Nunca te enamores de una sirena en el asfalto

Azul

Al despertar y ver la almohada, tu lado de la almohada (siempre a la izquierda, para aprovechar las caricias del viento en tu piel desnuda durante las noches de verano), observé que estaba manchada de azul. Azul tristeza. Azul negro profundo, donde los peces ya no son peces sino señales móviles fluorescentes anunciando diferentes estados de ánimo. Cerré los ojos, apretándolos muy fuerte, casi haciéndome daño, intentando engañar a la realidad con estúpidos trucos infantiles. Nunca funcionan, al menos no cuando los necesitas. Besé la figura vacía a la que habías dado forma en la almohada, un cráter que olía a ti, que, al igual que el eco, rebotaba tu presencia en las paredes de la habitación. Cada vez menos fuerte pero sin perder nunca la intensidad del grito inicial. Noté un sabor distinto. Provenía del azul. Tenía un gusto amargo, difícil de catalogar, un gusto entre dulce y agrio o quizás salado. No sé. Sí sé que se me encogió el estómago y que el corazón salió disparado como uno de esos globos que se te escapan de los dedos antes de conseguir hacerles un nudo. 

   Salté de la cama, asustando al gatito que dormía plácidamente junto a mis pies, con el firme propósito de llamarte, para saber si te encontrabas bien, si las luces de colores de tus ojos seguían vivas o yacían panza arriba, flotando inertes en el vacío. Al coger el móvil y ver tu nombre en la pantalla, cuatro letras que habían cambiado en poco tiempo el asfalto por el que, durante largo tiempo, yo había creído circular seguro, cambié de opinión. Decidí esperar, dejar que fueras tú la que nadara en dirección a la gran ola, que te enfrentaras por ti sola a la cresta de más de treinta metros que amenazaba arrastrarte hasta la orilla no deseada. Porque eras capaz y, por encima de todo, valiente. 

   Aguardé tu llegada a casa, fumándome dos paquetes imaginarios, sintiendo su humo recorrer mi cuerpo hasta atontecer mis neuronas. Pensando si debería haberte llamado, si no me habría equivocado. Pensando que te había perdido, que ahora te encontrabas en la isla que no aparecía en ninguno de mis mapas. Y yo no era ya ni siquiera parte de tu pasado, porque para eso deberías recordarme y el estallido de la ola al romper sobre tu cuerpo se había encargado de borrar los pequeños rastros que había podido dejarte, los momentos que podrían haberte hecho sonreír. Tuve miedo a romperme, a literalmente romperme en cien pedazos imperfectos que acabaran convirtiéndose en un puzzle de extrema dificultad. 

         Y sonó la cerradura de la puerta.

     Mi tiempo, el que yo decido, se paró.

         Y sonó la cerradura de la puerta.

     Respiré profundamente.

         Y sonó la cerradura de la puerta.

     Solté las clavijas del reloj. 

   Entraste en la habitación y te quedaste mirándome. Empapada. El pelo mojado se adhería a tu rostro como una medusa en celo y el ojo izquierdo se encontraba a medio cerrar. Y un intenso olor a océano. 

   – Lo he conseguido, niño, la he partido en dos  -susurraste-. Y yo solita, sin ayuda de nadie. 

   – Es que eres la leche, sirena. Realmente eres la leche.

   Te acompañé a la habitación y, mientras te quitabas la ropa mojada, me dio tiempo a contemplar cómo el azul de la almohada desaparecía.

   – ¿Qué miras? -preguntaste.

    – A ti. Te miro a ti.  

   Pusiste esa cara de no creer lo que te contaba pero dejarlo estar. Quizás porque tú también lo habías visto. 

   – ¿Y?

   – Pues que me alegro de que hayas vuelto -contesté.

    – Hoy sí, mañana no sé. No te hagas ilusiones.

   Y todo volvió a encajar.


Secretos

  No hubo una sola noche en la que no buscara sus secretos. A veces por su espalda, pista de slalom donde pasar todo un invierno esquiando con la lengua, explorando sus bajadas y subidas. Otras, cuando el calor robaba las sábanas de su sueño, recorría con los dedos sus piernas para acabar en sus pies dulces y heridos, sintiendo su pasado de sirena, oliendo el mar y las algas que barnizaban su piel. En su boca, alrededor de sus pechos, por sus brazos o manos no hubo un solo centímetro de su cuerpo que no recorriera durante aquellas noches. Por todos lados busqué. Me convertí en un buscador de tesoros, volviéndome loco poco a poco, obsesionado con su santo grial. Al despertarse, cuando los rayos de luz se colaban por los intersticios de la persiana disparándole besos certeros de calor sobre sus párpados, echaba el ancla en espera de zarpar de nuevo.

– Buenos días, niño – me decía, jugando.

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