La película Los pecadores, dirigida, escrita y producida por Ryan Coogler en 2025, es la película con más nominaciones a los premios Oscar de la historia -dieciséis- pero, ante todo, es una oda al cine de serie B -rodado a lo grande- en sus vertientes de terror gótico, violencia noventera y blaxplotation, musical e incluso gangsters.
Una adorable coctelera cinematográfica y musical, cuya potencia no reside únicamente en la historia que cuenta, ambientada en el segregacionista delta del Misisipi en 1932, sino precisamente en el diálogo que establece con el cine de género, la música popular y ciertos mitos fundacionales de la cultura estadounidense. En ese cruce —entre crimen, fe, deseo y condena— la película construye un universo donde nada es completamente original pero todo es suyo y resulta inquietantemente familiar.
El pecado como motor narrativo y estético
Desde el título, Los pecadores activa una tradición narrativa que atraviesa tanto el cine negro como el terror y el thriller psicológico. El pecado no aparece aquí como un evento excepcional, sino como un estado permanente, una condición existencial.

Esta lógica remite al cine de Paul Schrader, especialmente en el guion de Taxi Driver y Hardcore, donde los personajes creen avanzar hacia la redención cuando en realidad se hunden en un laberinto moral. También puede rastrearse una influencia del Scorsese temprano, particularmente Malas calles, donde la culpa católica y la violencia cotidiana conviven sin resolución posible.
En Los pecadores, la moral no ordena el mundo: lo fragmenta.
Referencias cinematográficas clave
Abierto hasta el amanecer: del crimen al horror
Una de las resonancias más sugerentes de Los pecadores puede encontrarse en Abierto hasta el amanecer (Robert Rodriguez, 1996). Al igual que aquel film híbrido, Los pecadores parece partir de un territorio reconocible —el drama criminal, la violencia realista— para deslizarse progresivamente hacia una dimensión más oscura y simbólica.
Aunque Los pecadores no abraza el horror de manera explícita, sí comparte con Abierto hasta el amanecer la idea de un espacio liminal: un lugar donde las reglas morales dejan de operar y emergen pulsiones primitivas. El bar, la carretera, el refugio nocturno funcionan como escenarios donde lo humano se vuelve monstruoso.
Sin duda, el cine violento de los 90 y su semilla en los 70 flotan en el metraje y nos alegran con su tímido regreso, en este caso, en modo blaxplotation de hace cincuenta años con el necesario toque gangster aspiracional, aquí de dos hermanos negros, ambos magníficamente interpretados por Michael B. Jordan, que emigraron a Chicago a conseguir la gloria y vuelven al pueblo para abrir un club salvaje.
El corazón del ángel: culpa, identidad y condena
Otra referencia fundamental es El corazón del ángel (Alan Parker, 1987). En ambos filmes, el descenso del protagonista no es físico sino espiritual. La investigación, el viaje o la huida terminan siendo excusas narrativas para una revelación más brutal: no hay escapatoria del propio pecado.
Como en la película de Parker, Los pecadores construye una atmósfera donde lo religioso y lo profano se confunden. La culpa no necesita demonios visibles; basta con la certeza de haber cruzado un límite irreversible la religión no concede consuelo y apenas señala la magnitud de la caída.
El universo simbólico de Los pecadores está atravesado por una religiosidad laica. Cruces, sacrificios, promesas rotas y castigos sin absolución conviven con códigos del cine mainstream. Esta mezcla produce una tensión constante entre lo reconocible y lo perturbador.
Vampiros sin colmillos: el género como metáfora
Aunque Los pecadores no sea estrictamente una película de vampiros, el género aparece como subtexto. El vampiro clásico —figura nocturna, condenada, dependiente de la sangre ajena— funciona aquí como metáfora de personajes que viven de otros: emocional, económica o moralmente.
El vampirismo se expresa en la explotación, en la adicción, en la repetición cíclica del daño. En este sentido, la película dialoga con una tradición moderna del cine de vampiros donde lo sobrenatural es secundario frente a la alegoría social.

La película se ambienta en Misisipi y nos entrega una historia oscura, húmeda, febril, sexual y definitivamente sangrienta que entronca con la serie de HBO True blood, una referencia necesaria de la temática de vampiros.
Blues, pacto y condena: la sombra de Robert Johnson
Uno de los ejes más ricos del film es su relación con la música, especialmente con el blues. Aquí resulta inevitable pensar en la figura mítica de Robert Johnson, el bluesman que, según la leyenda, vendió su alma al diablo en un cruce de caminos a cambio de talento.
La historia de Johnson funciona como un arquetipo cultural: el éxito como resultado de un pacto, el don como maldición. Los pecadores parece beber de ese imaginario, trasladándolo al cine contemporáneo. Los personajes obtienen algo —dinero, poder, reconocimiento, placer—, pero el precio siempre es desproporcionado.
Musicalmente, el blues aporta una ética del dolor: canciones nacidas de la pérdida, la marginalidad y la culpa. Su presencia refuerza la idea de que el pecado no es un error puntual, sino una herencia que se arrastra.
Colosal esta escena de homenaje a todas las músicas de raíz llegadas de África, que influyeron unas a otras hasta nuestros días y que invitan a buscar el ADN musical de cualquier artista norteamericano que nos llegue.
Más allá del blues, la banda sonora de Los pecadores articula soul, folk celta ya naturalizado como bluegrass, rock de raíz y pasajes ambientales.
Por cierto, os aconsejo el documental Devil at the Crossroads sobre Robert Johnson en Netflix.
Salud, contracultura y abrazos
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Gracias por compartir, la buscaré.
Teresa, merece la pena , una coctelera explosiva