Que vuelva Cortázar, titula Alejandro Zambra uno de sus miniensayos contenidos en “No leer”. Y doble cita, la de Fabián Casas que al final de su ensayo sobre el escritor argentino, en un feliz arranque sentimental, dice: <<Quiero que vuelva. Que volvamos a tener escritores como él: certeros, comprometidos, hermosos, siempre jóvenes, cultos, generosos, bocones.>>
Tal vez los ahora detractores de Julio Cortázar no le perdonan la juventud de su persona y de su prosa. Algunos dicen que es para adolescentes, como si no fuera ya suficiente mérito que alguien te ciegue en esa etapa de la vida hablando de la existencia de una Maga, de un trompetista que está tocando jazz mañana, de tipos que se convierten en Axolot, de un libro de instrucciones para subir una escalera o dar cuerda a un reloj, de personajes que saltan al otro lado de la Realidad, esa, la que descalabra, la gran dama oficial de la novela decimonónica.
Otros le achican porque a lo sumo fue un escritor de relatos fantásticos. O porque se comprometió doctrinalmente con los movimientos revolucionarios de latinoamérica y lo llevó a su literatura. Recuerdo a este respecto que el mismo Cortázar declaró que a partir de “El perseguidor” cambió como escritor al descubrir al otro, al hombre, en el sentido existencial y político (versus El Libro de Manuel o su libro sobre Nicaragua).

Confieso haber sido uno de esos adolescentes que en los años setenta del pasado siglo perseguía reseñas y artículos en prensa sobre el autor de “Casa tomada”, como otros coleccionaban cromos de Johan Cruyff, lo que ya revelaba en mí la existencia de una doble enfermedad, la de la edad y la de la literatura, incurables las dos, afortunadamente. Y me recuerdo, seriamente letraherido, con ese mal de Montano del que habla Vila-Matas, pegado a la pantalla en blanco y negro escuchando el voseo arrastrado de ese eterno adolescente, entrevistado en el programa “A fondo” por Joaquín Soler Serrano.
Todos conocen la anécdota de un joven alto que se presentó en la oficina de Borges para que le publicasen el cuento de los dos hermanos expulsados de su casa por unos ruidos invasores. Borges lo publicó con dibujos de su hermana Norah.

Me gustaría traer aquí dos breves prólogos del creador de Ficciones sobre la cuentística del escritor argentino, que hablan de su admiración y generosidad por Cortázar:
<<Hacia mil novecientos cuarenta y tantos, yo era secretario de redacción de una revista literaria, más o menos secreta. Una tarde, una tarde como las otras, un muchacho muy alto, cuyos rasgos no puedo recobrar, me trajo un cuento manuscrito. Le dije que volviera a los diez días y que le daría mi parecer. Volvió a la semana. Le dije que su cuento me gustaba y que ya había sido entregado a la imprenta. Poco después, Julio Cortázar leyó en letras de molde Casa Tomada con dos ilustraciones a lápiz de Norah Borges. Pasaron los años y me confió una noche, en París, que ésa había sido su primera publicación. Me honra haber sido su instrumento.
El tema de aquel cuento es la ocupación gradual de una casa por una invisible presencia. En ulteriores piezas Julio Cortázar lo retomaría de un modo más indirecto y por ende más eficaz.
Cuando Dante Gabriel Rossetti leyó la novela Cumbres Borrascosas le escribió a un amigo: «La acción transcurre en el infierno, pero los lugares, no sé por qué, tienen nombres ingleses.» Algo análogo pasa con la obra de Cortázar. Los personajes de la fábula son deliberadamente triviales. Los rige una rutina de casuales amores y de casuales discordias. Se mueven entre cosas triviales: marcas de cigarrillo, vidrieras, mostradores, whisky, farmacias, aeropuertos y andenes. Se resignan a los periódicos y a la radio. La topografía corresponde a Buenos Aires o a París y podemos creer al principio que se trata de meras crónicas. Poco a poco sentimos que no es así. Muy sutilmente el narrador nos ha atraído a su terrible mundo, en que la dicha es imposible. Es un mundo poroso, en el que se entretejen los seres; la conciencia de un hombre puede entrar en la de un animal o la de un animal en un hombre. También se juega con la materia de la que estamos hechos, el tiempo. En algunos relatos fluyen y se confunden dos series temporales.
El estilo no parece cuidado, pero cada palabra ha sido elegida. Nadie puede contar el argumento de un texto de Cortázar; cada texto consta de determinadas palabras en un determinado orden. Si tratamos de resumirlo verificamos que algo precioso se ha perdido.>>
“Casa tomada” es uno de sus relatos más conocidos y analizados, surgido de una pesadilla, según el mismo Cortázar, sujeto a múltiples interpretaciones, y abre la colección de Bestiario (al respecto, Eduardo Jordá dedica un estupendo capítulo sobre el cuento en su libro Lo que tiene alas).
En una entrevista con Omar Prego confesó:
<<Casa tomada fue una pesadilla. Yo soñé Casa tomada. La única diferencia entre lo soñado y el cuento es que en la pesadilla yo estaba solo. Yo estaba en una casa que es exactamente la casa que se describe en el cuento, se veía con muchos detalles, y en un momento dado escuché los ruidos por el lado de la cocina y cerré la puerta y retrocedí. Es decir, asumí la misma actitud de los hermanos. Hasta un momento totalmente insoportable en que – como pasa en algunas pesadillas, las peores son las que no tienen explicaciones, son simplemente el horror en estado puro- en ese sonido estaba el espanto total. Yo me defendía como podía, cerrando las puertas y yendo hacia atrás. Hasta que me desperté de puro espanto.>>
El otro prólogo abre el volumen de cuentos “Cartas de mamá”:
<<Hacia 1947 yo era secretario de redacción de una revista casi secreta que dirigía la señora Sarah de Ortiz Basualdo. Una tarde, nos visitó un muchacho muy alto con un previsible manuscrito. No recuerdo su cara; la ceguera es cómplice del olvido. Me dijo que traía un cuento fantástico y solicitó mi opinión. Le pedí que volviera a los diez días. Antes del plazo señalado, volvió. Le dije que tenía dos noticias. Una, que el manuscrito estaba en la imprenta; otra, que lo ilustraría mi hermana Norah, a quien le había gustado mucho. El cuento, ahora justamente famoso, era el que se titula «Casa Tomada». Años después, en París, Julio Cortázar me recordó ese antiguo episodio y me confió que era la primera vez que veía un texto suyo en letras de molde. Esa circunstancia me honra.
Muy poco sé de las letras contemporáneas. Creo que podemos conocer el pasado, siquiera de un modo simbólico, y que podemos imaginar el futuro, según el temor o la fe; en el presente hay demasiadas cosas para que nos sea dado descifrarlas. El porvenir sabrá lo que hoy no sabemos y cursará las páginas que merecen ser releídas. Schopenhauer aconsejaba que, para no exponernos al azar; sólo leyéramos los libros que ya hubieran cumplido cien años. No siempre he sido fiel a ese cauteloso dictamen; he leído con singular agrado Las armas secretas de Julio Cortázar y sus cuentos, como aquel que publiqué en la década del cuarenta, me han parecido magníficos. «Cartas de mamá», el primero del volumen, me ha impresionado hondamente.
Una historia fantástica, según Wells, debe admitir un solo hecho fantástico para que la imaginación del lector la acepte fácilmente. Esta prudencia corresponde al escéptico siglo diecinueve, no al tiempo que soñó las cosmogonías o el Libro de las Mil y Una Noches. En «Cartas de Mamá» lo trivial, lo necesariamente trivial, está en el título, en el proceder de los personajes y en la mención continua de marcas de cigarrillos o de estaciones del subterráneo. El prodigio requiere esos pormenores.
Otro rasgo quiero indicar. Lo sobrenatural, en este admirable relato, no se declara, se insinúa, lo cual le da más fuerza, como en el «Izur» de Lugones. Queda la posibilidad de que todo sea una alucinación de la culpa. Alguien que parecía inofensivo vuelve atrozmente.
Julio Cortázar ha sido condenado, o aprobado, por sus opiniones políticas. Fuera de la ética, entiendo que las opiniones de un hombre suelen ser superficiales y efímeras.>>

Luego vendrían otros cuentos memorables, como Bestiario, Lejana, La noche boca arriba, El otro cielo, El río, La señorita Cora, Circe, Deshoras, La autopista del sur, La isla a mediodía, Las puertas del cielo, Apocalipsis en Solentiname, etc. En todos ellos, puso de manifiesto su teoría de que el cuento tiene que ganarnos por knock out, mientras que la novela lo hace por puntos. O su otra comparación de que el cuento es como la fotografía, que captura un fragmento de la realidad, de una manera redonda e intensa.
Resulta paradójico que dos de los mejores escritores de nuestro idioma no recibieran el Nobel (en el caso de Borges, fue un eterno candidato al galardón sueco) por opiniones políticas, y formen parte, sin embargo, del canon de Harold Bloom como cuentistas indispensables del siglo XX y del de tantos herederos de la mejor cuentística actual.
Opiniones y gustos aparte, una de las razones de leer a Cortázar se encuentra en su don para conectar con el lector desde una posición, digamos, de amistad. Amistad lectora. Se ha dicho que uno podría ser amigo de Cortázar de la manera en que no podría serlo de Vargas Llosa, Octavio Paz o Borges. Algo parecido a si uno piensa en Benedetti, como poeta. Con ellos uno se iría de copas por los barrios de Buenos Aires o Paris.

Y luego, claro, estaba su rebeldía frente a las instituciones, las academias, la parafernalia del mundo literario, todo ello herencia de su amor por los surrealistas, por la cultura oriental, por el jazz, por todo lo que representaba lo contrario al establishment: el concepto lúdico de la escritura. Nunca se consideró un escritor profesional. Es el outsider de la literatura hispanoamericana. Un raro caso de escritor no sufridor. Y es que Julio disfrutaba escribiendo y eso se transmite al leerle.

A mí me siguen gustando sus cuentos, con esa relojería enigmática, y, sobre todo, con ese castellano que se inventó para escribirlos, un lenguaje que expulsa a los imitadores, porque como a ese amigo insustituible, y que ya no está entre nosotros, pedimos el milagro, el fantástico y lujoso privilegio, de que vuelva.
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Gracias por acercarnos de nuevo a don Julio, absoluto Maestro