Bunbury se retira de los escenarios

A parte de nuestra audiencia le será indiferente y a otra le conllevará una extraña alegría, pero para parte del equipo de Profesor Jonk esta noticia significa que nos abandonan los ídolos a mitad de camino, pies de barro, garganta frágil, como aduce Enrique Bunbury para señalar que la gira 2022-35 años es la última que realiza, o riesgo de quedarse sordo, como advierte Dave Grohl, cantante y guitarra de Foo Fighters y mítico batería de Nirvana.

Hace 35 años que Enrique Ortiz de Landázuri, más conocido como Bunbury, se convirtió en la mayor estrella del rock en español, un jovenzuelo de aspecto andrógino y melena oxigenada, con voz grave llevada siempre al extremo -demasiado, vemos finalmente- y pose camaleónica que le llevó del rock gótico y el post punk a la mítica de bandas como los U2 ochenteros para terminar sus días de Héroes del Silencio siendo la mayor banda de hard rock en español con tintes de grunge -aquel vídeo de «Nuestros nombres» en el desierto de los Monegros, tan cercano a los legendarios Soundgarden…

Avalanchaaaaaa

En 1998, una vez disuelta su banda de amigos zaragozanos, nos sorprendió-deleitó-horrorizó con «Radikal Sonora», aquella mezcla de rock industrial y electrónico con los tintes Bowie presentes en «Lady blue» y su primer gran giro de imagen hacia el pelo corto anaranjado, las camisetas ceñidas casi smilie y el adiós a buena parte de sus huestes rockeras.

Si le habíamos visto en las giras Senda ’91 y Avalancha ’96 con Héroes del Silencio en Toledo y Salamanca, fue en La Riviera de Madrid donde se nos presentó por primera vez en solitario con esos trallazos industriales de reminiscencias arábigas.

Los ritmos llegados del norte de África y los zíngaros del este de Europa se harían con él en su excelente «Pequeño», álbum sereno de confirmación de un artista que caminaba al son que él decidía.

Llegaron años de giras interminables y generosas -siempre-, como las de «Pequeño cabaret ambulante», el grandioso «Flamingos» en el recinto ferial Juan Carlos I de Madrid, cantando «Al calor del amor en un bar» con Jaime Urrutia, o el extraño «Freak Show», tres giras que nos llevaron a Madrid y de las que nos chocó la carpa de circo del Freak Show en la casa de campo con compañeros de viaje desiguales como la brillante Mercedes Ferrer, el talentoso pero escaso de voz Iván Ferreiro o Carlos Jean, miembro de su banda alternativa Bushido y del que apenas hemos vuelto a saber.

Nos hacíamos mayores y llegaron discos y giras siempre bien acogidos pero quizás demasiado extensas en el caso de éstas. «Viaje a ninguna parte», «El hombre delgado que no flaqueaba jamás» , «Licenciado Cantinflas» o «Las consecuencias», álbumes que nos han dejado grandes momentos y directos remarcables pero entre ellos…

Entre ellos Bunbury nos regaló la gira de Héroes del Silencio 2007, algo inesperado y memorable, épico como todo lo que rodea a esta banda de rock, una serie corta de conciertos en Los Angeles, Ciudad de México, Guatemala, Buenos Aires, Sevilla, Zaragoza y finalmente, el circuito de motociclismo Ricardo Tormo de Valencia, donde nuestro amigo y colaborador José Díaz de Cerio Jackson y un servidor se fundieron en un abrazo escuchando «Héroe de leyenda» junto a 100.000 personas (dos horas para salir del caótico parking y regresar de madrugada a nuestra vida cocoon, en vez de quemar la noche valenciana).

La última década de Bunbury, tras el intimista concierto de «Las consecuencias» y el folclórico espectáculo de «Licenciado Cantinas» -qué grande se ha hecho en América abrazándose al rock fronterizo y la canción latina-, ha derivado en algunos álbumes irregulares como «Palosanto» junto a otros en los que recuperaba su pegada más rockera como «Expectativas»… y finalmente la pandemia que a todos nos ha hecho daño.

La pandemia, el descreimiento, la conciencia de la futilidad de todo y dos álbumes distantes, ya no escritos desde las entrañas de décadas anteriores sino desde la atalaya que da el paso del tiempo, publicando «Posible» en junio de 2020 y no pudiendo acudir a su cita con los fans, publicando «Curso de levitación intensiva» en diciembre de 2020 y no pudiendo acudir a su cita con los fans. Dos entregas que a mí me fascinan para escucharlas solitario como en sus primeros discos de adolescentes tardíos, ese saxofón ganando el protagonismo de la guitarra, esas bases programadas de nuevo, esos inesperados ritmos africanos.

Y llega 2022, el año en que íbamos a recuperarnos, a cobrarnos lo que se nos debe, a volver al turista y el viajero, a no horrorizarnos con guerras siempre irracionales y a vernos con Enrique Bunbury el sábado 10 de septiembre en Madrid.

Dicen que por última vez, demasiado pronto y a mitad de camino, nos queda tanto por ver que dábamos por hecho que Bunbury seguiría envejeciendo a nuestro lado, cantando juntos cada cierto tiempo, como los amigos distantes que aunque no se vean permanecen. Pero no, parece que ésta será la última vez.

O no, seguiremos caminando. Porque esto no es más que una canción de carretera.

Ya no puedo darte el corazón
Iré donde quieran mis botas
Y si quieres que te diga qué hay que hacer
Te diré apuestes por mi derrota

Quítate la ropa, así está bien
No dejes nada por hacer
Si has venido a comprarme, lárgate
Si vas a venir conmigo, agárrate

Larguémonos, chica, hacia el mar
No hay amanecer en esta ciudad
Y no sé si nací para correr
Pero quizás sí que nací para apostar

Sé que ya nada va ocurrir
Pero ahora estoy contra las cuerdas
Y no veo ni una forma de salir
Pero voy a apostar fuerte mientras pueda

Larguémonos, chica, hacia el mar
No hay amanecer en esta ciudad
Y no sé si nací para correr
Pero quizás sí que nací para apostar

Yo no puedo darte el corazón
Perdí mi apuesta por el rock and roll
Es la deuda que tengo que pagar
Y ya no tiene sentido abandonar
Ya no tiene sentido abandonar
Late el corazón