La belleza de las trincheras

Desde el sofá del salón, cuando se ponía el sol, veíamos la ciudad iluminarse poco a poco a través de la ventana. Dependiendo de la ocasión y los humores, acompañábamos la mutación con Dylan, Miles Davis o Camarón. Nos sabíamos de memoria el orden en el cual los diferentes edificios iluminaban sus fachadas creando un festín de luciérnagas de piedra que hacían del conjunto un espectáculo sobrecogedor y mitigador de lo acumulado a lo largo del día. Se olvidaban las colas en la carnicería, las manchas de café en el periódico y las disputas laborales. Y nos olvidábamos, por unos breves instantes, de la brevedad de los sentimientos y sus cambios de dirección tan drásticos e inesperados. De nuestra postura en el sofá, guardando distancias como si fuéramos países vecinos a punto de estallar, con las fronteras respectivas atestadas de guardias que cortaban el paso a cualquier intento de apaciguar la situación.

– Es una vista espectacular ¿verdad?

– Sí, la misma vista espectacular de los últimos dos años.   

 Cerré la persiana y me fui a limpiar los platos mientras tú veías una película francesa de las que tanto te gustaban (tristes, pero con un final aún más triste). 

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. dovalpage dice:

    Está muy bueno. Me ha recordado una tarde en La Habana, mirando las fachadas de los edificios que rodean al Malecón, cuando se encendían las luces de una manera muy similar a la que describes aquí. Y ese detalle de la carnicería…vaya, que me transportó a La Habana de cabeza.

    1. J.DíazdeCerioJackson dice:

      Me alegro. Muchas gracias

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