“Totes les maneres de distancia
tantíssimes diferents i iguals
les vaig engendrar amb cura
perquè fessin mal i fossin ambigües
estranyes i insuportables”
Als llacs, Silvie Rothkovic
Y de nuevo ella. Una mujer que encarna, en su cuerpo y en su vida, la herencia de una sumisión aprehendida por todo un pueblo. Ella, una mujer sin más atributos que los de la complacencia. Ella, una mujer condenada desde su nacimiento a servir a los demás (“las reglas y la estructura de los sentimientos de nuestra casa se transmitían por ósmosis”). Ella y los demás. Unos demás que, claro, son masculinos. Unos demás que, después de una infancia (de semi esclavitud) en familia y de lo que se apunta como una ¿juventud independiente?, se encarnan ahora en su hermano mayor, recientemente abandonado por su esposa e hijos, con el que se insinúa un vínculo jerárquico casi incestuoso (“todas las mañanas yo me arreglaba y descendía las escaleras en la piel de una hermana”).
El legado, la tradición cultural, la condena por ser mujer, el temor (¿odio?) al diferente (al extranjero) se entremezclan en Manual para la obediencia, la novela de Sarah Bernstein (Montreal, 1987) finalista del Booker en 2023, un libro que es puro tono más que pura trama, un libro en el que lo que se narra conforma una maraña de sensaciones perturbadoras en las que poco importan ni el cómo ni el por qué.

En un lugar inconcreto (que podría ser una zona boscosa del norte de los Estados Unidos) y en un momento no explicitado (las distopías son cada vez más cronológicamente cercanas), ella, la protagonista innominada (“desde la infancia cultivando la soledad”), explica (parte de) su historia a golpe de recuerdos en unas digresiones que siembran de hipnótica incomodidad la lectura (“un ahorcamiento, trémulo, un portal y un jardín cuidado”).

Tras su llegada (“atención como devoción”) a la mansión de su hermano (un Manderley en un frío y lejano lugar: “La casa apareció de repente, oscura contra la oscuridad de los árboles, una serie de ventanas en blanco que solo reflejaban el clima vuelto hacia sí mismo”) una serie de fenómenos inexplicables relacionados con los animales de la zona comienzan a sucederse: una epidemia de histeria en las vacas, el embarazo psicológico (sic) de un perro, el parto de una oveja empalada en una cerca, un súbito episodio de gripe aviar… (¿”un castigo concertado, organizado, casi divino”?). La imposible integración de la protagonista, que no habla el incomprensible idioma de la región, en la extraña comunidad (“Yo no era del lugar, por lo tanto no era nada. Yo era una nada, una forastera indeseada”) la señalará a ojos de los autóctonos como una trasunta de Salem (“la imaginación puede ser una facultad moral”). Lejos de sentirse ninguneada ni atacada, acostumbrada a ser silencio y sombra, presencia espectral y liminar, y pese al temor por los ritmos de lo desconocido, acata la “anticipación congénita, intermitente y providencial” de una catástrofe que nunca llegamos a saber si se materializará o no sobre su cuerpo (“ese silencioso y escurridizo odio de quien lleva las de perder”).
El peso del pasado (“el daño y su reproducción”) planea sobre el texto no sólo como un estigma de la protagonista, de ascendencia judía según vamos descubriendo, sino también como la marca de un pueblo lastrado por el desarraigo (“gente desconocida que había sido perseguida a través de las fronteras y metida en fosas”). Y sobre esa tradición cultural, levitando e impregnando la lírica prosa de Bernstein, el miedo se erige (“practiqué una estricta economía de la esperanza”). Un miedo sensorial que nos traspasa una sensación de amenaza constante, una hostilidad tanto de los habitantes de la zona como de la propia naturaleza del lugar (“algo palpable que se extendía para atraparme mientras yo corría y corría”). Un miedo que en ningún momento, para la innominada, es espita para abandonar, para huir, ya que la sumisión, el ser sólo “en función de”, es la base de su educación patriarcal, de su formación acrítica, de su culpable “introversión opaca”, el leit motiv autoaceptado de su vida (“Me dieron un norte. Me dieron un propósito. Yo vivía para ellos. Yo vivía especialmente para mi hermano”).
Cercana a Thomas Bernhard, en algunos pasajes tanto a Samuel Beckett como a Ariana Harwicz, próxima también a Yo que nunca supe de los hombres (Jacqueline Harpman, Alianza Editorial, 2022) y a Nunca me abandones (Kazuo Ishiguroa, Anagrama, 2005), y con un hilo invisible que la une a las películas Langosta (Yorgos Lanthimos, 2015), Hijos de los hombres (Alfonso Cuarón, 2006) o El baño del diablo (Veronika Franz y Severin Fiala, 2024), Bernstein despliega una voz poética (“¿Qué sangre alimenta una tierra como esa? En lo alto, las hojas temblaban con la brisa”) que suaviza el horror inidentificado, el ambiente opresivo desde el que podemos escuchar como ella, la extranjera, la mujer traslúcida, sigue “arañando el cielo”.

Terminada la novela el puzle se mantiene incompleto, ¿pero eso importa? La coherencia de la historia se sustenta en los huecos que la autora deja sin rellenar, en la duda cada vez más persistente de la fiabilidad o no de la narradora (“¿qué ocurría con nuestro pasado cuando lo superábamos?”), en la lluvia fina de detalles que conforman un puzle desenfocado, moralmente incómodo, oscuro y parcial (“¿era posible que la memoria muscular fuera histórica?”), en el que la identidad es un referente extinto en favor de una cosificación sectaria que deviene deterministamente inherente a la protagonista (“desde pequeña fui muy atenta, recibía instrucciones fácilmente e intentaba vivir de acuerdo con las narrativas que ponían a mi disposición”).
El final, sorpresivo e inesperado, parece defenderse a sí mismo en uno de los párrafos del ecuador del libro: “Tal vez los sucesos que definen nuestro tiempo sobre la Tierra se mueven entre lo indecible, lo semidecible y lo simplemente inapropiado. O tal vez y finalmente la lectura no es equivalente a una explicación, y, aunque el narrador debe responder de muchas cosas, el significado mismo no es una de ellas, no”. En Manual para la obediencia (pese a su aparente sencillez el título también se revela ambiguo) ¿el significado mismo no es una explicación de la lectura del libro? Estoy con Bernstein: no, en este caso no lo es. Por lo tanto: adiós, literalidad legible; hola, bienvenido desconcierto especulativo.

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