Secretos de un matrimonio, Confesiones privadas de Ingmar Bergman

Leer a Bergman me da vértigo. Ingmar Bergman es demasiado personaje, demasiado mito, demasiada sombra, como para enfrentarme a él desde el desconocimiento de su obra. El respeto hacia un cine tal vez complejo en demasía me ha mantenido apartada de él hasta hace unas semanas, hasta que asistí al espectáculo de Angélica Liddell Dämon, el funeral de Bergman. La catarsis sufrida en el teatro, la abducción gozosa, ha situado el fantasma de Bergman detrás de mis espejos, y tras entregarme virgen a su cine viendo Persona (1966) los hados de la sincronicidad me avisan que Fulgencio Pimentel edita Confesiones privadas, la tercera novela de su trilogía familiar tras La buena voluntad y Niños de domingo.

Desde la admiración por persona interpuesta (la Liddell) y deseosa de entrar en el mundo inmisericorde de la cosmogonía bergmaniana, asisto pues a las confesiones de Anna (cinco y una coda en forma de un epílogo-prólogo circular), la madre de Bergman, y a la compleja relación matrimonial antes, durante y después del adulterio de esta. Y asisto de la mano del hijo que en la segunda confesión rompe la cuarta pared y explicita su necesidad de contar (seguramente también de entender): “Ahora ha llegado el momento en que yo, desde mi escritorio de Farö, el 18 de junio de 1992, me acerco a esas dos personas que se esfuerzan por la escarpada y pedregosa cuesta que sube desde el embarcadero de Smadalarö esa noche de agosto de 1925. En todo caso, voy a intentarlo. No sé muy bien el motivo de mi esfuerzo. No sé, pero no obstante voy y me acerco a velocidad vertiginosa y en silencio. Puedo verlos».

Leo a Bergman. 2024, Barcelona. Conozco a Anna. 1925, Estocolmo. Anna, más de una década casada con el párroco Henrik, treinta y seis años y tres hijos. Anna, la que desobedeció a su madre obstinándose en casarse con Henrik. Anna, la que renunció a su carrera de enfermera por el matrimonio. Anna, la mujer herida por la inmadurez de su marido. Anna, esposa y madre, tres más uno cuando Henrik es el cuarto niño, el que busca a una esposa maternal (¡con él!), el celoso, el infantil, el inmaduro. Anna, la mujer que despierta al conocer a Tomas, estudiante de teología, futuro sacerdote (“después de haberme sentido tan triste, me parecía que era capaz de volar”), más joven que ella y amigo de Henrik, para que la carga pecaminosa sea mayor. Anna, amor y fe en entredicho, en baile maldito, en duda, en culpa, pero también en lucidez, en valentía, en liberación. Anna, conociéndose en un cuerpo que, ahora sí, goza. Anna, liberándose a pesar del conflicto entre sentimiento y juicio. Anna, ¿la mujer que de rendirse podría ser Jeanne Dielman (Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles, Chantal Akerman, 1976)?

Las confesiones, las cinco confesiones, obedecen a cinco momentos, a cinco capítulos sin orden cronológico, a cinco escenas de literatura cinematográfica, a cinco velos (¿telones?) que caen en cada conversación. Las cinco confesiones son con cinco interlocutores, y aunque la voz de Bergman trasluce a partir de la de Anna, hay un cierto efecto caleidoscópico, una voluntad de narrar a Anna más allá de Anna. Anna y su “conciencia de pecado”, aunque este ya no sea para ella más que una palabra, un término con significado pero que se desvanece ante la ausencia de arrepentimiento. Porque el adulterio de Anna con Tomas convoca en ella la alegría y el tormento, el placer y el dolor, el regalo y el temor, la rebeldía y la angustia («Soy una esposa infiel. Vivo con otro hombre. Engaño a Henrik. Estoy angustiada. No tengo remordimientos o cosas así. Sería ridículo. Pero sí angustia»). Porque la infidelidad no es un episodio lujurioso sino la constatación de que el mundo de Anna (familiar, confesional) la oprime y necesita rebelarse ante él. Y así Anna, entre la posibilidad (que no necesidad) de salvación (recuerdo: confesiones) opta por su autenticidad que no es otra que la de la toma de decisiones desde la libertad (“despierta sin paz ni clemencia”).

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Los padres de Ingmar Bergman

La novela, breve, empática con el concepto de verdad, está escrita en 1996, desde el años después infantil, desde la repercusión familiar de hechos que cuando se producían los hijos no conocían, y es desde ahí desde donde Bergman escribe, describe, analiza, comprende (“el paisaje anímico de los protagonistas sufre una violenta sacudida, como una catástrofe natural”), visibiliza el “nadie sabe…, todos ven” y resitúa las piezas de un puzle invisible que contiene preguntas humillantes, chantaje, acusaciones, frialdad, falsas explosiones de ternura y la corrosión termítica de una pareja (de un dúo, si creemos a Anna), el inagotable óxido que lastra un hogar: “Y así se van apagando todas las conversaciones, todas las palabras se desvancen, las voces, las cuerdas vocales, las lenguas, los labios no tienen fuerza. Se hace el silencio” (¿resuena Persona, el silencio de Liv Ullman? Sí, resuena Persona). Lectura forénsica en los detalles que nos anclan a la (aquella) realidad: de la alianza del abuelo al mantel sucio, del pudor por el cuerpo en los amantes (“pudor y limpieza natural por encima de un alma turbulenta”) a las tríadas opresoras (“guantes, bolso, libro de salmos”), de las palabras lacerantes (“Así que os desafiabais uno a otro, en erotismo religioso”) a las convulsiones de la muerte, en un estilo visual tan cinematográfico como literario.

Novela también sobre el concepto de responsabilidad cuando este deviene antitético a la libertad de elección: Henrik ata a Anna para que permanezca con él; la madre de Anna la “devuelve” a su hogar marital ante la decepción matrimonial de Anna, primero y mucho antes de conocer a Tomas, y de saber del adulterio, después; Jacob, el párroco confesor de Anna, la insta a renunciar y perdonar(se) (“Inscrita en la Santidad del Hombre está la Verdad. No se puede atentar contra la Verdad sin acabar mal. Sin hacer daño”). Gritos y susurros en el interior de Anna y en el interior de quienes la rodean, subjetividad y ¿ajustes de cuentas? Bergman señala con dedo acusador a un entorno que aboca a Anna a la soledad por haber cometido el peor de los pecados: la transgresión de las normas desde la conciencia de que así lo estaba haciendo.

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Ingmar Bergman y su madre

Retrato de lo que hoy entendemos como relación tóxica (“Entra en mi habitación a la una de la madrugada y me despierta. Y entonces se acuesta en el suelo y se retuerce y solloza como si quisiera gritar o vomitar. Figúrate si lo único que pretende es asustarme hasta el abatimiento y la compasión”) integrada (bien integrada) en una sociedad heteropatriarcal en la que impera un modelo de moralidad cristiana que, confesión y absolución aparte, no ve a sus hijos como iguales. Ellos: confesor, marido, amante, deciden, opinan e imponen. Ellas, Anna, su madre: deben acatar y de no hacerlo arrastrarán diariamente la piedra de Sísifo. Retrato psicológico de una familia en la que todos son “uno” pero no logran ser “nosotros” hecho desde la delicadeza (especialmente con Anna: mujer sensible e inteligente, educada, teóricamente, para ser libre) que, sin embargo, no ahorra episodios crueles ni escenas que rozan el morbo y que lo eluden gracias a la prosa elegante del autor. Retrato existencial de los claroscuros de la conciencia de todos sus personajes, de la laberíntica búsqueda de la felicidad a la que la religión no siempre acompaña, de los cauces invisibles que circulan bajo los pies, especialmente de Anna y de Henrik, ante los que dejarse arrastrar o intentar nuevos rumbos mientras la desilusión, el rencor, la frustración, la infelicidad y la austeridad luterana nublan su mirada.

Etiquetan a menudo a Bergman como el gran retratista del alma humana. En Confesiones privadas he visto el alma valiente de su madre y el alma negra, sobre todas las demás, de su padre, de su abuela y de su amante (“yo no soporto la zozobra. Soy demasiado… gris”). También he visto la suya cuando explicita su presencia como hijo y como autor, cuando expone su propia zozobra, cuando observa y a la vez quiere y no quiere ver. Psicología vs humanidad, conciencia vs culpa, decisión vs deber. Y en todos, sobrevolándolos a todos, la herida: la herida que hiere al matrimonio, la herida que hiere al hijo que escribe (¿es el lugar desde el que escribe?), la herida de la libertad (¿y el pecado?), la herida que nos hiere al vivir.

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Confesiones privadas, Ingmar Bergman. Traducción de Marina Torres. Fulgencio Pimentel, 2024

Encuéntralo en Fulgencio Pimentel.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. dovalpage dice:

    Cada vez que he leído un libro que ella recomienda quedo encantada.

  2. Las reseñas de Gema Monlleo son siempre un lujo y una oportunidad para seguir aprendiendo

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