La novia, relato de niños, pueblos, verano y muerte

¿Cuándo fue tu primer contacto con la dama negra?

Entraste en la habitación, sin un solo mueble, una manta en el suelo, el cuerpo. Lo que no se olvida es la dureza y la rigidez. Era como un tubo de acero oxidado.  

Éramos niños cuando nos colábamos en las casas del pueblo, para ver a los muertos. Mi hermana tenía un año menos que yo, y de mi altura, pero tan valiente, que yo me sentía más pequeño frente a ella. Vivíamos en las afueras. Desde la casa grande, desde nuestros cuartos, o tal vez en el jardín, escuchábamos las campanas de la iglesia. Otras veces, mamá comentaba a papá en voz baja: Anoche se fue la Felisa o han encontrado frio a Evaristo. No sé, pero en verano se moría mucha gente en el pueblo. A lo mejor se acordaban de nosotros, de nuestro interés, de nuestra despedida. Y estos niños, qué hacen aquí, llévenselos, gritaba alguien cuando nuestra presencia empezaba a ser ostentosa. Porque acudíamos a los velorios, y mi hermana me decía que juntara las manos y murmurara como si rezase. No pasaríamos los doce y ya habíamos hecho la comunión.

Ya habíamos visto muchos muertos. Siempre nos colábamos antes de que empezaran a llegar los vecinos y las primeras quejas. Las habitaciones donde colocaban los cuerpos olían a incienso, o a colonia mala, o una mezcla, porque era verano y temían los olores del cuerpo que avanza hacia la parte más lejana del pueblo. Y luego se confundía el coro enlutado con la noche y la costumbre de cirios y los rezos como una luz apagada.

No sé cómo empezaron las voces en su cabeza, porque mi hermana se quedaba en silencio, con los ojos tan abiertos y sin pestañear, y luego, en la habitación, me empezaba a contar sus historias, lo que habían hecho y habían dejado de hacer en este mundo. Yo me tapaba con la sábana para no oír, pero sus palabras parecían pasar a través. Me tapaba con las manos y sus palabras parecían ese coro negro. Entonces se metía en mi cama y me abrazaba fuerte, y me juraba que no iban a decirme nada, que sólo ella los escuchaba para que se durmieran tranquilos. Y que siempre iba a estar a mi lado, que no se iba a echar ningún novio, y que sólo me quería a mí y a los muertos.

La noche que empezó a devolver esa agua verde y no parar en la cama, mi madre se vino a nuestra habitación y se instaló en ella como si fuese un soldado. Pero esa vez yo empecé a gritar al ver cómo se doblaba en el suelo de baldosas, su cara tan blanca como lápida, su mirada en el techo, en las paredes, en el suelo, como una araña que tejiera su mal. Mi padre la sujetó con fuerza porque pataleaba mientras mi madre corrió al teléfono para pedir una ambulancia. Luego el hospital, la UCI, no poder verla, la ausencia extraña al llegar a casa, de madrugada, como si se hubieran llevado todos los muebles, como si no nos quedara nada más que miedo y lágrimas. Y los gritos de mamá, que se escucharon fuera, espantando a la noche y yo abrazado a mi padre y pidiendo que no, que no, que no.

Entraste en la habitación y recuerdas la rigidez del cuerpo. La habían vestido de blanco, pero no sé por qué tenía aún los pies desnudos. Allí, sobre la manta, porque habían desmontado la cama, esperaban a la funeraria. Mi padre se me acercó y me dijo que podía darle un beso de despedida antes de que la metieran en la caja. No tengas miedo, me dijo, es como cera o mármol. Seguro que te ve desde el otro lado. Además, ésta es tu muerta y tienes que ser valiente.

Me aproximé queriendo escucharla, muy cerca de sus labios, pero no oí nada. Y entonces supe que ya nadie me contaría su otra vida, ese noviazgo secreto que siempre había tenido con sus muertos.

Miguel Ángel L. Manrique


Imagen: WordPress AI

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