i
Don Feliciano siempre nos ayudaba. Con lo que se ofreciera: desde cargar las bolsas del mandado hasta poner alguna repisa o arreglar la caja de la luz. Era, como dicen, un chambitas al que a veces recurríamos. Nunca nos cobró.
No es que se haya muerto, aunque hable de él como si lo estuviera. Don Feliciano vive, vive todavía. Vivió solo mucho tiempo. Según contaba mi abuela, quien lo conoció desde que llegó al barrio, alguna vez tuvo una esposa. Su nombre era Estela. Venía de un pueblo lejano. Era mucho más joven que él. No tuvieron hijos.
Afuera de su casa había un letrero, escrito a mano con letra huidiza, ansiosa, en el que anunciaba todos sus quehaceres.
ii
La época en la que lo conocí, cuando fui consciente de su existencia, solía regalarme dulces. A mí y a los otros niños del barrio. Jugábamos futbol en la calle: poníamos cuatro piedras como porterías y, a veces, con el balón, le pegábamos a su enorme zaguán. El retumbar podía escucharse a varias calles de distancia. En vez de regañarnos, como hacían otros vecinos, don Feliciano salía de su vivienda con una bolsa llena de dulces que, decía, compraba en la central de abastos.
—A ver, acérquense. Agarren los que quieran.
Al hacerlo dejaba una rendija por la cual se podía ver hacia su patio, el cual estaba repleto de objetos: muebles, cuadros, fierros, botes, libros, periódicos, juguetes… Un caminito se abría paso entre centenares de chácharas y conducía hacia la puerta principal de la vivienda.
iii
Alguna vez pensé que me dedicaría a otra cosa. A cubrir conciertos de rock, a hacer reseñas de discos como las que leía en las revistas cuando era adolescente y empecé a interesarme en la música, pero terminé deambulando en una patrulla por las calles de mi barrio.
iv
Mi madre solo supo, como el resto de los vecinos, eso de la enfermedad inexplicable. Nadie hizo más preguntas: a veces la gente es un tanto desinteresada por sus iguales.
Todos salvo don Feliciano.
Él siempre se ofrecía para ayudar. No solo fue en mi casa donde hizo sus trabajos casi gratis, sino con cada uno de los colonos de este lugar maltrecho y sin agua llamado Hecatepec.
Recuerdo, por ejemplo, la vez que iba a arreglar la casa de los perros de doña Conchita. Esa mañana yo iba hacia algún lado cuando don Feliciano me gritó, de pie como estaba, dejando ver la mitad de su cuerpo detrás del zaguán:
—Échame la mano, Elvira.
Él llevaba un jersey de los Chicago Bulls sin playera debajo, el pelo quebrado y encanecido despeinado hacia cualquier lado. Una vez que me acerqué me dijo que quería que le ayudara a cargar unas tablas para llevarlas con doña Conchita, quien vivía en un cuartito que tenía años en obra negra. Supongo que me pidió ayuda porque yo ya había crecido lo suficiente: casi tenía la estatura que tengo ahora, bastante más alta que él.
Don Feliciano me flanqueó el paso, por lo que pude entrar al patio donde tenía todos sus triques. Parecía la guarida de un recolector de fierro viejo: había colchones, lavadoras, estufas, refrigeradores y cientos de cosas que ya nadie utilizaba, ni siquiera él: las tenía ahí, estacionadas y calcinándose, poco a poco, dolorosamente, bajo los rayos del sol.
Mientras buscábamos entre todo eso me atreví a preguntarle:
—¿Y qué enfermedad tiene su esposa?
Don Feliciano permaneció en silencio. Su sonrisa se borró un momento y luego señaló hacia unos montones de madera.
—Mira, traite varios de esos cachos —dijo. Entonces me colé entre las torres de cosas; un par de ellas se tambalearon cuando pasé a un lado. Llegué hasta las maderas, tomé las más que pude con los brazos, pecho y piernas y regresé por donde había llegado.
—Ora ve por más —dijo don Feliciano una vez que estuve junto a él. En total di tres vueltas recolectando las tablas hasta que una de las torres se vino abajo, tirando a su vez otras y con ellas todo.
Don Feliciano se llevó ambas manos a la cara, casi en cámara lenta, conforme el tilichero caía sobre sí mismo y se desperdigaba en el espacio que había por suelo. Un Cristo, cuya cabeza salió volando, quedó decapitado y en forma de invertida cruz.
Pensé que ahora sí me regañaría, pero no lo hizo. En su lugar se puso a recoger y dijo:
—No te preocupes, vete para tu casa. Yo me encargo de levantar los destrozos.
v
—¿Ya viste que don Feliciano anda saliendo con una muchachita? —se quejó mi madre cierta noche.
La verdad no me había dado cuenta, así que negué con la cabeza mientras ella se asomaba por la ventana a ver si lo veía, pero el hombre nunca estaba afuera a esas horas y yo tenía diez minutos de haber llegado de la chamba. No estaba ahí.
Eran mis primeros días como vigilante; mi compañero Lizárraga y yo dábamos rondines buscando infractores menores, nada que nos pusiera en verdadero peligro (la paga nunca ameritó arriesgarnos). Nos íbamos más o menos temprano a nuestras casas; por lo regular ya encontraba dormida a mi mamá cuando llegaba.
Pero esa vez estaba ahí, despierta, asomándose.
—Hace rato oí unos ruidos raros —dijo, con el rostro todavía mirando hacia afuera mientras yo escudriñaba en el refrigerador—. Se me hace que venían de su casa. ¿Quieres que te prepare la merienda?
Le dije que no moviendo la cabeza, sin hablar, mientras ella volteaba a verme y yo sacaba un bote de leche del refri.
—Ya vete a dormir —le dije y ella asintió y se acercó para darme la bendición. En el nombre del padre, del hijo… Un par de bolsas colgaban bajo sus ojos a punto de cerrarse.
En cuanto se fue encendí la televisión. En ese momento solo transmitían infomerciales. Con un plato de cereal entre las piernas, cambié varias veces de canal. En todos se transmitía casi lo mismo. Hasta que un ruido blanco se apoderó de cada uno. Me levanté para mover la antena, pero no funcionó. Entonces se escuchó un grito. Semejó al de un animal malherido. No logré distinguir de dónde provenía. Nunca había escuchado algo así.
Pensé que mi madre saldría en cualquier momento, pero no lo hizo. Me asomé por la ventana. Afuera no había nadie. Estuve mirando unos segundos, desde aquella seguridad, a la calle. Todo parecía estar en calma.
Abrí la puerta. Un viento helado me golpeó el rostro antes de dar unos pasos en dirección a la casa de don Feliciano. No estaba muy lejos de la nuestra. No había un alma por ahí, salvo alguien que, desde la ventana de su segundo piso, se asomó. No logré distinguir quién era. Una sombra detrás de una cortina, como yo lo era unos momentos antes.
Me detuve frente al zaguán de don Feliciano, afuera de aquella fachada que era del mismo color de siempre: un verde pistache que se estaba deslavando, pero que nunca terminaba de deslavarse. No escuché nada, pero un olor se hizo patente: un olor a podredumbre, a cañería, a cadáveres, pensé, que el viento se encargó de llevarse tan rápido como lo trajo consigo.
Toqué la puerta. Varias veces. Nada.
Esa noche, al intentar dormir, la imagen de don Feliciano hincado en su patio repleto de cosas mientras comía de un wc roto un bonche de lombrices bañadas en sangre me acorraló.
Yo le preguntaba:
—¿Está usted bien, señor? ¿Puedo ayudarle en algo?
vi
Ángeles salió de su casa poco antes de las siete de la mañana. En la calle ya había algunos transeúntes que, como ella, caminaban hacia la avenida en espera de abordar un microbús.
La noche aún no se terminaba cuando se asomó por la ventanilla del lugar donde se sentó. Cerró un momento los ojos para echar una cabeceadita que se prolongó hasta que un rayo de luz iluminó el vello de su fino rostro.
Bajó por la puerta trasera del armatoste cuyo escape lanzaba puro humo negro; esa esquina daba a una calle maltrecha, como lo eran todas las calles, y caminó hasta un puesto de tamales. Pidió una torta de mole acompañada por atole de vainilla que se comió despacio, sentada frente a la escuela primaria donde daba clases.
Don Feliciano llegó, a los cinco minutos, montado en una bicicleta antigua, de esas a las que les dicen de lechero. Se bajó como cartero de la misma, en un movimiento demasiado ágil para sus más de setenta años (pensó ella), y estacionó el vehículo de dos ruedas a unos centímetros de donde estaba sentada la profesora, a quien saludó, primero, tocando la visera de la gorra sucia que llevaba puesta y, después, extendiendo su mano. La mujer aceptó el saludo aunque con los dedos un poco apretados.
Don Feliciano le ofreció el asiento trasero de su bicicleta para llevarla, pero Ángeles denegó la invitación moviendo la cabeza de un lado a otro, sonriendo. Así fue que ambos caminaron: Don Feliciano empujaba la bici con una mano mientras con la otra gesticulaba cosas al tiempo en que platicaba otras: le habló a la profesora de los libros de historia –invaluables– por los que ella estaba ahí. Le contó la forma en que los había adquirido y conservado tantos años entre el resto de sus tesoros que, algún día —ese era el día, dijo—, alguien más haría suyos.
No tardaron mucho en llegar a la casa verde pistache y de enorme portón. Don Feliciano forcejeó con la chapa hasta que logró empujarla. Las montañas de cosas se revelaron frente a ambos; Ángeles frunció el ceño, pero entró luego de escuchar:
—Pásele, maestra. Pásele. Disculpe el desorden.
Ella pasó por delante de él; el largo vestido de la mujer se arrastró un poco en el suelo polvoso de ese patio jamás lavado. No vio el letrero que anunciaba los servicios de don Feliciano, arrumbado ahí.
—Hasta el fondo, por favor —dijo él, quien llevaba un tiempo sin dedicarse a eso que alguna vez escribió con sus propias manos.
Ángeles pensó que aquél era un corredor demasiado largo para ser tan estrecho. ¿Cuántas cosas habrá aquí?, pensó también.
—Péreme, déjeme abro esa otra puerta —dijo don Feliciano. Esta vez no batalló con la chapa y la oscuridad y el polvo los recibieron—. Pásele.
En un primer impulso Ángeles dio un paso hacia atrás (no supo por qué). Luego entró. El olor ahí dentro era desagradable; la profesora tampoco logró distinguir qué era eso que olía. Podría ser cualquier cosa, pensó.
—¿Quiere un vasito con agua? —le preguntó don Feliciano, sonriendo. Aquellos dientes eran visiblemente postizos, pensó ella, quien miró alrededor antes de responder:
—No, muchas gracias —dijo—. Tengo que irme rápido: en un rato voy a dar clase —mintió, mientras el hombre ya tomaba un vaso de algún lugar y le servía directo de un garrafón manchado y caminaba hacia ella con aquella falsa sonrisa, el vaso estirándose en su dirección.
Sintió asco de solo verlo, pero por cortesía sujetó el ofrecimiento, al cual pegó sus labios un instante, fingiendo beber. El agua contenía residuos de algo; la profesora no supo de qué (ni quiso saberlo).
—Déjeme voy por sus libros, los tengo acá —dijo don Feliciano y se sumergió entre las tinieblas de su vivienda; ahí adentro había, probablemente, más cosas, polvo y suciedad que afuera. A pesar de que había ventanas, la luz no podía colarse entre todo eso.
Ángeles se quedó de pie con el vaso entre las manos y esperó varios minutos mirando a su alrededor. Ahí había objetos que en su vida había visto ni había contemplado tener, otros que probablemente había tenido ella, sus padres, algún pariente o sus amigos. Había, por ejemplo, un caballito arrancado a un carrusel.
Este señor ya se tardó, pensó cuando una polilla aleteó entre todo aquello. La mujer echó el cuerpo hacia a un lado, chocando a su vez con el cuerpo de don Feliciano, quien ya estaba ahí, serio, a sus espaldas, impertérrito.
En vez de los libros que había prometido, llevaba consigo un martillo.
vii
Se lo pregunté mientras su mejilla permanecía contra el toldo de una de las patrullas. Por qué, cómo fue capaz de hacerlo. Su voz y sus ojos permanecieron en un abismo. Ni una palabra, ni una mirada, ni un solo gesto me dirigió. Nada.
Nada quedaba de él. De aquel señor al que había conocido.
Fue como si lo hubieran poseído mil demonios.
viii
—¿Te gustan los carritos a control remoto?
Íbamos mi madre, mi abuela y yo regresando de algún lado. Don Feliciano llevaba un suéter muy grueso a pesar del calor. Se acercó a nosotras con el juguete entre las manos, como había hecho otras varias veces, y luego lo puso en el suelo, activó el control remoto y echó el carrito a andar por el árido suelo. Era una patrulla.
La vi con exagerada fascinación.
—Es tuya —dijo—. Y para ustedes, hermosas señoras, unas flores —y de algún lado sacó unas horrendas flores de plástico que mi madre y mi abuela recibieron a pesar del desconcierto.
—Ay, don Feliciano, no se hubiera molestado… —dijo mi abuela.
—Ninguna molestia, doña Romelia, ninguna molestia.
—¿Y cómo sigue su señora? —intervino mamá.
—Bien, doña Azucena, bien. En la casa. Se ha sentido un poco mejor, pero gracias a Dios nos libraremos de eso.
—Ya verá que sí, don Feliciano —dijo mi abuela—. Ya verá que sí.
—Tengo fe en que así será —dijo el hombre mientras me miraba; miraba cómo conducía la patrulla a control remoto y la estrellaba contra su portón—. Siempre he tenido mucha fe en nuestro señor Dios.
ix
Varias patrullas bloquearon las calles, iluminándolas de un circundante rojo y azul. Un comando derribó el zaguán con un gruesísimo cilindro de hierro y los vecinos salieron de sus casas y miraron cuando sacaron a don Feliciano por los pelos, encorvado, vestido con una camiseta verde con estampado de palmera, con bermudas y chanclas entre los flashes de algunos reporteros que ya estaban ahí.
¿Qué hizo?, se preguntaron los vecinos al ver en el rostro del viejo una inocencia, un no saber por qué se lo llevaban así. Gritaron: ¡Suéltenlo, puercos!, pero nada pudieron hacer.
Un par de semanas después de que su familia reportara su desaparición, hallaron el cuerpo de la profesora Ángeles repartido en bolsas negras de plástico. Esto a lo largo y ancho de un terreno baldío no muy lejano. Lo reportaron unos vecinos, cuyos perros destaparon uno de los mórbidos paquetes exponiendo consigo un brazo que ya había sido banquete para los gusanos.
Lizárraga y yo estábamos afuera de un Oxxo, en la patrulla, comiéndonos cada quien un enorme hot dog cuando nos anunciaron por la radio. Él contestó con la boca llena.
—Hay un muerto en Pastizales —dijo.
—Ya escuché…
Echó la patrulla de reversa, encendió la sirena y llegamos a la ubicación señalada a los diez minutos. Ahí estaban los dueños con sus perros. Avanzamos entre el terreno sinuoso hasta la zona donde hallaron los restos.
—Nos llamó la atención —dijo el hombre (eran, como nosotros, un hombre y una mujer)— porque por lo regular pasamos por acá y mis niños nunca se habían detenido tanto.
Iluminé el área con mi linterna; la bolsa había sido rasgada por los animales y dejaba ver, en efecto, parte de aquel brazo que ya estaba más que descompuesto.
—Lizárraga, pide refuerzos.
Al enterarse de lo que se halló en aquel terreno —el chisme corrió como fuego—, alguien más llamó al módulo donde trabajábamos; esa persona revisó sus cámaras de seguridad y encontró algo.
—¿No es la calle donde vives? —preguntó Lizárraga mientras veíamos uno de los videos que nos mandaba aquel dueño como prueba de que no estaba mintiendo.
Me había dado cuenta de la calle, perfectamente, pero lo que me heló la piel fue el hecho de ver a don Feliciano en aquella imagen; era un video extraño que parecía estar manipulado: la velocidad de reproducción difería, el encuadre se distorsionaba de tal modo que parecía que el señor sacaba aquellas bolsas, que iba y venía de su casa, a toda velocidad. Una velocidad inhumana.
Fue más tarde que llevamos a cabo el operativo. Mi pulso comenzó a acelerarse cuando nos paramos afuera de la casa verde pistache. Se me encomendó ser quien tocara amablemente la puerta, pero alguien, por suerte, se me adelantó. Entonces, con la orden de cateo en mano, derribaron aquel zaguán cuyo ruido conocía tan bien, pero que al abrirse me pareció un ruido desconocido.
Luego de sacar al hombre sacamos la mayoría de sus cosas. Entre todo eso encontramos fólderes con documentos que no eran de él. Credenciales de identificación que pertenecían a otras mujeres que, supimos luego, también habían desaparecido.
A algún perito se le ocurrió que, además de poner patas arriba aquel espacio, debíamos escarbar el suelo. Y eso hicimos.
Ahí, enterrados, estaban los restos. Todos menos los de Estela, su esposa.
x
El primer martillazo lo dio en la frente. La profesora no cayó; se tocó esa zona del rostro como queriendo asegurarse de que algo la había golpeado. Miró a don Feliciano a los ojos, incrédula; aquellos le devolvieron ninguna expresión, salvo un tono enrojecido. El hombre que momentos antes había sido tan amable con ella volvió a izar su arma y golpeó de nuevo. Esta vez el guamazo la llevó a negros.
Según la reconstrucción de los hechos, don Feliciano no tuvo que arrastrar el cuerpo. Ahí mismo comenzó a tocarlo. Con las manos lo inspeccionó. Buscaba algo, no supimos qué. Hubo quien especuló que trataba de darle nueva vida a Estela con la sangre de esas mujeres. Por un momento nos pareció la única razón.
Luego acudió a su traspatio, un pedazo de terreno donde tenía unas maquinarias. Sabía que allí ya no tenía espacio. Cavó, sin embargo, en el lugar donde pensó que podría hacerlo. Una vez que se abrió una pequeña fosa, lanzó el cuerpo a ese falso abismo y, como sabía, no logró cubrirlo. Entonces lo desenterró.
A quien la prensa llamó El Monstruo de Hecatepec tras conocerse estos hechos, tomó de entre todas sus cosas una segueta y comenzó a diseccionar el cadáver. Luego lo embolsó.
Sin titubear tomó las bolsas e hizo varios viajes en su bicicleta, de madrugada, al terreno baldío. Las transportaba, amarradas, en su asiento trasero. De no haberlo hecho, jamás habría sido descubierto.
Tan pronto terminó, se sentó en el único sillón libre que tenía en casa, el cual estaba forrado con un plástico polvoriento. Miró al Cristo decapitado que tenía recargado en una de sus paredes. Lo miró un largo rato. Comenzó a reírse y luego a llorar.
Luego acudió a su habitación y se acostó en la cama matrimonial. Ahí se acurrucó junto al cuerpo momificado y sonriente de su mujer. Lo abrazó. Le dio un beso. Le dijo: aquí estoy, mi vida; siempre estaré contigo. Después miró hacia el suelo. Dijo: Oh, señor de los infiernos, ¿qué más quieres de mí?
xi
No me fui y le insistí en que le ayudaba. Me encaminé hacia las cosas y empecé a levantarlas. Don Feliciano me miró, no dijo nada y también se puso a levantar. Permanecimos en silencio un buen rato. Hasta que escuché unos quejidos.
—¿Qué fue eso que se oyó?
Don Feliciano miró hacia dentro de su casa.
—Es Estela —dijo, aún con la mirada puesta en aquella ventana—, se siente mal.
Unas lágrimas se le acumularon en los ojos, los cuales enrojecieron.
Dijo:
—Haría cualquier cosa por salvarla…
Yo me acerqué y le di un abrazo. Don Feliciano lloró sobre mi hombro.
—Conocí a tu papá —dijo, moqueando—. Fue un buen hombre. Un buen oficial de policía que pereció en el ejercicio de su deber…
Nos abrazamos un poco más mientras el hombre se tranquilizaba. Luego seguimos recogiendo y, al terminar, pusimos las tablas en una bicicleta que al frente cargan garrafones de agua. Entré en un espacio que quedó en aquel cuadro y, con don Feliciano pedaleando, nos fuimos a la casa de doña Conchita para construir la casa de sus perros.
Para ello usamos el martillo con el que el hombre mataría, dos meses después, tras el fallecimiento de su esposa, a la primera de sus víctimas.
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He vuelto a leerlo hoy otra vez. Y volveré a hacerlo. Merece la pena.
Muy bueno y fuerte. Me mantuvo enganchada hasta el final.