“Llorabas al pensar en los rompeolas bajo la luna; en los silbos de las riberas más lejanas; en las extrañas músicas que nacen y se atenúan bajo el ala envolvente de la noche,
como las secuencias de espirales que son las ondas de una caracola, en la amplificación de los clamores bajo la mar…”
Estampas para Crusoe, Saint-John Perse

Cuando ya no queda nada que ver en las ciudades, cuando la barbarie del turismo ha arrasado con la arquitectura y el paisaje, cuando pasear por un casco antiguo es constatar un nido de vacío entre la multitud, lo único que podemos admirar de las ciudades son sus “catedrales humanas”: las personas que llevan la ciudad impregnada en la piel aunque la ciudad ya no las mire, las que moran un lugar distinto al de nuestros recorridos, las personas de los márgenes, las que todavía nos permiten encontrar la belleza y la poesía en su locura o en su enfermedad o en su abyección, las de la violencia de los desheredados, las del “milagro del santísimo criminal Jean Genet”. Esta reflexión no es mía, es de Angélica Liddell y se la escuché hace unos días en su conversación con Luna Miguel “Extraños en la ciudad” dentro del marco de la Bienal del Pensament en Barcelona. Escuchándola no podía dejar de pensar en Tití, Rico, Dedé, Félix y Abdu, los protagonistas de la desoladora El sol de los moribundos de Jean-Claude Izzo (Marsella, 1945-2000).
Izzo, poeta, periodista, padre de la novela policiaca mediterránea (autor de la trilogía protagonizada por el detective Fabio Montale) es uno de esos autores en los que biografía y obra son inextricables dado su compromiso con su presente y con su ciudad: hijo del barrio de portuario de Le Panier, destruido por los nazis por considerarlo tan insano como degenerado, su conciencia política y social está marcada por la lucha obrera, los movimientos por la paz y la defensa de la dignidad de los más desfavorecidos. Marsella, en la literatura de Izzo, es un personaje más, una ciudad herida, desgarrada por las contradicciones, en la que convergen la violencia y la poesía, oscura y rebelde, aunque también luminosa desde la mirada humanista y lúcida del autor.

Y en Marsella, Rico. Rico que regresa desde París tras la muerte, en una noche helada, de su amigo-hermano Tití (“El invierno que llevaba dentro se lo llevó”). Rico y Tití, demasiado vino, demasiado tabaco, demasiado frío, demasiada intemperie. Rico y Tití, príncipes de sus derrotas, hundiéndose en la ciénaga de la pobreza, en la invisibilidad de los nadie, en un viaje sólo de ida (“La suya era otra clase de fraternidad. La que une a los parias en su rabia y en su desaliento, la que une a los excluidos”). Rico, pura desolación y soledad absoluta tras los muros de un pasado demasiado lejano, casi un sueño de funcionalidad del que duda si realmente fue protagonista.
No hay abandono mayor que el abandono del futuro, de las expectativas de futuro (“Solo funcionaban los mecanismos de la costumbre, pero no su voluntad”). Y esas Rico las fue perdiendo a medida que se acantilaban de su vida-de-hombre-común su esposa, su hijo, su trabajo, su casa, sus posesiones, su salud (“con el silencio, se había instalado allí la muerte”). Rico, hoy durmiendo en un edificio en construcción; mañana, como Tití, en un banco del metro; pasado, en un albergue de la iglesia previo rezo y recogimiento (“tenía en la cabeza una algarabía de dolor y lágrimas”). Rico, enfermo, perro romántico con pleuresía, al encuentro de un ayer, de un recuerdo, de la esperanza de entonces, cuando la esperanza todavía era posible. Rico, y las ganas de mar, y las ganas de playas de roca blancas. Rico, y las ganas de sol, de aquel sol que tiznaba, entre el azul y el rosa, el cabello de Léa. Rico, cuando el amor y el sexo y la ternura. Rico, antes de las sonrisas carnívoras que devoraron su vida. Rico, antes que la miseria en su piel le negase los ojos de los transeúntes. Rico, y los flashbacks de Izzo desde los que leemos los tiempos del amor y la familia y de un ascensor social combinado con malas decisiones que un día cae en picado y desde el que ya todo es sólo un abismo de círculos que miran a Dante.
Y desde París a Marsella, la train-novel, la aventura beatnik. On the road again, cuando el camino es una vía y unos vagones y los revisores del tren son la ley que vomita de nuevo el frío sobre el cuerpo. Un camino de doble indigencia, de compartir la noche en la estación, de temer las patadas de los rapados, los mordiscos de los canes con camisa negra, de aterrizar en un piso-de-mujer-con-bebé-y-marido-en-la-cárcel, de más vino y de más nada y de más canciones de Aznavour y Brel y Fugain. Un camino de huida, de puentes, de sombras, de espectros, de rostros con surcos violentos, de condenas adheridas al alma.

Rico, y en su soledad, en su camino sin baldosas amarillas, los que no heredarán la tierra (“Cargamos con nuestro antiguo pellejo, pero no somos más que envoltorios huecos”). Y así Dedé, el más turbio. Y así Mirjana, la no-refugiada bosnia (sin estatus, sin papeles, sin país, muerta en vida, muerta como los muertos de su familia y de su tierra). Y así Abdu, cronista y último amigo, el adolescente emigrante, el del cuerpo quemado por polizonte, el que esquivó las fosas comunes del mar y sólo desea el abrazo del osito tuerto.
Y la luz, la luz de Marsella. La luz del ayer. La luz de la ciudad que ciega por bella y por cruda, por novia-de-blanco y por muerte-vampira. Marsella, último refugio. Marsella, ciudad amniótica. Marsella, madre civitas. Marsella, puro serpenteo rizando el azul. Marsella, barco ebrio. Marsella, artaudiana, chagalliana y bretoniana. Marsella, y Rico y la muerte. Marsella, y Izzo y la muerte (el autor murió cuatro meses después de terminar la novela). Marsella, “donde el héroe es la muerte”.
De fraseo reposado, en El sol de los moribundos la hostilidad se vierte desde los ojos que miran a los protagonistas, nunca (casi nunca) desde los propios personajes, desde esos seres que mantienen todavía algunos gramos de dignidad (“me niego a resignarme a lo que he vivido”), por más que hace tiempo que se dejaron ir, por más que entre sus pocas certezas esté el saber que no hay retorno en su viaje hacia una nada que es el frío y la muerte, por eso el sol de Marsella, por eso el viaje de Rico hacia esa luz. Como los personajes de tantas películas de Aki Kaurismaki (¿será Abdu un trasunto de Idrissa —Le Havre, 2011—, la posibilidad última de otro futuro?), los de Izzo responden a unos códigos de honor más allá de la marginalidad en la que viven: solidaridad, respeto en la carencia pura, hermandad entre humillaciones. Expulsados del mundo, “catedrales humanas”, Izzo los retrata desde la crudeza, aunque también desde la piedad, desde la violencia, pero no el salvajismo, desde una pérdida total en la que lo único que no se ha agotado todavía es la ternura. Escrita en 1999, cuando el Mediterráneo aún no abducía a diario a sus muertos de las fronteras del Sur, los migrantes intercambian con los desharrapados el puesto último y el penúltimo en una danza entre parias que exige un lugar en nuestras conciencias (“La injusticia. Así es como empieza la cosa”).

Escribo este texto desde la devastación y la lírica, desde la emoción y la ira, desde el reconocimiento homérico a Rico y con el pensamiento puesto en todos los que no llegan a, o quizás no tienen, Itaca. Escribo mientras nuestras plazas se llenan de acampados clamando por una vivienda de la que Rico, en un estado del bienestar real, nunca hubiese salido. Escribo también con las palabras de Liddell, de Genet, de Artaud en la mente, desde la derrota por empezar a creer, como ellos, que quizás ya no habrá nunca más belleza sin dolor, que el margen cada día es más ancho porque cada día caen sobre él más expulsados y cada vez son más los que (aviso a navegantes), como Rico, jamás pensaron terminar ahí. Escribo este texto trazando un paralelismo literario-luctuoso entre la Marsella de Izzo y el Sarajevo de Dario Džamonja, dos ciudades rotas, amadas y convertidas en materia literaria por sus hijos, dos ciudades refugio para los vencidos, el mejor lugar para morir, aunque la muerte llegue demasiado pronto.
“En Marsella hay horas del día en que lo mejor es quedarse así: de pie, a medio camino entre la luz y el mar. Es una forma de saber por qué somos de aquí y no de otra parte, por qué vivimos aquí y en ningún otro lugar.”
El sol de los moribundos, Jean-Claude Izzo. Traducción de Álex Gibert. Sajalín, 2026.
Coda. Ojalá pronto en Sajalín Los marineros perdidos, la penúltima novela de Jean-Claude Izzo. Y ojalá también su poesía, ojala.

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