La vergüenza nacional del Premio Planeta, por Adrián Massanet

De verdad que a mí me gustaría que esta página fuera diferente. Más positiva, más optimista. Me gustaría que fuera como esas bitácoras en las que un imberbe o una muchachita con gafas y aspecto adorable se ponen a comentar libros Young Adult y a decir un montón de cosas agradables y luminosas sobre ellos. Lo digo de veras. Ojalá creyera en los unicornios, en las hadas y en los elfos, y ojalá Disney no fuera una fantasía, sino una realidad. Pero no es la realidad. La dura, la jodida realidad es en verdad otra muy distinta, y hacer como que no lo es, tapar la luz del sol con un dedo, es en cierta forma ser cómplice de una mentira, de una impostura, de un fariseísmo que parece haberse instalado en nuestras vidas como otra pandemia. Otro día hablaré sobre esos chiquillos que se sienten críticos literarios, pero hoy toca hablar del jodido Premio Planeta. Un tema del que no tenía muchas ganas de escribir, pero a veces hay que hacer caso a los amigos y ponerse a soltar ideas y convicciones sobre un asunto que debería dar titulares en revistas de cultura, porque es ya una vergüenza nacional.


Y no me voy a referir al premio en metálico que supone el galardón y el ser finalista, pero estaremos todos bastante de acuerdo en que 601.000€ para el ganador y 150.250€, para el segundo, lo que supone un total de 751.250€, es una bestialidad que no se entiende bien que otorguen por dos libros que ellos mismos (Planeta) van a publicar. Y más aún en los tiempos que corren y con la que está cayendo. Ser el autor de un jodido libro que a lo mejor vende 50.000 ejemplares (muy lejos estarían los beneficios de cubrir esa cifra llena de ceros) y llevarte una pasta que desde luego no te mereces y que estaría mejor en manos de muchas otras personas que sí lo necesitan, no deja de ser una impostura y una falsedad para convertirse en una comedia bufa sin la menor gracia. Pero hace ya décadas (insisto, décadas) que el Premio Planeta es un chiste contado por el peor humorista de la historia. Y tal como afirmaba Viñó, este premio, y todo lo que le rodea, es el mascarón de proa de un panorama editorial, de una cultura, de una sociedad y de un país que hace mucho tiempo que convirtió el cinismo en moneda de cambio para la más precaria de las convivencias.


Todo esto ya de por sí es malo, pero peor aún es ver la nómina de premiados y finalistas que se amontonan, década tras década. ¿Alguien se acuerda de alguno? Lo digo de veras. ¿Quién se acuerda de que ninguno de ellos ganó el Planeta, aparte de ellos mismos? Y aún más, ¿la carrera de algunos de esos luminarias de la literatura patria ha proseguido fulgurante y magnífica después del premio, o más bien se ha estancado o ha desaparecido en la mayoría de los casos? Pareciera que el objetivo de sus carreras es ganar ese premio que más se parece a la lotería editorial que a un premio de reconocido prestigio y exigencia. Si nos acordamos de ellos es porque en algunos casos, cada vez más, ver a ciertas caras como finalistas o incluso ganadores es algo tan chocante como si el Oscar a mejor director se lo dieran a Santiago Segura o el Nobel de química a Robert Downey Jr… Recordemos que este “importantísimo galardón”, el más dotado de este país, ha sido entregado a literatos tan destacados como Javier Sierra, Dolores Redondo, Jorge Zepeda Patterson, Clara Sánchez, Javier Moro, Fernando Savater, Maruja Torres. Y los finalistas han sido nada menos que Nativel Preciado, Marta Rivera de la Cruz, Boris Izaguirre, Inma Chacón, Ángeles González-Sinde, Ayanta Barilli… Todos ellos con títulos tan sugerentes como ‘Mi color favorito es verte’, ‘Todo esto te daré’, ‘Un mar violeta oscuro’, ‘Alegría’, ‘El cielo ha vuelto’, ‘El tiempo mientras tanto’, ‘La hermandad de la buena suerte’, ‘Villa diamante’, ‘Lo que está en mi corazón’, ‘La canción de Dorotea’, y cosas así, cabeceras que harían cegarse de envidia a Faulkner, Tolstoi o Juan Ramón Jiménez.


Yo no quiero ser cabrón, pero hay que ser un verdadero bobo para no darse cuenta de que esto es un compadreo entre famosetes para que tanto ellos como la editorial Planeta salgan ganando con la operación (aunque me pregunto, insistiendo con la desorbitada cantidad del premio, si de verdad salen ganando los gerifaltes de Planeta). Esta eminente chorrada, que sirve para que unos cuantos presentadores de televisión y periodistas se crean que son novelistas, y ganen mucho dinero con el que luego defraudar a hacienda (es increíble la cantidad de ellos que después de ganarlo han tenido problemas con el fisco), este año se ha superado poniendo de finalista a Sandra Barneda, la presentadora de La isla de las tentaciones. Que hayan premiado con el gordo de Navidad a Eva García Sáenz de Urturi, la mediocre escritora de ‘La saga de los longevos’ o de la ‘Trilogía de la ciudad Blanca’ es peccata minuta al lado de eso. ¿Qué será lo próximo? ¿Entregárselo a Jorge Javier Vázquez? Pues ya nada nos sorprendería si tal cosa sucediera.


Hay que tener muy presente que tanto para este premio, como para los otros timos del mundo editorial de este país (el Primavera, el Nadal, el Alfaguara, el Fernando Lara…) puede competir cualquiera. Y lo terrible es que muchos crédulos mandan sus manuscritos, creyendo que tienen alguna oportunidad, por remota que sea, de conseguirlo. Y aún más terrible es que me juego cualquier cosa hay que por lo menos una veintena de ellos, todos los años, que son netamente superiores a los ganadores. Quizá no sean literatura, pero seguro que son más ingeniosas, más interesantes y están mejor escritas. Lástima que esos incautos no dispongan de un programa de televisión, de un padrino millonario, o lleven una década baboseando por saraos literarios… Así de cutre es la vida en esta piel de toro. Si eres el hijo de Mariló Montero y Carlos Herrera tienes plaza en el sarao, y si no sigue esforzándote.

Adrián Massanet Chacón

Imágenes, sonidos y palabras