el entorno en parte de la identidad, por apoyarse en una mirada ética, horizontal y democrática en las dinámicas de los humanos con la flora y la fauna, también respecto a la dualidad espacial interior-exterior (habitable por todos), por adentrarse en los terrenos del mito y regresar a nuestra esencia más primaria, por aceptar el misterio (lo incompleto y la espera) como una ofrenda filosófica y por cuestionar el tradicionalismo de las estructuras familiares (que ya no se basan en la consanguinidad), sociales y laborales, una vez disueltas todas las lógicas del capitalismo. Una oda a la fragilidad post-humana vivida en armonía con el entorno. Una falla de múltiples capas narrativas sobre los ritmos cíclicos de los seres vivos y los espacios naturales rodado con infinita paciencia hasta encontrar el plano perfecto en el que la respiración animal (todos ellos en libertad) se funde con la humana.
Una reflexión sobre el individuo y sobre nuestra condición animal que rompe las jerarquías convencionales actuales en relación no sólo con la naturaleza sino también con el cine. ¿O no es The human hibernation la constatación de que otro tipo de cine, que establece una coreografía observacional, exquisitamente antiespecista, en la que el tiempo se suspende y el espectador se sume en el cripticismo, es posible?
Atrapada todavía por esta fábula estilística y sensorial de poesía cuántica, miro a mi alrededor y experimento en mi interior los ecos de su belleza mientras las preguntas sobre cómo habitamos el mundo y cuáles deberían ser las estructuras de una utopía futura se me agolpan.

Coda: The human hibernation se presentó en el Festival L’Alternativa (Barcelona, 2024) y ganó el Fipresci Prize de la crítica internacional en la Berlinale de 2024.
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No os conozco aún con cierto pero la presentación de contenidos me parece de una extraordinaria calidad , enhorabuena
Hola, Guillermo.
Gracias, iniciamos esta locura en plena pandemia dando un mix de artículos, relatos, poesía y entrevistas que nos gustaría encontrar por ahí. Disfrutamos aprendiendo de artistas y escritores españoles y latinoamericanos, algunos muy conocidos y otros que están publicando sus primeros libros a la vez que publican con nosotros.
Últimamente crecemos más en redes, teniendo ya casi 30.000 amigos, más de 21.000 en Instragram.
Un saludo
José Félix