El infinito en un junco

Perdón por llegar tarde al tren

 Nada de lo que vaya a contar sobre este libro no se ha dicho ya. Y, sin lugar a duda, con más profundidad, belleza y conocimiento, teniendo en cuenta las numerosas críticas, comentarios y premios que ha tenido a lo largo de este año. Mario Vargas Llosa, Juan José Millas, Luis Alberto de Cuenca o Enric González son algunas de las personalidades que han mostrado su entusiasmo por este ensayo. Entonces, ¿por qué escribir sobre él? No tengo una respuesta clara, quizás una forma de agradecimiento tardío a Irene Vallejo o, poniéndonos a soñar, la esperanza de que estas líneas lleguen a un náufrago de alguna isla desierta perdida en el Pacífico que, desconociendo la existencia de El infinito en un junco y picado por la curiosidad, se apresure a solicitarlo a la pequeña librería regentada por un tal Viernes.

 Habitualmente siempre hago referencias a cómo un libro llega a mi poder, y, con el fin de no repetirme, lo voy a relatar. Al fin y al cabo, no sólo Séneca tiene el copyright de la incoherencia práctica.

  Lunes 30 de diciembre de 2019. Volviendo del trabajo mientras escucho la radio, uno de los pocos momentos de tranquilidad antes de entrar en el hogar conquistado por pequeños hunos. Como siempre, en esta vida de maravillosas monotonías interrumpida por fogonazos, los altavoces del coche familiar que nunca pensé poseer reverberan con La Ventana de los Libros. Toca hablar de los mejores del año y, para ello, aparte del alma mater de la sección, Benjamín Prado, junto a otro habitual, Germán Solís, subdirector de La Escuela de Escritores, se encuentran Lola Larumbe, propietaria de la Librería Alberti en Madrid, y Pepe Verdes, fundador de Librotea, el portal de referencia de recomendaciones de libros. Comienzan hablando de La fina lluvia de Luis Landero, un escritor portentoso con el que sabes que nunca vas a errar el tiro. Uno de ellos recomienda un ensayo de Marta Peirano, El enemigo conoce el sistema, sobre un tema tan de actualidad como el poder de las redes de comunicación y A piel muerta de la joven escritora ecuatoriana Natalia García Freire. La lista va creciendo hasta que, cerca del final, Lola Larumbe hace una pequeña mención sobre un ensayo de reciente publicación. Se llama El infinito en un junco y está escrito por la filóloga y novelista Irene Vallejo. Mas allá de lo atractivo del título, mi cerebro no activa la señal de alarma hasta que la librera habla de libros que llaman a leer otros libros, de su erudición ajena al academicismo y su profundo amor por los clásicos, mi asignatura pendiente que poco a poco quería solventar. Mi conocimiento de La Odisea se cimentaba, aparte de lo aprendido en la escuela, en la película Ulises protagonizada por Kirk Douglas y los dibujos animados de Ulises 31. Quizás exagero, pero no en exceso. De La Ilíada había leído la reinterpretación del poema homérico que Alessandro Baricco escribió en el año 2004. Vale, no os engaño, y también la floja película de Wolfgang Petersen. Y necesitaba un buen empujón para adquirir el suficiente valor con el fin de rescatar del interior de mi Montaña Solitaria los poemas de Safo, El arte de amar o Las Metamorfosis de Ovidio, La Eneida de Virgilio, Vidas Paralelas de Plutarco y tantos otros tesoros protegidos por Smaug el Dorado. Al llegar a casa la decisión estaba tomada. A los Reyes Magos les pediría que llevaran a casa de mis padres El infinito en un junco (o El infinito del junco como rebauticé en mi cabeza y que ahora tanto me cuesta rectificar, al igual que durante años leí Idefix en vez de Ideafix y así se quedó).

 Y el trío concedió mi deseo a pesar de las numerosas faltas cometidas a lo largo del año.

̶ ¡Un libro sobre un pavo real! -sentenció mi hijo mediano al ver la portada.

̶ No, es la flor de un junco  ̶ corregí gracias a mi poder de deducción sherlockiana.

̶ ¿Y qué es un junco?  ̶ contraatacó inmisericorde.

-¡Ah, no, es un pavo real! -evitando así posibles ridículos por mi parte.

 A pesar de las ganas de hincarle el diente, hice un ejercicio poco habitual. Evaluar las circunstancias personales antes de tomar una resolución. Visualicé primero la estantería de mi biblioteca donde guardo las novelas, ensayos o comics adquiridos que aún no he podido leer (allí esperan, entre otros muchos, La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares, Austerliz de W.G. Sebald, The Master: Retrato del novelista adulto de Colm Tóibin, El misterio de Salem´s Lot de Stephen King o Estamos todas bien de Ana Penyas). Me acordé de los tres libros empezados en mi mesilla huérfanos de cariño, Soy tu hombre: La vida de Leonard Cohen de Sylvie Simmons, Trilogía de la guerra de Agustín Fernández Mallo y El viajero del siglo de Andrés Neuman. Añadí la hora de medianoche dedicada a visionar las diferentes series de televisión (requieren un nivel de concentración inferior a la lectura, al menos ésa es mi excusa). Por último, y más importante, la complicada tarea de criar tres niños pequeños que no sólo ocupan las horas del día, sino que acaparan la mayor parte de la noche. La opción no dejaba lugar a dudas. Cedí a mis padres el placer de ser quienes primero desbrozaran sus páginas. Ambos son ávidos lectores y su veredicto me ofrece la misma credibilidad que cualquier crítica de Paris Review.  Ellos me inculcaron mi amor por la literatura, encendiendo la mecha junto a El pequeño Nicolás de Goscinny y Sempé, Astérix y Obélix de Uderzo y Goscinny y, posteriormente, Dragonlance de Margaret Weis y Tracy Hickman. La explosión llegó años más tarde de la mano de Holden Caufield, Harry Haller, Frodo Bolsón y Horacio Oliveira.

 El caso es que, por unas razones u otras, el libro permaneció virgen, viendo cómo durante meses le pasaban por derecha e izquierda novelas policiacas, premios Pulitzer o Brooker y recomendaciones de familiares o amigos. Aguantó estoicamente los continuos desprecios a los que le sometíamos desde su adquisición. Tampoco le quedaba otra. El día que los libros evolucionen y adquieran miembros nos encontraremos con la verdadera revolución cultural. Mientras tanto aguardan su momento, conocedores de que su saber acumulado les convierte en los auténticos herederos de los 7 sabios de Grecia. Y El infinito en un junco soñaba, en su espera, con convertirse en el nuevo Alejandro Magno.

 Pero todo llega, y, en este caso, con alfombra roja y fuegos artificiales. Aunque fuera casi un año después, cuando los premios y alabanzas ya igualaban el número de rollos que estuvieron almacenados en la Biblioteca de Alejandría.  Premio el Ojo Crítico de Narrativa, Premio Búho al Mejor Libro, Premio Nacional Promotora Estudios Latinos, Premio Nacional de Ensayo, Premio Las Librerías Recomiendan No Ficción, Premio Acción Cívica, Premio José Antonio Labordeta, Premio de la Asociación de Librerías de Madrid al Mejor Libro del Año en la categoría de No Ficción y quién sabe cuántos más galardones que hacen de El Infinito en un junco un fenómeno editorial sin parangón. Y, por encima de los premios, los miles de lectores que se han perdido entre sus páginas convirtiéndolo en un superventas, camino ya de las 27ª edición, capaz de competir en la arena, cuerpo a cuerpo, contra los gladiadores de la literatura de ficción. 

 Primero mi madre, y después mi padre, quedaron cautivados por las páginas de este genial y original ensayo. Mi madre, eso sí, tuvo que realizar un parón en su lectura incapaz de contener el impulso de leer La Ilíada y La Odisea. Ya no tenía escapatoria. Me sentí acorralado, como uno de aquellos personajes refugiados en un centro comercial en Dawn of the Dead de George A. Romero. Introduje el libro en la bandolera Adidas Originals Vint Airliner y, tras pedirle mil disculpas, le llevé a su verdadero hogar.

 Esa misma noche, ya casi de madrugada, una vez los oseznos hibernaban sin sobresaltos, reposé mis posaderas en el sofá del cuarto de estar. Me puse las gafas de cerca, signo del paso inexorable del tiempo, y por fin, lo abrí. Dos páginas para sentir la epopeya a la que me enfrentaba, lástima que cinco minutos después mis ojos no respondieran a los estímulos de mis neuronas excitadas y cayeran por el peso de la jornada. Es cierto que en ocasiones he leído en estado casi sonámbulo, aguantando al igual que Cary Grant en Gunga Din, pero había esperado demasiado tiempo. No estaba dispuesto a iniciar mi aventura compartida con la autora sin la concentración necesaria. A la luz de un nuevo día todo cambiaría.

  Y ya no miré atrás…  bueno, una sola vez, al igual que le sucedió a mi progenitora, otra lectura se coló por un breve espacio de tiempo (sí me atrevo a confesar el título o no, lo decidiré mientras escribo) ¹.

  Irene Vallejo, con un estilo donde conjuga a la perfección lo ameno con un pasmoso conocimiento, nos lleva, sentados en el asiento de copiloto de su Delorean, a un viaje inolvidable hacia los orígenes del libro. Si uno creyera en la reencarnación, juraría que, al igual que recorrió las bibliotecas de Oxford o Florencia, fue, en vidas anteriores, jinete de Ptolomeo, testigo del esplendor de la Biblioteca de Alejandría, público de Homero, miembro de la Academia de Platón, confidente de Enheduanna, Safo, y Antígona o librera en riesgo continuo bajo las continuas amenazas del emperador Domiciano.

Creo haber leído en alguna entrevista realizada a Irene Vallejo que este ensayo fue escrito en unos momentos jodidos. Imagino que las horas empleadas en su creación debieron resultar de un amargo gozo, una válvula de escape que acabó resultando, gracias a la magia de las letras y el talento de la autora, no sólo en una oda a los libros sino un canto a la vida. Porque leerlo es sentirse vivo y con ganas de vivir aún más.

  El contenido de éste, mejor léanlo. Una aventura que requiere ajustarse el cinturón de seguridad y dejarse llevar.

 Perdón, antes permítanme rescatar momentos que ya se han quedado a convivir conmigo.

Emociona su labor de rescate de las mujeres silenciadas por el peso de una historia que, tristemente, tantas veces renuncia a su propio género. La acaba siendo siempre él. Y nos sentimos deslumbrados por la valentía y modernidad que mostraron y que nos recuerda el largo camino aún por recorrer.

 O cómo, durante el trayecto, Irene Vallejo consigue que se asomen por la ventanilla desde Antonio Machado a James Joyce, Borges, Bob Dylan, Paul Auster, Jackson Pollock, Travis Bickle, Quentin Tarantino o Christopher Nolan que, al igual que todos nosotros, son herederos de lo que nos relata de forma tan magistral.

 Y su homenaje a las librerías, donde descubrimos historias maravillosas y aterradoras. La librera judía Françoise Frenkel y su lucha imposible. Los atentados que sufrieron durante la transición española a lo ancho y largo del país o los inicios de Mao Zedong que, ironías del destino, regentó con gran éxito una librería. George Orwell y su falta de empatía con el cliente o mi favorita, la referente a Helen Hanff y el librero Frank Doel, la cual desconocía y por la que no puedo esperar en adquirir 84, Charing Cross Road. Y, sí durante estos párrafos que nos regala sobre estos hermosos lugares, surge la historia de Austerliz de W.G. Sebald, pues mea culpa por tenerlo tantos años esperando en la estantería. No por ello dejaré de leerlo y con más razón ahora.

También sorprenden y agradecen sus confesiones personales que ejercen de flashbacks futuristas, si algo así existe. Esa profesora de griego llamada Pilar Aranzo que, como John Keating en El Club de los Poetas Muertos, le inculcó en el instituto un amor férreo a los clásicos que ya nunca la abandonaría. Todo lo contrario que mi profesor de latín, que destacaba por sus lanzamientos de tiza y olor a vino. Por eso, supongo, mi camino me llevó inicialmente a Charles Bukowski, Raymond Carver o la Generación Beat.

 En definitiva, El infinito en un junco es rock’n’roll y música clásica a partes iguales. Moderno y lleno de ritmo porque así fueron y son los clásicos. Recuerdo ir a la cama extasiado tras algún capítulo y ponerme en los cascos, a todo volumen, The New Abnormal de The Strokes. Y la fusión entre las ideas que revoloteaban aún por mi cabeza y el sonido de los neoyorkinos no entendían de brechas temporales. Más compleja fue la lectura de algún pasaje con el fondo de Vaina y Maui en plena batalla contra Te Kā o mientras mis hijos representaban la patada de grulla de Ralph Macchio en la pelea final de Karate Kid. Pero “veni, vidi, vici”.

 No me cabe ninguna duda que estamos ante un ensayo que debería ser de lectura obligatoria para todo amante de ese objeto tan perfecto y único llamado libro. Un clásico.

“Yo… he visto cosas que vosotros no creeríais: Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán… en el tiempo… como lágrimas en la lluvia. Como este artículo que muy posiblemente desmerece la grandeza de El infinito en un Junco. Por suerte para todos, éste permanecerá por siempre en nuestras bibliotecas estelares o, si las cosas se ponen feas, memorizado por antiguos profesores liderados por un intelectual llamado Granger”

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¹ Confieso. Engañé a El infinito de un junco por unas horas. Una cita clandestina con uno de los regalos que los Reyes Magos, (un año ha pasado ya desde el inicio de esta aventura), trajeron a uno de mis hijos. Los tres primeros volúmenes de otro clásico: Dragon Ball de Akira Toriyama Saga Origen.