Puede que yo llegara a La noche que llegué al café Gijón, de Francisco Umbral, una mañana de sol e infancia. Es, seguro, un recuerdo, más querido, poéticamente, que recordado. Como son todos los recuerdos, que van transidos ya de sueño. En el principio, fue La noche que llegué al café Gijón. El libro, regalo de mi padre, que tal vez soñase también con haber parido un escritor, no era, sin embargo, mi primera lectura de Umbral.
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Y el misógino leyó Nada, de Carmen Laforet
Carmen Laforet pertenece a una época en la que algunos perseguían la gloria personal, sobreexponiéndose como ahora, pero en la que el trazo largo del trabajo bien hecho y su verdad podían imponerse con el paso del tiempo. Ni su abnegado ejemplo ni la humildad de su lucha silenciosa parece que sean de esta época.
