Y el misógino leyó Nada, de Carmen Laforet

 

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Tiempos extraños en que la gente de principios se vuelve tibia y los moderados se dejan llevar por la ola rápida del posiciónese y etiquétese usted mismo, que hay que hacer contrapeso. Suena Moby, en su excelente disco “18”, y nuestro querido escribiente, generación X, apegado a un siglo que ya no es el suyo, hijo, hermano, pareja y padre de mujeres, se anima por fin a leer a Carmen Laforet, la escritora que por su soledad, “aquellas chicas raras” que decía Martín Gaite, le parece lo más cercano a la masculinidad vagabunda de “El lobo estepario”, de Holden Caulfield de “El guardián entre el centeno”, del vacío atroz del sobrevalorado existencialismo francés -aquel individuo que se convirtió en cangrejo observador en un café parisino en “La náusea” de Sartre- y de otros tantos iconos masculinos a los que se agarraba de joven para armarse, pertrecharse y quizás atreverse a intentar comprender mejor a la mujer, ese ser que de niño no existía en su colegio religioso segregado y que en el bachillerato se sentaba a bloque en un lado del aula.

En los tiempos que corren el hecho de reflexionar sobre algo denota ya debilidad en la postura e incluso aceptación de culpa, excusa non petita acusatio manifesta, pero no se debe tener miedo, nuestro escribiente -en su acepción clásica de autor, que no de escribano- nunca se dejó embaucar por los zafios aforismos machistas de Schopenhauer en “El arte de tratar con las mujeres” y su misoginia no era más que una extensión segmentada de la misantropía que en ocasiones le ganaba. Al fin y al cabo, la soledad como en el caso de la Andrea de “Nada” y de la propia Carmen Laforet conlleva defender ese derecho, tan buscado como sufrido.

Y vamos a ello.

“Nada” ha estado madurando durante tiempo en mi librería, sabedor de que me sorprendería favorablemente pero esperando el momento adecuado. Es una obra absolutamente brillante, llena de inocencia y ternura juvenil, estupor producto de la observación, libertad sangrante en un ambiente necesariamente opresivo -recién terminada la guerra civil en una Barcelona gris y devastada- y celebración de estar ante uno de los mayores autores españoles del siglo XX… Y permítaseme utilizar el masculino genérico a conciencia porque ya demasiado tuvo que soportar Carmen Laforet que la pretendieran situar en otra categoría y competición distinta a Camilo José Cela o Francisco Umbral, dueños de la prosa descriptiva de la España de posguerra -Luis Martín Santos, Juan Marsé y otros posteriores, al margen.

Carmen Laforet tuvo que realizar la lucha por la igualdad más difícil, la que se hace en el momento de máxima opresión sin imposibles pancartas pero con sutileza e inteligencia, dibujando un fresco de lo que veía alrededor en aquella Barcelona de “Nada”, en sus obras posteriores -injustamente tratadas tras el enorme éxito de su Premio Nadal a los 23 años por su ópera prima- y en su propia vida personal. Como en cine hiciera Luis García Berlanga con las inconmensurables “El verdugo” y “Bienvenido Mr. Marshall”, los personajes de “Nada” esquivan la burda censura del régimen valiéndose del toque costumbrista, de la descripción del naufragio, sin atisbar que tras ello subyace una crítica amable, inteligente y feroz.

La familia que recibe a Andrea en la calle Aribau es una familia burguesa venida a menos tras el horror de la guerra, presidida ineficazmente por una abuela ya débil, pasiva y con facturas pendientes, a la que custodian parte de sus hijos, los desheredados que quedaron en el hogar, los tíos de Andrea : una mujer irrevocablemente soltera, un pintor fracasado y mantenido por la femme fatale madre de su bebé y que escapa a los bajos fondos a jugar y ganar dinero por las noches, y finalmente el verso suelto que deambula en la buhardilla, en su día atractivo y prometedor violinista.

Para escapar, la protagonista se adentra en la universidad y acerca a una joven, hija de un exitoso empresario barcelonés, que la introduce en una nueva sociedad llena de tics burgueses pero donde también pululan aspirantes a artistas contestatarios y románticos de una sociedad cosmopolita multicultural que quizás ya no van a conocer, al menos en su propio país.

Andrea, como Carmen Laforet, apenas pasó tiempo en Barcelona antes de huir a Madrid, donde la autora conoció al periodista y crítico literario Manuel Cerezales, que le animó a presentar la obra a la primera convocatoria del premio Nadal de la entonces revista Destino en 1944, que se fallaría en enero de 1945 y en la que la joven autora daría la gran sorpresa.

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Cartel de “Nada”, dirigida por Edgar Neville en 1947

A partir de ese momento, la amplia sombra del éxito inicial ya no la abandonaría, primero con las entrevistas fuera de lugar sobre su condición femenina, luego con las dudas sobre cómo compaginar una familia numerosa con la escritura, posteriormente por la acogida positiva que el régimen hizo de su novela “La mujer nueva”, obra que narra la conversión religiosa de una mujer adúltera y que no fue del gusto de todos sus seguidores…, todos argumentos para que, como Andrea, volviera a huir buscando la libertad.

En primer lugar, tuvo la fortuna de recalar durante temporadas en Tánger donde disfrutó de un ambiente cultural excepcional liderado por amigos escritores como Truman Capote y Paul Bowles. Sin embargo, no sería ésta su única parada, realizando viajes por Estados Unidos, donde acudiría invitada por los departamentos de literatura de universidades en las que impartió clases magistrales, París y estableciéndose también durante un tiempo en Roma, donde coincidió con Rafael Alberti.

Otras obras notables como “La insolación”, crítica a la ridícula moral de los incipientes años sesenta, escribió Carmen Laforet, si bien no con el éxito editorial de “Nada”.

Carmen Laforet pertenece a una época en la que algunos perseguían la gloria personal, sobreexponiéndose como ahora, pero en la que el trazo largo del trabajo bien hecho y su verdad podían imponerse con el paso del tiempo. Ni su abnegado ejemplo ni la humildad de su lucha silenciosa parece que sean de esta época.


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